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El acuerdo es una obligación republicana

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

La grieta no dio resultado y el macrismo sufrió su peor derrota desde que salió a la cancha hace poco más de 15 años. No hubo call center, big data ni microsegmentación que pueda contener el descontento de la gente. Sin empatía es difícil ganar.

La cosecha de votos del gobierno fue similar a la de hace cuatro años, una muestra de que no logró seducir a la gente que entonces prefirió un mal menor. Las PASO desestabilizaron una economía que ya tenía problemas para mantenerse andando, entumecida por tantos meses en fría recesión.

La ilusión de una regeneración democrática del tipo alfonsinista parece haber fracasado, resemblando solo el manejo económico del “padre de la democracia”. Las expectativas se fueron licuando (entonces y ahora), colmando la paciencia de ciudadanos confiados en aquello de que la democracia es todo y que fuera de ella no hay nada.

En un análisis contrafáctico, más de una vez se ha pensado qué podría haber pasado entonces si el mandato presidencial hubiese sido de cuatro años en lugar de seis. Las elecciones de 1987 habían demostrado el agotamiento de cuatro años de alfonsinismo, pero indicaban también un futuro bienio conflictivo, con un peronismo rearmándose y con mayoría legislativa.

Cristina Fernández de Kirchner iba a reconocer varios años después que sectores del justicialismo buscaron la caída de Alfonsín y de De la Rúa, las mayores tragedias sociales y políticas de la Argentina moderna. De allí sólo quedó hambre -primero- e ilusión monetaria en la recuperación -después-, todo para evitar pagar el costo político del ajuste.

La promesa de interrupción de ese ciclo llegó con Macri, primer presidente no peronista desde 1999. Lo que hace dos años asomaba como una iteración del ciclo de refundación democrática del postproceso terminó vapuleado. Si lo que se vive hoy es una reversión de 1989, lo que todos deberían tratar de evitar es, justamente, el trágico desenlace de entonces.

Nunca está de más la aclaración: el gobierno tiene chances matemáticas de dar vuelta la elección, pero no políticas. Para lograrlo necesita tomar la iniciativa y acompañarla de medidas tendientes a llegar al sector más golpeado, la clase media, que prefirió arriesgarse en lugar de poner el lomo para seguir recibiendo los latigazos.

Esta ventana de dos meses puede ser la segunda oportunidad de refundar la institucionalidad en el país, pero también puede ser la extraña irrupción de dos desgobiernos, el de un Macri con la clave del homebanking pero sin peso político, y un Alberto con apoyo popular pero sin la lapicera. El acuerdo es una obligación republicana para surfear esta anomalía democrática.

En ese escenario emergen dos figuras que están accidentalmente en un lugar extraño. Los peronistas Miguel Ángel Pichetto -el candidato a vicepresidente por el oficialismo- y Juan Schiaretti -gobernador de la productiva capital del antikirchnerismo- tienen una filiación política que no se corresponde con su apuesta actual.

Uno y otro tienen la posibilidad de ser garantes para la paz en una probable transición de gobierno. Los dos bandos en pugna tienen incentivos opuestos por los que eventualmente pueden hacer volar todo por el aire. Sólo quienes entiendan de la necesidad de un juego colaborativo para evitar la crisis podrán trabajar para acercar posiciones. Pichetto (eterno hombre de rosca lesgislativa) y Schiaretti (que recibió a todo el arco político) parecen ser los indicados.

La urgencia es clara. El peronismo puede tratar de calentar la calle para no pagar el costo político del ajuste, mientras que el gobierno puede tomar medidas populistas que comprometan la herencia a recibir por quien venga después de octubre. Si se juega limpio, ambas cosas deberían evitarse.

Por eso, sorpresiva e involuntariamente llegó la hora de que todos necesiten el famoso Pacto de La Moncloa, ayudado además por gente que tiene un pie en cada lado. El establecimiento de reglas claras de convivencia para los próximos meses será una condición absoluta para garantizar la paz social y cambiaria, marcando la cancha y poniendo las reglas para disputar el último tramo del partido.

Es, tal vez, la oportunidad de tomar medidas estructurales. El gobierno puede negociar los cambios necesarios para sanear los números, practicando la cirugía mayor que se evitó por miedo al enojo del electorado, en un mensaje de continuidad institucional que no tiene referencias previas en Argentina.

Lo anterior es una necesidad que esconde un deseo, que lamentablemente parece lejos de la realidad. La soberbia y las mezquindades de ambos bandos, el pensamiento sectario o el triunfo a corto plazo, todo conspira contra la posibilidad de lograr acuerdos.

El moralismo anticorrupción (de una intransigencia casi negadora de la política) ha fracasado contra casi un 50% del electorado al que parece no importarle el tema mientras el consumo se sostenga. Allí será, entonces, donde se vea si existe realmente esa apuesta negociadora y republicana que ha esbozado un sector del peronismo.

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