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Cada vez más veraneantes buscan opciones alternativas a las playas céntricas para disfrutar de la paz y la naturaleza sin interferencias.

Resignan la comodidad de caminar unos pocos metros o unas cuadras y acceder a las bajadas tradicionales, de la Cero a la Quinta, para privilegiar la contemplación del horizonte, el sonido de las olas y la naturaleza en estado más puro.

Aceptan cargar conservadoras y bártulos y recorrer algunos kilómetros, alejándose de los servicios de los paradores, los baños públicos, el alquiler de las carpas o la compra de alimentos o bebidas a los vendedores ambulantes, para poder ganar espacio para distenderse y disfrutar con la exclusiva compañía de los íntimos.

Cambian el resguardo de los guardavidas por estar más cerca de sus pequeños y controlarlos directamente cuando se divierten entre las olas.

Es así que cada verano es más frecuente hallar bañistas en sitios antes inexplorados, en puntos de dificultoso acceso o con nulas provisiones mínimas, más que el majestuoso paisaje y lo que cada uno pueda llevar para el día de playa.

Los aventureros son, en general, aquellos que reniegan del griterío incesante de los laboriosos vendedores que sacrificadamente recorren la costa brindando sus productos a los cómodos veraneantes que sin moverse de bajo la sombrilla adquieren al paso lo que necesitan.

Evitan, quienes se alejan, compartir conversaciones con los de las reposeras de al lado o que el corazón llegue a la boca cuando el más pequeño de la familia desapareció cinco segundos entre la multitud.

Para ellos, las opciones son diversas. Las playas del sur de Las Grutas, en cercanías de Las Piedras Coloradas, son siempre una posibilidad relativamente cercana a no más de 15 minutos o media hora del centro por un camino de ripio que deja bastante que desear.

Las interminables playas de Las Conchillas en la Península Villarino son otra alternativa, a una hora de viaje, a lo largo de unos 70 kilómetros de viaje por ruta asfaltada. Allí hay algunos paradores dispersos y está la villa del puerto para aprovisionarse en caso de necesidad.

La Mar Grande y la Punta Delgado, en San Antonio Oeste, también ofrece espacios generosos y mucha tranquilidad, fundamentalmente en pleamar, ya que en baja el mar se aleja kilómetros o, en el caso del Canal del Indio, se transforma en apenas un hilo de agua.

Por supuesto, la accesibilidad de la bajadas céntricas sigue convocando a millares de turistas cada día que pasan horas con la música fuerte de los paradores de fondo, compartiendo charlas entre amigos con todo lo necesario para divertirse al alcance de la mano.

Pero hay otro perfil de veraneante, cada día más numeroso. El que se aleja. El que busca la soledad y el contacto con lo natural. Aunque cueste algunos minutos más de traslado y tener que bajar al mar, atravesando médanos, cargado como un camello en el desierto.

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