Compartir

Charles De Gaulle en 1944

"Todos dicen: ¡Qué suerte tiene Francia, que cada vez que necesita un hombre, éste aparece! No es suerte, es cultura política!", decía Perón en un reportaje en diciembre de 1968 desde Madrid. Y agregaba: "Cultura política existe cuando en un país el problema de cada uno es el problema de todos". Y este espíritu encarnado en Charles De Gaulle, que era un experto como conductor, le permitió aún en medio del desorden, reagrupar a todas las fuerzas vivas de la Nación para recuperar su Patria.

En 1940, los ataques terrestres y aéreos alemanes derrotaron al Ejército francés, uno de los más importantes de Europa, sembrando el asombro, el pánico y la admiración abierta o encubierta de casi todo el mundo, en un grado tal que llevó el 17 de junio de 1940 al mariscal Pétain, que había asumido el poder supremo en lugar del primer ministro Paul Reynaud, a liquidar su prestigio, adquirido como héroe de la Primera Guerra Mundial, firmando un armisticio con Alemania, del que surgió el gobierno de Vichy, representante de la Francia derrotada.

Fue en ese momento crítico para el destino de Francia que De Gaulle, que había dejado Francia ante la inminencia de su rendición refugiándose en Londres, solicitó al premier Winston Churchill disponer de la BBC, la cadena radiofónica más prestigiosa del mundo, para enviar un mensaje a sus compatriotas de la Francia continental y del Imperio, mensaje que alcanzó con el tiempo ribetes legendarios, a un punto tal que las Naciones Unidas lo incluyó en el año 2005 como uno de los textos más célebres de la Historia Universal.

¿Cuál fue el mensaje que De Gaulle envió a sus compatriotas y también al resto del mundo? Puede sintetizarse con sus propias palabras: "Es cierto que hemos sido y seguimos estando sumergidos por la fuerza mecánica terrestre y aérea del enemigo. Infinitamente más que su número, [son] los carros, los aviones y la táctica de los alemanes, los que han sorprendido a nuestros líderes (…). Pero, ¿se ha dicho la última palabra? ¿La esperanza debe desaparecer? ¿La derrota es definitiva?; ¡No!"

La proclama de De Gaulle a los franceses

He aquí un rasgo de rebeldía, de rechazo de la creencia generalizada en todas las capas de la población francesa de que su país había sido vencido de un modo definitivo o, al menos, por un período muy largo, ya que Alemania había mostrado una superioridad militar, tecnológica y organizativa apabullante respecto a la de Francia, al tiempo que había modernizado sus ideas estratégicas de cómo conducir una guerra moderna.

De Gaulle aceptó en su famoso mensaje que Alemania había vencido por la superioridad de sus fuerzas mecánicas, pero señaló que también podía ser vencida por fuerzas mecánicas superiores, para lo cual no sólo contaba con las fuerzas del Imperio francés, sino también con las del Imperio británico al cual se aliaría, y con una nación a la cual, con visión magistral del futuro, De Gaulle vio como elemento fundamental para garantizar una victoria por lo que la llamó "la inmensa industria de los Estados Unidos"; esto se confirmaría pronto, al punto que el presidente Franklin Roosevelt llamó a su país "el arsenal de la guerra".

Lo que distingue a De Gaulle en este mensaje es su excepcional capacidad de ver en el presente la potencialidad de lo que se puede lograr si se hacen las cosas como demanda la realidad, no como suenan los dogmáticos de todas las especies. Por eso su mensaje no era utópico, no era un sueño irrealizable, como casi todos pensaron, sino una muestra de su mirada visionaria, ya demostrada en un libro sobre el poder de las fuerzas acorazadas en una guerra futura, libro escrito antes de que ésta estallara con toda su furia; pensamiento lúcido y de avanzada que el esclerótico cerebro del Estado Mayor francés desechó por completo, porque seguía confiando en la invulnerabilidad de la línea Maginot contra cualquier ataque alemán, línea que fue esquivada por la embestida principal de las fuerzas acorazadas irrumpiendo en Sedán a través del considerado impenetrable bosque de las Ardenas, vía Luxemburgo.

¿Qué puede enseñar el mensaje del líder francés a la dirigencia argentina que no ha logrado hacer de nuestro país una nación desarrollada, de avanzada, con un fuerte prestigio internacional? Quizás lo principal sea el precepto de no ceder jamás a la mentalidad derrotista, la mentalidad de que la suerte está echada y no cabe otra idea que resignarse a no lograr grandes metas, a la complacencia frente a una derrota traumática, al descreimiento de que en lo profundo de una Nación están siempre latentes las fuerzas para un resurgimiento vigoroso.

De Gaulle le habló al corazón de los franceses, a su amor patriótico, a su valentía, a su fe en el renacimiento de la gran Francia de tantas horas históricas; un mensaje que los argentinos necesitan como el aire puro, porque el ambiente que se respira en el actual escenario político no lleva precisamente la impronta de la grandeza, de la gran visión, de la fe y el amor por la Argentina, y este enrarecimiento consume las mejores energías en luchas partidarias, sectoriales, intestinas, que no van más allá de las ambiciones personales de poder.

De Gaulle leyendo un mensaje en la BBC

En su mensaje, el líder francés alimentó la fe en el renacimiento de Francia y abogó por la unidad de todos sus compatriotas frente a un desastre de tal magnitud como fue la derrota ante Alemania. "Yo, general De Gaulle, actualmente en Londres, invito a los oficiales y soldados franceses (…), invito a los ingenieros y a los obreros especialistas de las industrias de armamento (…) a ponerse en contacto conmigo. Ocurra lo que ocurra la llama de la resistencia francesa no debe apagarse y no se apagará".

Durante todo el tiempo que duró la ocupación, De Gaulle intentó agrupar a todo el espectro político francés, de los monárquicos a los comunistas, sin exclusiones. Argentina también necesita la unidad de todos los argentinos en torno a algunas ideas-fuerza las que, por su propia índole, tengan el poder de motivar a la unidad en torno al logro de objetivos siempre declamados y pocas veces logrados.

Muchos historiadores y analistas consideran de buen tono decir que poquísimas personas escucharon el llamado de De Gaulle aquel 18 de junio; o que, en los años iniciales de la Resistencia, su liderazgo no estaba en absoluto garantizado y era disputado por otros referentes, incluso por otros generales, además de que tampoco tenía la unanimidad en su favor de los Aliados. No se dan cuenta de que todo eso lo engrandece aún más. Porque cuando leyó su mensaje aquel 18 de junio de 1940 –sólo queda la versión escrita ya que los operadores de la BBC no se tomaron la molestia de grabarlo-, el porvenir de Francia estaba ensombrecido y pocos tuvieron la templanza de creer que el país se pondría nuevamente de pie. A comienzos del año 1943, el Partido Comunista francés envió a un delegado a Londres para coordinar acciones con De Gaulle. Después de entrevistarse con el General, Fernand Grenier dijo a la BBC: "La inmensa mayoría del pueblo francés, todos los que poseen alguna esperanza, están con el general De Gaulle, que tuvo la virtud (…) de no desesperar cuando todo se derrumbaba a su alrededor".

Si la autoridad se construye contra la corriente, De Gaulle lo hizo en forma magistral, no sólo respecto a sus compatriotas, sino ante el mundo. Jamás se dejó humillar durante sus años de destierro, porque sentía que encarnaba a la Patria. Y fue su claridad de miras, su voluntad, su empecinamiento –casi su obstinación- lo que permitió que Francia no sólo se liberara del ocupante extranjero sino que se sentara a la mesa de los vencedores con la frente alta.

De Gaulle era un líder de viscerales connotaciones nacionales y al mismo tiempo un hombre de su tiempo, de su época, del mundo que lo rodeaba, por eso en su mensaje del 18 de junio apunta siempre a forjar alianzas, a unir fuerzas con otras naciones, a emplear las técnicas avanzadas para vencer a su enemigo victorioso, comprendiendo que su triunfo se debió a al uso magistral de esas técnicas. Hay aquí un mensaje de modernización, de actualización de las ideas, de la necesidad de conocer qué pasa en el mundo para no ser derrotado por él.

Cuando se predican nacionalismos cerrados, obsoletos, infecundos, y eso se lo presenta como algo revolucionario en el siglo XXI -siglo de Internet, de robots, de inteligencia artificial, autos sin conductor e increíbles aventuras espaciales- surge con notable claridad el contraste con el extraordinario discurso del 18 de junio de 1940 que revela a un líder pleno de fervor nacionalista, pero también pleno de convencimiento de que para superar una terrible derrota y lograr el renacimiento nacional hay que usar las fuerzas del mundo para el propio desarrollo.

Hay que tener una clase dirigente con una visión mundial de lo que está sucediendo, no una visión puramente local, aprendiendo del mundo todo lo que hay que aprender para hacer de Argentina el país que todos los argentinos sin cegueras dogmáticas quieren que sea: Grande, Libre y Justo.

LEA MÁS: Murió Helmut Kohl, el estadista que unió a Alemania sin desunir a Europa

Leer mas

Comentarios

comentarios