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No es fácil encontrar una correspondencia semejante entre las características de un espacio físico y la actividad o producto que allí se expone.

La Casa de los Artesanos, ubicada en Elflein y Morales, transmite esa primera impresión sólo con transitar por la calle y observar por las ventanas: muchas de las artesanías más delicadas y creativas que se producen en la ciudad están a la venta en una construcción de madera única, que evoca el primer Bariloche y que es una artesanía en sí misma.

Ese atractivo es el que mueve a muchos a entrar y comprobar que ese piso crujiente y esas paredes con tanta historia son el cobijo ideal para los tejidos, los trabajos en batik, los cuencos de cerámica, las carteras de cuero, los vitrales, los adornos de metal, de masilla parsec o de papel maché.

Gini Grela cuenta que no hace mucho una mujer pasó en colectivo por Elflein, vio en la casita algo que le llamaba la atención y no dudó en bajarse en la siguiente parada para ir en busca de la artesanía en cuestión.

Gini hace mosaicos, también trabaja el cuero y es una de las integrantes de la Asociación de Artesanos Bariloche, que desde 1999 tiene su punto de venta en la casa histórica mediante un convenio con el municipio, que acaba de renovar por cinco años.

Rosana Ramp, que hace cestería con distintas fibras vegetales, y Claudia Franzel (artesana en telar y en fieltro) también integran desde hace años la asociación, que hoy tiene veinte miembros.

El criterio de admisión es muy estricto y está cuidadosamente reglamentado.

“La calidad de las piezas y especialmente la variedad que se puede encontrar” es lo que más distingue a la casita, aseguran las tres.

Decisiones compartidas

Cuando hay un interesado en sumarse a la entidad se lo evalúa con criterios de “fiscalización” preestablecidos, que tienen en cuenta la originalidad, el diseño, la funcionalidad de su trabajo, además del “conocimiento de los materiales y las técnicas” que demuestra el artesano.

La decisión final la toman todos los asociados en conjunto. Del mismo modo definen en cada reunión mensual si pintan, si hacen una rampa, si se endeudan para cambiar la instalación eléctrica o si organizan eventos solidarios.

Hace poco, por ejemplo, consiguieron una gran cantidad de lana y convocaron a voluntarios a tejer mantas para el hospital, los centros infantiles y la fundación Gente Nueva.

El muestrario de trabajos expuestos invita a detenerse en cada rincón del ambiente. Hay artículos para todos los gustos, con precios que van desde los 40 pesos (un señalador) hasta los 3.500 pesos (un poncho tejido con finos detalles).

“La gente valora mucho la artesanía –asegura Gini–. Tenemos muchos clientes de Bariloche, que suelen venir cuando buscan regalos, por ejemplo para el Día del Maestro. Y los turistas también, especialmente los extranjeros”.

Entre los más dispuestos a llevarse un trabajo artesanal mencionó a los europeos, los venezolanos y mexicanos. Los brasileños, que llegan en cantidad, no se interesan tanto. Sí los chilenos, que entienden y comparan con la artesanía de su país.

Hubo tiempos mejores

De todos modos, Rosana, Gini y Claudia coincidieron en que ya no es posible vivir exclusivamente de la actividad artesanal.

“Hasta 2008 ó 2009 se podía, pero después de esa crisis ya no fue lo mismo. La gente entra, pregunta, pero el poder adquisitivo es menor”, refiere Gini.

Destacó sin embargo que para ellos la atención de la “casa” no es una carga pesada, porque se rotan en turnos y cada asociado tiene un día, a la mañana o a la tarde. Eso les permite producir el resto del tiempo, algo que se complica para los que tienen puesto permanente en una feria.

Claudia dice que mucha gente llega porque los envían desde la Secretaría de Turismo, ya que incluyen la casita en el circuito de patrimonio histórico. Y rescata el concepto de artesanía como algo “fundamental”, que tiene que ver “con un oficio, con el diseño y con la creatividad”.


Fuente: Últimas Noticias – Río Negro

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