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(Télam)

"A mí no me va eso del nirvana o los jardines con minas tocando la flauta. A los dos días ya te querés cortar las pelotas. Al cielo le pondría canchitas y un par de bares, porque en el bar estás en tu casa y a la vez estás balconeando la calle".

¿Será el cielo como lo quería el Negro Fontanarrosa? ¿Se juntará a la tarde con los amigos en la mesa de un café a tomar su mate cocido y a hablar de mujeres y fútbol? ¿Irá a la cancha a alentar al Rosario Central del Paraíso? ¿Seguirá escribiendo cuentos y dibujando a Inodoro Pereyra y a Boogie? ¿Qué le habrá pasado cuando Rodrigo Palacio se perdió el gol en la final contra Alemania en 2014 al definir por arriba cuando era por abajo?

Si la vida la medimos por sucesión de Mundiales de Fútbol -como solemos hacer muchos en esta parte del mundo- los lectores ya nos perdimos dos Mundiales sin las columnas en Clarín de "La Hermana Rosa": la mentalista que vaticinaba en torno a los resultados de la Selección.

Es que de un plumazo pasaron 10 años. ¡Qué lo parió! (diría Mendieta) Y cada uno lo echa de menos donde más lo siente. "Creo que su ausencia diaria es más notoria en su tarea de dibujante de tira. Extrañamos la mirada de cada día. Sus cuentos siguen ahí y podemos leerlo cuando queramos", le dice la escritora Claudia Piñeiro a Infobae.

Para el escritor Eduardo Sacheri, sin embargo, en estos 10 años "nos perdimos tanto su humor gráfico como su faceta literaria, que me parecen las dos igualmente poderosas, llenas de significados y de placer para los lectores.

Del pibe que leía y dibujaba

El niño al que llamaron Roberto Alfredo nació un 26 de noviembre de 1944. Su padre era vendedor de seguros y su madre, Rosa, una ama de casa preocupada por la educación de su hijo. En la casa de la calle Catamarca se hablaba más de básquet que de fútbol porque su padre era fanático de ese deporte de altos que lo había llevado a jugar en la Selección.

En cambio el pibe había salido futbolero y lector voraz. Hablaba poco y dibujaba mucho. Decían que era tímido en la escuela y que no participaba en clase hasta que su vida cambió aquella tarde de domingo en que su papá lo llevó al Gigante de Arroyito a ver a Rosario Central.

Desde ese día, su mayor anhelo fue vestir la camiseta del Canalla y sentir el aliento de la tribuna vibrando en su pecho. Lo soñó mil y una veces y lo dibujaba en sus cuadernos mientras la maestra explicaba el diagrama de Venn. Se probó en las inferiores y le dijeron "te llamamos" pero "nunca me pidieron el teléfono", contó, varias décadas después, en ese tono tranquilón que tenía para hablar en joda.

Nunca fue buen alumno, se aburría en el colegio, pero en su casa se pasaba horas tirado en la cama devorándose las revistas Rico Tipo, El Rayo Rojo y Hora Cero. La escuela la dejó en tercer año y se anotó en un curso por correspondencia -los mismos que venían publicitados en las revistas- de la Escuela Panamericana de Arte, que dirigían dos maestros del humor gráfico y la historieta: Hugo Pratt y Alberto Breccia.

En esos tiempos trabajaba en una agencia de publicidad y realizó sus primeras publicaciones en revistas rosarinas hasta que le llegó la oportunidad de mostrar sus trabajos en la cordobesa Hortensia. Allí nacieron dos de sus personajes más recordados: Inodoro Pereyra y Boogie el Aceitoso: el primero un gaucho "renegau" y el otro un "Harry el sucio" del tercer mundo.

(Télam)

"No hay con que darle a Boogie", dice Eduardo Sacheri, que elige al matón como el personaje preferido de Fontanarrosa. Su autor decía: "Sé que Boogie me despreciaría mucho. Por sudamericano de un país periférico. No entraría dentro de sus amistades".

En cambio su otro personaje -que de Hortensia pasó a la revistas Mengano y Siete Días hasta recalar en 1976 en la contratapa del diario Clarín y terminar sus días en la dominical Viva– era un gaucho solitario que parodiaba a un Martín Fierro nostálgico y que andaba con Mendieta, un cuzquito filósofo parlante, y estaba casado con la Eulogia: una mujer que lo tenía cortito.

Sin salir de Rosario

"Ser rosarino es una manera exagerada de ser argentino y Fontanarrosa era una manera exagerada de ser rosarino. No sólo porque cumplía con todos los mitos del rosarino: dar una vuelta por la calle Córdoba a las siete de la tarde para ver las minas; ir a El Cairo a tomar un café con los amigos; por supuesto ir al fútbol absolutamente todos los domingos y jugar un picado los sábados con los amigos. Todos esos ritos los cumplía, pero además, les dio voz a los rosarinos con ese oído realmente extraordinario que tenía", contó el año pasado en una charla, en Barcelona, el ex futbolista Jorge Valdano.

Los que no entendían el gen rosarigasino le preguntaban seguido: "¿por qué no te vas a vivir a Buenos Aires?, sería lo mejor para tu laburo". Y el mismo Fontanarrosa en una entrevista que le hizo Martín Caparrós para su libro El Interior lo explicó:

-Nosotros salimos de Rosario y es un infierno. A nosotros no nos quieren en ningún lado: no soportan nuestra superioridad.
-O sea que son los porteños del Interior.
-No, hermano: los porteños son los rosarinos de ahí afuera.

Boogie el aceitoso

"Una vez nos tocó presentar en Rosario uno de los libros de nuestro común amigo Arturo Pérez Reverte, de la saga de Alatriste. Había mucha gente, estaba el embajador de España en Argentina y autoridades locales. El Negro me pidió comenzar él con la presentación. Yo no entendía por qué; para mí él debía cerrar el encuentro. Luego entendí. Era un viernes y jugaba Central un partido sin ninguna trascendencia. El Negro habló cinco minutos sobre el libro, ponderó que fuera una buena historia de aventuras, que tuviese dibujos y letra grande. Luego se paró, pidió disculpas y se fue a la cancha en medio de una ovación. El fútbol, en especial Central, eran muy importantes en su vida", cuenta a Infobae el periodista y escritor Reynaldo Sietecase resumiendo, en gran porcentaje, por qué Fontanarrosa no dejó jamás de vivir en Rosario.

De madrugar ni hablar. "Sólo dos veces mi mujer me despertó antes de las diez de la mañana. Una fue cuando me dijo: "invadieron las Malvinas". Y la otra: "Diego firmó para Newell's".

Esta anécdota se escuchaba todos los sábados a la tarde como separador del programa "Todo con afecto" que condujo Alejandro Apo durante más de una década por radio Continental y que fue un espacio de difusión de la obra de Fontanarrosa y otros escritores futboleros.

Así y todo, el Negro tenía una rutina de 8 horas de trabajo: una mesa de dibujo en un espacio rodeado de libros, un turbo para el húmedo verano rosarino y un tacho de pintura de 20 litros como cesto de basura.
A eso de las 7 de la tarde, Fontanarrosa dejaba de laburar y enfilaba para el bar "El Cairo", donde se reunía con otros compinches para hablar de lo único que realmente le importaba: el fútbol y las minas.

"El Negro no era el más hablador de todos pero sí el más escuchador, creo que ahí residía parte de su sabiduría", le cuenta a este sitio Lalo Puccio, uno de los fieles de la famosa "Mesa de los galanes" del bar de la esquina de Sarmiento y Santa Fé, hace más de 30 años.

Chiquito Martorell, Lalo Puccio y El Negro Centurión en el bar El Cairo, la semana pasada

No es una mesa cualquiera. Está pintada de amarillo, azul, rojo y negro por Rosario Central, Newell´s Old Boys y Central Córdoba: los clubes de fútbol más populares de la ciudad. Las patas están talladas como piernas de mujer con tacos altos "porque esa es la única manera que tenemos de estar más cerca de una mina", dice Lalo entre risas.

"El nombre verdaderamente da risa porque si hay algo que no somos es galanes", dice Lalo y explica que "el nombre se lo puso el 'Pelado' Félix Reinoso, que hacía un programa de radio a la madrugada que se llamaba "La valija", y la empezó a llamar así en la radio".

La mesa tiene un vidrio que cubre las fotos -algunas en color, otras en blanco y negro- donde aparecen ilustres que se han sentado a compartir una charla como Eduardo Galeano, Marcos Mundstock y Joan Manuel Serrat, que estuvo ahí en más de una oportunidad.

Los galanes como Ricardo Centurión, José Vázquez, Rubén Fernández, Rogelio Molina, Carlos Martorell y el mismo Lalo reconocen haber sido "privilegiados" de estar con semejantes personalidades.

Para el Negro, esa mesa fue un sitio de inspiración que lo animó a escribir y a sumarle literatura a las viñetas de todos los días. La lista va desde las historias futboleras: "El ocho era Moacyr", "Escenas de la vida deportiva", "Cenizas", "Entre las cañas"; otras como "Experiencia en 'El Cairo'", "El Choper" (primer cuento de la saga de la Mesa de los Galanes), "La célebre" (que se convirtió en obra de teatro), "El mundo ha vivido equivocado", "El día que cerraron 'El Cairo'", "El mayor de mis defectos" entre otros que también tuvieron su momento televisivo con el ciclo "Los cuentos de Fontanarrosa" que se emitía por la TV Pública.

"Algunos personajes son caricaturescos y en otros casos las historias son benévolas y los tipos quedan bien parados, porque muchas veces se cuentan cosas que superan a la ficción" dice Lalo sobre esas historias que el Negro decoró con humor y picardía para llevarlas al formato cuento.

Los muchachos de la "Mesa de los galanes" -que a decir del Negro: "más que galanes es una mesa de saldo"- se siguen reuniendo todas las tardes y los sábados al mediodía. Después de Fontanarrosa, otros también partieron pero siguen estando en anécdotas que siempre cobran un grado más de exageración a medida que el pasa el tiempo.

Negro… ¿andás por ahí?

Fontanarrosa murió el 19 de julio de 2007, víctima de un paro cardiorrespiratorio provocado por las secuelas de la esclerosis lateral amiotrófica que lo había obligado a pasar sus días en silla de ruedas. En ese momento, las semblanzas se dividían entre rescatar al dibujante, al humorista gráfico y al escritor.

"Prefiero recordarlo con alegría y agradecimiento. Es lo mismo que me ocurre cuando pienso en Alberto Olmedo o, para estar a tono con el Negro, lo mismo que cuando pienso en Aldo Pedro Poy. Sus cuentos y novelas me siguen haciendo feliz. Lo mismo me ocurre cuando reviso las piruetas de Inodoro Pereyra", dice Sietecase.

Para Claudia Piñeiro, su recuerdo de Fontanarrosa se resume en "'Una velada literaria': un cuento extraordinario que me hace reír de solo acordarme de cómo empieza "Haga, haga…" y lo que hacen Pecenti y su amigo no es hablar de grandes libros de la literatura sino comérselos al horno con papas".

En esta década sin el Negro hubo un litigio por los derechos de su obra entre Franco (su único hijo, de su primer matrimonio) y Gabriela Mahy -su viuda- y en el medio quedaron sus lectores: los de siempre y los que lo descubrieron tras su muerte.

Bar El Cairo, de Rosario

Eduardo Sacheri, que ha tendido puentes entre su literatura y la del Negro, está convencido de que "la obra de Fontanarrosa se sigue leyendo y se va a seguir leyendo en el futuro porque se trata de una literatura que es -a la vez- profunda y próxima".

Para Sietecase "las capillas literarias lo valoraron más después de muerto que en vida. Para muchos críticos era demasiado popular -como si eso fuese un pecado- y menospreciaban su literatura diciendo que era un humorista. Creo que el juicio final, como siempre, lo darán sus lectores".

Claudia Piñeiro dice que "los lectores no se han olvidado de Fontanarrosa" y cuenta que hace poco estuvo en Rosario y "su presencia es muy vivida". La autora de Las maldiciones considera que "con el tiempo, los escritores se van olvidando por cuestiones que tienen menos que ver con sus obras que con el mercado, con cómo circulan sus libros, con quien se hace cargo o no de su herencia".

El caso de Fontanarrosa es especial en distintos sentidos. El Negro no es un escritor para teorizar y llevar al plano de la Academia. Eso sí: les abrió, junto con Osvaldo Soriano, el camino a otros escritores para que escribieran sobre fútbol sin ponerse colorados ni tener que explicar por qué lo hacían.

Tal vez el Fontanarrosa más pedagógico fue aquel que nos dio una lección sobre las "malas palabras" en el Congreso Internacional de la Lengua Española en 2004 (un video que en YouTube supera los 350 mil vistos) o el que nos enseñó que la mejor frase para empezar un relato podía salir de una frase tan básica escrita en la puerta de un baño público: 'Puto el que lee esto'. "Y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete".

No llegó a jugar en la primera de Rosario Central pero como autor logró una de las cosas que más anhelaba: "que la gente se cague de risa con mis cuentos".

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