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Cómo realizar un viaje literario al Japón de hace mil años, hoy

La era Heian dos de lso grandes títulos de la literatura japonesa

Gracias al legado de dos mujeres hoy podemos hacernos una buena idea de cómo fue el Japón de corredores imperiales y refinamiento estético de la era Heian (794-1185): El Libro de la Almohada, de Sei Shōnagon, y La novela de Genji, de Murasaki Shikibu, son considerados los puntos más altos de una literatura que no se repitió jamás. Quiso la historia que estas mujeres excepcionales sirvieran a emperatrices diferentes, fueran contemporáneas y rivales.

Bastan los primeros renglones de La novela de Genji, para entender que mil años no es nada. La fragancia que exudan sus páginas no perdió potencia. Nos hablan a nosotros con la vigencia de los clásicos.

Genji es el hijo de la antigua favorita del emperador. Su madre murió de tristeza. Ahora, ya mayor, Genji se enamora de la mujer que reemplazó a su madre en la corte. Se trata de Fujitsubo, llamada así porque fue instalada en el pabellón del jardín de las glicinas, las fuji. Todos dicen que Fujitsubo se ve tan hermosa como había sido su madre.

El Japón del príncipe Genji es tan misterioso y deslumbrante como la historia del propio Genji y sus descendientes. La novela pone en escena una estética propia de oriente: contar aventuras que se prolongan más allá del tiempo en el que sus protagonistas han salido de escena y dejaron su lugar a otros.

A partir del siglo XIV, debido a la evolución del idioma, La novela de Genji se volvió incomprensible para los propios japoneses, y fue relegada a las vitrinas de coleccionistas y filólogos. Por varios cientos de años permaneció cautiva, alejada de los lectores entusiastas y hedónicos que merecía. Recién en 1914 alguien se atrevió a rescatarla de es japonés insondable: la poeta Akiko Yosano.

Numerosas versiones sucedieron a esa primera. Notables escritores japoneses emprendieron su traducción, y le devolvieron el esplendor que merecía y que no se había apagado con la pátina del tiempo. Tanizaki fue uno de ellos. El propio Kawabata, primer Premio Nobel de Japón, preparaba una edición que interrumpió su muerte. “La novela de Genji es la cima de la literatura japonesa” escribió. “Hasta nuestros días no ha aparecido una obra de ficción que se le acerque”. La traducción completa al castellano todavía demoraría unos años más, y como suele suceder en esos casos, no apareció una traducción, sino dos. Y bien diferentes.

Murasaki Shikibu
Murasaki Shikibu

El Libro de la Almohada, de Sei Shōnagon, el otro clásico de ese tiempo, también tuvo su historia de versiones discordantes y fragmentos perdidos. Pero contó con una ventaja en nuestro idioma: deslumbró a Borges. Aun sin saber japonés, Borges hizo su propia selección y tradujo una buena parte. Su versión, cargada de recortes y giros arbitrarios, es hermosa. Amalia Sato fue la primera en traducirlo completo, en 2001.

Los japoneses dicen que El libro de la almohada es un zuihitsu. Se trata de un género que ellos inventaron. Literalmente, “al correr del pincel”. El origen de El Libro de la Almohada puede haber sido una pila de papeles dispersos, compilados tardíamente por un admirador anónimo, o un cuaderno de notas minucioso, escrito antes de ir a la cama y ocultado con celo de las miradas indiscretas en uno de los cajones de la almohada de madera en la que Shōnagon apoyaba la cabeza para dormir. Nadie lo sabe. Tampoco importa. Se trata de un auténtico tratado de la naturaleza humana y de las costumbres de la corte, con largas listas, extensos catálogos de las más variadas experiencias. Cosas inapropiadas, cosas molestas, cosas sorprendentes y perturbadoras, cosas que pierden al ser pintadas, cosas que ganan al ser pintadas, cosas que no pueden compararse, cosas espléndidas.

Sei Shōnagon
Sei Shōnagon

Así, sin ningún orden o plan, Shōnagon nos cuenta que acaba de mandar un poema a su amante y que después de que partió el mensajero, encontró un par de palabras que corregir. Es una noche de primavera y la luna luce hermosa. A vuelta de página, un precepto: no manchar con tinta el cuaderno en el que copiamos relatos y poemas. Si es una libreta fina, debemos procurar no hacer borrones. Aún no se desvanece el rocío en las enredaderas de campanillas, y se nos permite asomarnos al lecho de una mujer, luego de que su amante se retira. Se nos cuenta que está cubierta con una ligera prenda de color malva forrada de violeta oscuro, que las tonalidades del exterior y del interior de su ropa son frescas y brillan. Vemos que su cabello de pesadas trenzas se organiza en cascadas, y podemos imaginar lo largo que ha de ser cuando cae libremente sobre su espalda. Y nuevas listas: cosas elegantes, cosas que dan una impresión patética, cosas que no pueden compararse, cosas que han perdido su poder.

Desde que estos clásicos fueron recuperados en Occidente, numerosos autores se deslumbraron con ese Japón de hace mil años. El último fue Didier Decoin, ganador del Premio Goncourt.

La Oficina de Estanques y Jardines (Alfaguara, 2018) nos invita a la aventura de viajar a ese tiempo, pero a diferencia de La novela de Genji y El Libro de la Almohada, con su utopía estética de corredores imperiales y opulencia, Decoin comienza su historia en Shimae, en los confines más remotos de una provincia.

Hay un vínculo que une a Shimae, un pueblo pobre de pescadores, con la fastuosa corte imperial que habitaron Shōnagon y la Dama Murasaki: en Shimae vive un pescador excepcional llamado Katsuro, capaz de atrapar las mejores carpas de todo Japón. Mientras Katsuro siga abasteciendo con peces excepcionales los estanques del emperador, el pueblo entero gozará de una exención de impuestos que le permitirá seguir sobreviviendo. Pero Katsuro muere, y ese acuerdo peligra. Miyuki, su viuda, toma la responsabilidad de llevar ella misma hasta la capital el último contingente de carpas que Katsuro pescó antes de morir.

“La Oficina de Estanques y Jardines” (Afaguara), de Didier Decoin
“La Oficina de Estanques y Jardines” (Afaguara), de Didier Decoin

 

Comienza entonces una road movie en la que Miyuki debe atravesar el bosque manteniendo equilibrada en los hombres la pértiga que carga con cestos llenos de agua y de peces. De Shimae a Heian-Kyo, la luminosa capital de Japón en ese tiempo de poesía y refinamiento, para unos pocos. La naturaleza se vuelve un personaje más. El bosque, con sus efímeras luciérnagas, capaces del espectáculo más maravilloso de luz, titilando en la hierba húmeda, a compás, como animadas por un mismo corazón palpitante, o los gritos de las cigarras, que se confuden con el ruido que hacen al chocar entre sí los juncos de un cañaveral.

Una reciente edición de La canción del arrozal, de Lafcadio Hearn, rescata varios ensayos sobre la voz de insectos y ranas en la poesía japonesa. Insectos con voz propia, como grillos y cigarras, y también insectos sin voz, como libélulas, mariposas y luciérnagas, que adquirieron su canción a través de los poetas.

A pesar de esta música que encanta, Decoin no cae en la trampa de la idealización. Una ironía en la primera página nos pone sobre aviso de que el retrato de época no viene con máscaras románticas.

Un sacerdote shinto asiste a Miyuki con la purificación que requiere la muerte de su marido. La ceremonia requiere agua del río Kusugawa, una rama de pinos, algunas palabras. Pero eso no importa, lo que importa es la fórmula final: Miyuki ya puede reanudar su vida y demostrarle su gratitud a los dioses. Aun cuando su precaria situación empeoró al quedarse sola, Miyuki entiende que ese agradecimiento que se le exige debe ser algo tangible.

Didier Decoin
Didier Decoin

Entonces pone en manos del sacerdote una limosna modesta, apenas unos rábanos blancos, un manojo de cabezas de ajo y varios pasteles de arroz glutinoso. Pero todo eso hábilmente envuelto en un paño, para que dé la impresión de ser un presente mucho más importante. El sacerdote cae en la trampa y se marcha contento. Suena arriesgado engañar a los dioses. Un truco semejante sería impensable para Shōnagon o Murasaki.

También hay espacio para el rechazo a la burocracia de los cargos públicos y los nombramientos oficiales, que nos suena tan familiar, y para una filosofía del desorden.

Cuando estaban juntos, Miyuki y Katsuro siempre habían preferido dejar todo tirado, incluso desparramaban las cosas intencionalmente. Jamás ordenaban. Tenían tan pocas cosas, que ese desorden les creaba la ilusión de que vivían en la opulencia. Y esto que podría llamarnos la atención acá, en occidente, en tiempos de Marie Kondo, tiene mucho sentido entre pescadores: existe belleza en un desorden a imagen y semejanza del paisaje.

Cuentan que el río Kusagawa nunca brindaba un espectáculo tan maravilloso como después de una gran tormenta, cuando los torrentes que lo alimentan lo abarrotan de aguas pardas y terrosas, donde se arremolinan trozos de corteza, musgo, flores de barro y hojas podridas, negras y abarquilladas. Aun así, el orden es la primera rutina que Miyuki altera en su nueva vida sin Katsuro. Antes de ponerse en marcha a la capital, se asegura de limpiar a fondo la casa, como un ritual más de expiación.

En el camino del héroe que emprende Miyuki, en su aventura por el bosque, va a sufrir un robo, va tener que emplearse en una casa de prostitutas y atender a su primer cliente, incluso va a encontrarse con un cadáver flotando en el río, del que teme ser culpada.

Didier Decoin nació en Francia, escribe en francés. No tiene antepasados japoneses, o por lo menos ninguno que él conozca. Tampoco lo tienen Andrés Neuman ni Juan Forn, autores de la reciente Fractura y de María Domecq, que acaba de ser reeditada por Emecé. Son otras dos novelas “japonesas”, como la de Decoin. Los devotos de Japón se multiplican, no solo en esta parte del mundo. Un fenómeno llamativo, que no entiende de linajes ni de visados especiales.

Decoin confiesa que dedicó doce años a investigar la cultura japonesa. En tiempos en que se rinde culto a la velocidad, cuando ya no es posible perder una tarde en el bosque con el canto de los grillos o cazando libélulas, Decoin le dedicó doce años a construir La Oficina de Estanques y Jardines. En las páginas finales del libro agregó bibliografía. Murasaki y Shōnagon están presentes, por supuesto. Incluso la traducción de Borges. El listado de novelas y ensayos es minucioso. Sin ellas no habría podido nunca escribir este libro, dice Decoin, como si además de soñar una novela le interesara dar las coordenadas precisas de un tiempo y una elegancia que quiere honrar con fidelidad.

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