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El gobierno se encuentra hace tiempo en un dilema. Los desbalances macro internos chocan entre sí a la hora de armar una política consistente de mediano plazo. El gradualismo incide.

Acelerar el cierre de la enorme brecha fiscal que hoy presentan las cuentas públicas nacionales, algo que es sano para cualquier contabilidad, implica ajustar el gasto y frenar el crecimiento económico, ya que la obra pública incide en forma clave para ello.

Bajar la inflación al ritmo que proyecta el Banco Central (BCRA) choca con la velocidad de recuperación del nivel de actividad al que aspira el gobierno. Las dos cosas a la vez no se pueden. Es un cortocircuito siempre latente. De ahí que en diciembre se tomó la decisión de sacrificar la meta de inflación para dar aire al crecimiento económico.

Corregir la paridad cambiaria para ganar competitividad es una meta difícil de alcanzar ya que el gobierno debe continuar tomando dólares del exterior para pagar intereses y compensar gasto público. Los dólares que llegan por esta vía generan una sobreoferta de divisas en el mercado y presión sobre su valor relativo. Para este año, el gobierno prevé emitir deuda por otros 30.000 millones de dólares, divisas que, sin duda, terminarán impactando sobre el tipo de cambio. No hay que dejar de remarcar que la política de anclar el dólar para contener precios internos es una herramienta que viene usando la administración Macri desde mediados del 2016 cuando se dio cuenta de que bajar la inflación no era un tema tan sencillo como ellos esperaban.

Son cinco las principales variables que están en juego en el actual modelo: crecimiento económico, paridad cambiaria, inflación, desequilibrios fiscales y financiamiento. Cuando el gobierno decide comenzar a acelerar la corrección de alguna de ellas las otras reaccionan, con distintas intensidades, en forma casi siempre negativa. Es lo que se denomina en los pasillos del Ministerio de Economía el dilema de la simultaneidad.

Frente a este escenario, la administración Macri no profundiza las medidas correctivas y deja toda la impresión de que las decisiones tomadas hasta ahora quedaron a medio camino: ni se baja mucho la tasa, ni se espera un salto en el crecimiento, ni se proyecta una fuerte caída en la inflación, ni se va a recuperar lo suficiente el tipo de cambio para ganar competitividad. Un “ni” que complica las proyecciones de corto plazo.

La sensación que se tiene es de una “foto” similar a la de 2015 pero con el agravante de un importante endeudamiento cuando se comparan ambos períodos.

Pero para algunos la “película” genera algo de expectativa: los problemas estructurales tienden a alinearse, aunque peligrosamente no con la velocidad que se esperaba.

El retraso cambiario

Distintos estudios dan cuenta de un indiscutible retraso cambiario en la economía argentina.

Según un reciente estudio elaborado por la consultora MacroView, el año pasado, el tipo de cambio real bajó. Con una suba nominal punta a punta de 18% contra una inflación de 25%, el peso se apreció más de 3%, aun contabilizando el salto cambiario de las últimas semanas del último año.

El informe remarca que los actuales 19 pesos por dólar representan un tipo de cambio (a pesos de hoy) 15% más alto que el de noviembre de 2015 previo a la unificación cambiaria del 10 de diciembre de 2015 (el de “9 pesos de Kicillof”).

Sin embargo, es 18% más bajo que el de febrero de 2016 poco tiempo después de la unificación. Yendo un poco más atrás, es un tipo de cambio real muy parecido al promedio del cuatrienio 2012-2015 y apenas 8% más alto que el del final de la Convertibilidad. (Ver infogramas adjuntos)

Al analizar la paridad cambiaria con nuestro socio comercial Brasil, el año pasado el tipo de cambio bilateral peso/real (en términos reales) se mantuvo relativamente constante: ambas monedas se apreciaron, un poco más el peso que el real.

Parados a hoy, la paridad está en un nivel históricamente más favorable a Brasil. Nuestra competitividad cambiaria está mucho mejor que en noviembre de 2015 (el bajísimo “dólar de Kicillof”) pero está mucho peor que en años anteriores (por ejemplo, 40% más abajo que en el bienio 2010 – 2011).

Para este año, especialistas convergen en señalar que el escenario no cambiará significativamente. El retraso cambiario continuará vigente teniendo en cuenta que el gobierno necesita, para cubrir su déficit y pagar compromisos externos, alrededor de 30.000 millones de dólares en los próximos doce meses.

Otro déficit en la mira

El problema del déficit comercial y de la cuenta corriente llegó en el 2017, demasiado pronto: apenas con un año de reactivación moderada.

El año pasado, el déficit de la cuenta corriente externa ya orilló los 5 puntos del PBI. No es la primera vez que la Argentina alcanza desequilibrios externos del orden de los 5 puntos del PBI. Ocurrió también en los 90. La diferencia es que en aquel momento (1994 y 1998) el rojo se hizo más pronunciado después de muchos años con la inversión, el consumo y la importación acumulando fuertes tasas de crecimiento. En esta oportunidad, los 5 puntos de déficit se precipitaron con apenas un año de recuperación económica moderada. Esto incrementa la incertidumbre a futuro, más teniendo en cuenta que las exportaciones hace seis años que no suben.

Las causales principales del aumento del desequilibrio externo son:

• La falta de respuesta de la exportación.

• Un tipo de cambio real “bajo” que incentiva más importar y viajar al exterior que exportar e invertir.

• El engrosamiento de la cuenta de intereses de la deuda (públicos y privados).

De mantenerse la inercia, este año el déficit de la cuenta corriente externa rebasaría holgadamente los 30.000 millones de dólares y se ubicaría por encima de los 5 puntos del PBI. Un dato no menor a la hora de hablar de la necesaria corrección de los desequilibrios macro.

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