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Roger Stone, el asesor estrella de Donald Trump

Simulacro de elecciones en su escuela. Por entonces, Roger apoyaba a John F. Kennedy porque sus padres, a pesar de adherir al partido republicano, eran católicos, aunque mucho más todavía por su cabellera tupida, que contrastaba con las entradas avanzadas de Richard Nixon.

Pensó cómo podía hacer para influir en la elección. Se le ocurrió mentir. Fue al comedor y a cada alumno de la fila le dijo que Nixon había propuesto que los sábados se convirtieran en un día más de clases. La consigna cambió el rumbo de los comicios. Kennedy arrasó en el simulacro y Roger comprendió el valor de la desinformación, aunque -sospechoso- en el documental Get me Roger Stone asegura nunca haberla puesto en práctica.

Pese a la campaña sucia -la primera- que había emprendido en favor de Kennedy, se convirtió en un fanático acérrimo de Nixon. A los 12 años se dio cuenta de que quería estar en política y abandonar el anhelo de ser actor. Mientras cursaba en la universidad, un llamado cambió su destino. En 1972, solo con 19 años, abandonó sus estudios para sumarse al equipo de Nixon.

Se sumó a la campaña de Nixon cuando era muy joven

El escándalo, tan repetido a lo largo de su carrera, explotó rápido. Watergate, el robo de documentos confidenciales en la sede del partido demócrata, lo llevó a declarar ante el jurado. A ser el más joven en declarar por la causa que sacudió la política estadounidense. Nixon debió renunciar, ser el único presidente hasta hoy en dimitir, y Roger Stone, que comenzaba a hacerse un lugar pese a su juventud, estaba muerto de miedo, dice. Le sería difícil conseguir empleo. Cargaba la estampa Watergate en su espalda.

Muchos años después, y más allá de ese temor, hoy carga un tatuaje de Nixon en su espalda y no de Watergate. La cara del expresidente justo en la terminación de su cuello. “No es una declaración ideológica”, aclaró. “Sino que representa su fuerza para salir adelante, un recordatorio de que cuando te derrotan, hay que hacer todo para seguir adelante”.

El tatuaje de Nixon en su espalda

No solo eso. Stone ostenta la memorabilia más completa en torno a Nixon, una oficina descrita como el “Salón de Nixonia”, que solo se rompe con una foto de la actriz porno Nina Hartley. Todos los carteles de sus campañas pegadas en las paredes, muñecos que lo representan, libros, y detalles de su trayectoria política. Se convirtió en su fan más incondicional porque, tal como reza una de las tantas “reglas de Roger Stone” -máximas para ganar a como dé lugar en la política-, el pasado es un maldito prólogo.

El “Salón de Nixonia”, la memorabilia de Nixon

La siguiente incursión de Stone fue en la campaña exitosa que condujo a Ronald Reagan a la presidencia en 1981. Su reputación como el joven brillante inescrupuloso que arrastraba de Watergate le jugó a favor. Un año antes había fundado junto a dos socios Black, Manafort & Stone, una consultora que marcó un hito en la política norteamericana por su capacidad de manejo de influencias, por su lobby, aunque Stone dice que se siente orgulloso. “Nada de lo que hice fue ilegal o inmoral. Juegas con las reglas tal como están escritas. cuando cambian las reglas cambias tu forma de jugar”.

Hoy con 64 años, vive en Florida junto a sus tres perros, tres gatos, su madre de 91 años y su mujer Nydia, fotógrafa que la conoció en medio de una campaña. En 1996, en plena cresta de la ola, cuando conducía la imagen de Bob Dole, llegó su caída. Su nombre apareció en distintos tabloides. The National Enquirer lo acusaba de participar en “orgías” y exponía anuncios publicados en la revista Local Swing Fever y un sitio web dedicado a swingers.

La tapa que exponía los anuncios swingers de Stone

“Señora caliente, insaciable y su esposo fisicoculturista buscan parejas similares, hombres bien dotados, musculosos y excepcionales”, decía uno de los anuncios, que también incluía fotos de los Stones con poca ropa. Primero lo negó, culpó a un empleado doméstico que había despedido por abuso de drogas. Varios años después lo reconoció. “Cuando ese tema apareció en 1996, lo negué porque mis abuelos todavía estaban vivos. No soy culpable de hipocresía. Soy libertario y libertino”, le dijo a The New Yorker.

Stone es un nuevo tipo de consultor político. No el asesor que está detrás del candidato, a sus sombras, sino el que habla, el que expone hasta el más mínimo detalle de su estrategia, aun cuando sea despiadada, sucia. Pese a su maquiavelismo deliberado, conserva algunos pocos principios libertarios: a favor de la diversidad sexual -es habitué de las marchas de orgullo gay- a favor del aborto, a favor del consumo de marihuana.

Resulta un personaje único para los medios de comunicación. Fisicoculturista, juega el papel de malvado, cada frase suya es contundente y cuida su imagen hasta el hartazgo. Dice tener 100 corbatas color plata y 100 trajes a medida hechos por Anderson y Sheppard en Londres. Atribuye su buen estado físico a décadas de seguir un régimen de hierbas chinas, terapias respiratorias, tai chi y acupuntura.

La política, para él, es teatro. En esa idea, la imagen es todo. “Si la vida es un escenario, entonces siempre debes estar de disfraz”, reflexionó. “Y si estás tratando de connotar una cierta autoridad, creo que estar bien vestido es parte de eso. Me siento bien, me siento seguro cuando estoy bien vestido. Me siento como el maestro del universo, por así decirlo”.

Su amistad con Donald Trump

En 1979, cuando Stone colaboraba en la campaña de Reagan, Michael Deaver, un asesor más alto, lo instruyó para que comenzara la recaudación de fondos en Nueva York. Le dio una lista de contactos del candidato. La mitad de ellos estaban muertos. Entre los nombres, reconoció el de Roy Cohn, un afamado abogado.

Cuando se reunió con Cohn, le aseguró que apoyaba a Reagan y, ante la necesidad de formar un comité de finanzas, le dijo: “Necesitas a Donald Trump”. Fue a visitar a Trump, que no dudó en ayudarlos a conseguir un espacio de oficina donde desarrollar la campaña. “Ahí es cuando nos hicimos amigos”, dijo.

Stone vio antes que nadie el potencial de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Era independiente, nada lo ligaba a la antigua política, eléctrico, decidido, con capacidad para los negocios y famoso. “Es mejor ser infame que nunca ser famoso”, dice otra de sus reglas. Lo quiso convencer en 1987 para que se postulara, pero no lo logró.

Sí lo logró casi tres décadas después. Ante un completo escepticismo y con una campaña basada en el odio, Trump trazó una estrategia que seguía otro de sus preceptos: “Atacar, atacar, atacar. nunca defenderse”. Pese a que en el medio de la carrera presidencial, Trump anunció su despido, Stone siempre estuvo detrás. De hecho, cuando tambaleo su candidatura, salió en los medios. Amenazó con dar a conocer hoteles y números de habitaciones de los delegados republicanos que sabotearan su nominación.

Stone encontró en Trump su otro-yo con posibilidades presidenciales. Y, otra vez, lo logró. Lo llevó a la presidencia. “¿Creés que la gente que carece de cultura puede diferenciar la política del espectaculo?”, se preguntó. “La política es el negocio del espectáculo de los feos”.

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