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El Premio Nobel y las nuevas ideas para combatir la pobreza

Por Pablo Mira Docente e Investigador de la FCE-UBA

 

Pese a muchas décadas de progreso humano en muchos frentes, algunos de ellos sorprendentes, el problema básico de la pobreza no ha sido resuelto. Es cierto que el flagelo se redujo mucho en los últimos años, pero este desarrollo se debe en su mayor parte al milagro de crecimiento chino. Y aun así, persisten focos que suman no menos de 700 millones de personas en condición de pobreza extrema. A esto debe sumarse a la población que, en países que no crecen y cuya distribución tiende a empeorar (como en Argentina), está en una posición vulnerable que puede conducirla a una situación de pobreza en cualquier momento.

 

El principal drama a atacar en varias regiones del mundo es la pobreza estructural, aquella que se reproduce debido a la ausencia de oportunidades para sortearla. En estos casos, los marginados se encuentran en una trampa de la que les es difícil escapar sin la ayuda de otros. Las políticas de ayuda a los pobres, sin embargo, no siempre han sido efectivas para lograr romper este círculo vicioso, no por mala intención sino por fallas de diagnóstico.

 

Ayer, el Premio Nobel de Economía fue para un equipo de científicos que revolucionó el campo de la experimentación para entender las causas centrales de la pobreza. Los galardonados fueron Abhijit Banerjee, Esther Duflo y Michael Kremer, los que desarrollaron métodos empíricos para evaluar políticas concretas para combatir la pobreza, entre los que resaltan el uso de las modernas Pruebas Controladas Aleatorias (Randomized Controlled Trials). Estos métodos permiten establecer resultados más firmes sobre las acciones que hacen la diferencia. Por ejemplo, estos estudios determinaron que el impacto sobre la educación de tener clases con un número reducido de alumnos no es tan efectivo como el de contratar docentes temporales para ayudar personalmente a los niños. Además, los galardonados mostraron que los famosos microcréditos del Banco Grameen propuestos por el Nobel (de la Paz) Muhammad Yunus no son tan efectivos si se introducen de manera generalizada. Entre sus hallazgos por la positiva resalta la elevada sensibilidad de los pobres a los altos precios de los productos o servicios de salud preventivos, lo que justifica la importancia de subsidiarlos.

 

Los autores aportaron la técnica de usar el conocimiento “micro” para entender aspectos de la “macro”, en particular del desarrollo. Ellos observaron en países de ingreso medio y bajo existe una amplia variabilidad entre los retornos de los mismos factores de producción, y también grandes diferencias en la manera que se aprovechan las oportunidades de inversión. El papel de estas “malas asignaciones”, sean por fallas de mercado, de gobierno, externalidades o sesgos de comportamiento, son analizadas en un libro de 2011 de Banerjee y Duflo llamado “Poor Economics: A Radical Rethinking of the Way to Fight Global Poverty”. Otro aporte central fue que sus trabajos empíricos, junto con la ayuda del economista behavioral Sendhil Mullainathan, permitieron identificar algunas de las características psicológicas y cognitivas presentes en las decisiones de los pobres, muchas veces afectadas por el entorno donde viven.

 

Esther Duflo es apenas la segunda mujer ganadora de este premio, y ha contribuido además a la epistemología de la profesión, argumentando que los economistas deben aumentar sus responsabilidad en el diseño de las especificidades de las políticas y regulaciones que proponen, como si se trata de “plomeros”. Trabajar como plomeros, señala Duflo, permitiría mejorar las teorías al ajustarlas a partir de lo que funciona en la realidad, y sobre todo para darse cuenta de lo importante que es trabajar en los detalles.

 

Dos tendencias claras se advierten respecto de la evolución de los premios en la profesión. En primer lugar, se distingue cada vez con mayor asiduidad a las investigaciones empíricas y a las nuevas técnicas para llevarla adelante. Esto es concomitante con las directrices de la economía, que ha girado desde la teoría pura al análisis práctico y las recomendaciones concretas de políticas. Lo segundo, quizás mucho más importante, es que cada vez se vuelve más decisivo para llegar a conclusiones relevantes el trabajo interdisciplinario y desde diferentes perspectivas. Los premiados han trabajado con los aportes de la microeconomía tradicional, pero complementándola con la psicología cognitiva (economía del comportamiento), la economía feminista, las ciencias políticas y la economía del desarrollo. Una receta que deberá amoldarse con el tiempo, pero que constituye un antídoto efectivo contra los dogmas y las recetas mágicas.

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