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Altamira y De la Rúa, la historia continúa

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

¡Cuánto tiempo, amigo lector! Este fin de semana patrio XXXXL pasó volando, pero no por eso tuvo menos días. Es increíble, pero cuatro jornadas son demasiadas para el periodismo gráfico: si tuviéramos que comentar todo lo que pasó, está columna tendría más hojas que el expediente de los cuadernos de Centeno.
Vamos a ir con la noticia de ayer, la del fallecimiento del último presidente radical ¿de la historia?. Fernando De la Rúa (pensé en usar el clásico Frenando De la Duda, pero por respeto me lo guardo) dejó este mundo con mucha menos cobertura que cuando dejó el gobierno.
De pésima presidencia, se lo recuerda por un escándalo de coimas entre senadores peronistas, el corralito de un exministro peronista, 36 muertos mayoritariamente en provincias peronistas y por haber sido sucedido por cuatro presidentes interinos peronistas.
Víctima del internismo radical (en el que Alfonso el bueno se bajó del pedestal para hacerle una zancadilla complotado con el Zabeca de Banfield), coronó de la peor manera una carrera que había arrancado con mucho brillo cuando fue candidato a vicepresidente de Ricardo Balbín (ese que se abrazó a Perón pensando que acordaba una fórmula sin acordarse de que la fórmula del caudillo era hacerle el abrazo de oso a sus opositores).
Los más memoriosos se acuerdan de aquel slogan del 73: “Balbín-De la Rúa, la lucha continúa”. Tanto luchó chupete que finalmente llegó a presidente con una frase mucho más famosa: “dicen que soy aburrido”. Pobre coprovinciano, los opositores le hicieron una de aikido y se la dieron vuelta para hacerlo parecer una tortuga. Por esos ciclos perpetuos del radicalismo antopófago, repitió la historia de Balbín y el anterior presidente cordobés (por adopción) Arturo Illia. Si te descuidás, los radicales son más peligrosos que comer sandía con vino, bien lo sabe Gatricio.
Aunque no se puede hacer una oda a su gobierno (porque acertó menos que epiléptico al mingitorio) nunca hay que dejar de recordar que fue usado como chivo expiatorio por los que estuvieron antes y por los que vinieron después, que tal como hacen los hijos menores, siempre encuentran la forma de que otro tenga la culpa.
Pese a todo, no son muchos los que llegan a sentarse en el sillón de Rivadavia. Aunque algunos lo hayan hecho por el dedo mágico del esposo, por voluntad del congreso o por la proscripción del principal partido, el tipo llegó jugando el partido que había que jugar, 25 años después de su candidatura a vice. ¿Cuántos políticos de hoy podrán decir lo mismo dentro de un cuarto de siglo?
Tan luctuosa noticia no alcanza a opacar lo que ha sido la verdadera revolución periodística de la semana, por una larga carrera de coherencia y militancia que sufrió en carne propia la doctrina que predica. Jorge Altamira, histórico líder del Partido Obrero y candidato vitalicio a la presidencia, fue expulsado del espacio.
Casi como en una broma propia de humor negro inglés, al señor que gustaba de hacerse el mordaz en Twitter mientras predicaba el dogma marxista le “expropiaron” su pyme política.
Entre fotocopiadoras, panes rellenos y clavas de malabarista, la vanguardia revolucionaria de universidades decidió que el señor no fue orgánico con las decisiones del frente y le dieron una pequeña muestra de la revolución permanente de la que hablaba Trotski. Es eso o el cambio generacional: tiene solo cinco años menos que De la Rúa. No alcanza con tener una militancia adoctrinada, en algún momento los jóvenes se cansan de la colonia inglesa y el tango lastimero de taxista porteño y buscan algo con más onda.
Cómo será de doloroso el ocaso de los popes del PO que les cambiaron la cerradura del local. Falta que les hayan tirado a la vereda los pañuelos árabes, las boinas del Che y los sweaters de llama para que la historia termine peor que en una separación por adulterio.
A esto ya lo hemos hablado antes, amigo lector. La generación que se encargó de chocar todo en los 70 y rearmarlo en los 80 ya se está despidiendo. Con aciertos y errores (seguramente más de estos últimos) cada vez están más lejos del poder y de la toma de decisiones. Quizás los más afortunados son un oráculo para la consulta de los más novatos, pero la mayoría vive su retiro más olvidado que esa última porción de tortilla de acelga que puede estar una semana en la heladera sin que nadie repare en ella.
Hicieron lo que pudieron, como pudieron. Aunque algunos hoy siguen haciendo, definitivamente ya han traspasado su vida útil. Quizás por eso algunos políticos la tengan tan difícil en estas elecciones.
Muchas de las consignas y la liturgia remiten a lo que se aprendió de esos que están más cerca de La Cruz que de Embalse, de ahí la dificultad para vendérselo a las nuevas generaciones. “Los jóvenes de hoy en día”, como canta Les Luthiers, disfrutan de las redes, el consumo y lo inmediato, no de la épica, las ideas y todo lo que vivieron Altamira o De la Rúa.
Ya le digo, amigo lector, que el mundo cambió en los cincuentaipico de años pasados desde que aquellos empezaron a militar hasta el día de hoy. Y aunque algunos insistan en que vuelvan esas formas y ese mundo, si Heráclito estaba en lo cierto con eso de que nadie se baña dos veces en el mismo río, ese pasado no vuelve más. Habrá que sentarse a esperar.

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