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Una vez controlada la respiración sólo queda disfrutar del paisaje y la experiencia. La clave es inhalar y exhalar por la boca, con calma y profundo, llevando un ritmo continuo y hacer caso al instructor que irá marcando con gestos cada paso siguiente. Una vez superado el trance inicial el disfrute es pleno e inolvidable.

De la misma manera que para quien vuela en avión por primera vez lo más impactante es el carreteo y el despegue, para quien hace el bautismo submarino el shock es la inmersión. Implica dejar de respirar de la manera natural y hacerlo exclusivamente a través del regulador, cuya boquilla se muerde y se cubre con los labios herméticamente.

Superar ese mínimo escollo permitirá que el novato descubra un mundo nuevo y sea protagonista de una vivencia inolvidable.

Entrenamiento en tierra

La firma Cota Cero ofrece esta propuesta, entre otras, desde hace más de veinte años. Sebastián, Valeria y Claudio son los responsables de esta gran familia a la que cada año se suman más submarinistas para cumplir las tareas de instructores o colaboradores.

Este año se incorporaron Martín y Marcos, ambos de familias sanantonienses fuertemente vinculadas al mar. Ellos, junto a Salvador y Mariela son los encargados de capitanear la excursión.

Las estudiantes cordobesas Ayelén y Gaby, el joven pampeano Matías y el matrimonio que constituyen Cintia y Darío, de Buenos Aires, completaron la nómina junto a Farid y Sharif, hoy radicados en Viedma.

Los conceptos técnicos se explican en la pileta ubicada junto al local comercial, en la explanada de la tercera bajada al mar. Allí los buzos dan las pautas básicas: cómo respirar, cómo compensar la presión, cómo vaciar el visor en caso de que entre agua y qué gestos realizar para comunicarse con el instructor.

Unos minutos de buceo en la cuba y todo está listo para la aventura.

La aventura

El gomón los traslada hasta unos dos kilómetros frente a la bajada cero, donde existe una restinga ubicada a entre 6 y 12 metros de profundidad, señalizada con una boya. De a dos, acompañados por Martín y Marcos, los principiantes van saltando al agua.

Primero el nerviosismo se hace más intenso. Pero es fundamental descender un metro y controlar la respiración. Allí no se percibe el oleaje, todo se hace calmo y placentero y la experiencia comienza a ser un paseo sorprendente. El cabo conduce a la piedra donde viven miles de organismos. Los sargos, meros, salmones y cabrillas nadan en derredor, observando de reojo a los visitantes cubiertos de neoprene.

La virgen Stella Maris, sumergida años atrás en una ceremonia religiosa, acompaña a quienes la veneran. Otros objetos que a lo largo del tiempo han ido conformando ese parque artificial alojan esponjas y cangrejos de los más diversos tamaños. Otro mundo se abre frente a la luneta de los buzos inexpertos.

“Quiero volver a hacerlo, con una sola vez no alcanza”, coinciden Farid y Sharif. “Es increíble, nunca creímos que podíamos disfrutar tanto. Primero impresiona un poco pero una vez que nos relajamos lo disfrutamos un montón”, cuentan a su vez Gaby y Ayelén.

Matías, por su parte, está exultante y averigua por nuevas excursiones.

Cintia tuvo que probar un par de veces hasta lograrlo. Tuvo nervios y no pudo bajar. Los buzos están acostumbrados y saben que es posible que la primera vez provoque temor. Con algunas clases más en la pileta hasta tomarle confianza a la actividad, en general se supera y no hay inconvenientes. Darío, en cambio, lo logró en el primer intento y lo disfrutó a pleno.

Así, cada año, miles de veraneantes pasan por Las Grutas y se llevan el recuerdo de la primera inmersión. Muchos de ellos volverán a hacerlo porque, una vez que se disfruta de esa experiencia, el mar atrae e invita a revelar sus secretos a quienes se animan a sumergirse en sus profundidades.

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