Compartir

“¿Con esa panza me vas a correr?” Como si fuera un cyborg, Jorge Sampaoli observaba al detalle a cada jugador rival. A técnico ofensivo, jugador ofensivo, en el sentido más estricto del idioma español. Antes de empezar los partidos de la Liga Casildense miraba al 5, miraba al volante derecho, les miraba el cuerpo, la cara, “les buscaba un gesto, algo que los hiciera calentar”, recuerda Gustavo Penelli, el Penke, ex compañero del técnico de la Selección, charlando por teléfono con PERFIL. Ya detectado, el 10 de Aprendices activaba el ritual: puteaba, descolocaba. Era entonces cuando lo corrían para pegarle, no porque jugara como los hombres que convocó en su primera lista en la Selección.

“Jugaba de 10, aunque nada más lejos que Riquelme –cuenta el Penke a PERFIL–. El corría, corría; después lo pusieron de 8. Cuando digo 10 hablo del viejo 10, el que iba por izquierda en el medio. Entonces se jugaba con un 9 y dos wines, y como yo jugaba de 5 y la revoleaba siempre para ellos, Jorge me gritaba: ‘¡Una dame!’; ‘¡las perdés todas, dejate de joder!’. Siete años jugamos juntos y creo que ni un pase le di”.

Jorge Sampaoli era el cancherito que siempre quería cargarse a un rival, un insoportable al que un día lo pusieron por izquierda y él se fue por derecha para que no jugara el otro 10.

En el documental El Zurdo, la revancha del ninguneado (el único documental dirigido por un periodista argentino, Roberto Cox) pueden verse algunas perlas del Sampaoli jugador. Hay un golazo que metió en un 1-0 de Alumni a Belgrano de Arequito, un zurdazo desde afuera del área que fue una patada de chancho y bajó en un ángulo con la velocidad con la que ataca Beausejour. La imagen es hermosa: el pasto seco como de baldío, un cielo sin tribunas, el VHS que hace que todo sea fantasmagórico, de ficción. El Wikipedia para jugadores outlet nos informa entonces que Jorge Luis Sampaoli Moya jugó al baby en Central Argentino, que las Inferiores las hizo en Banfield y Alumni (ambos de Casilda) y que ya en Primera fastidió rivales en Aprendices, Unión Casildense y Alumni. Aunque lo de fastidiar no era una exclusividad deportiva: él era así.

“Yo peleaba, provocaba, reaccionaba, molestaba al otro –le cuenta al periodista Pablo Paván en el libro No escucho y sigo, la única biografía escrita en la Argentina sobre él–. A un lustrabotas lo volví loco. Me lustraba y no le pagaba, y al otro día iba y lo convencía de que me lustrara sin pagarle otra vez. Le decía que mi mamá estaba enferma, o que era mi cumpleaños o que estaba muy mal, deprimido, que me hiciera un favor. Y José siempre me volvía a lustrar. Le colonizaba la cabeza. Era competir contra José. Yo tenía plata para pagarle, pero mi objetivo era no pagarle y que lustrara igual. No siempre le ganaba, porque cada vez se iba poniendo más difícil y él tampoco era tonto. Cuando perdía me rebelaba, me ponía demente. Tanto es así, que yo estoy seguro de que ese tipo en el fondo me odia. Yo jugué con la mente de él”.

Así de copado, entonces, el empleado bancario ganó el campeonato de 1986 con Aprendices y en 1991 jugó su primera y única final en Alumni, el equipo del que es hincha y en el que también se retiró. El rival: el monstruo adinerado de la liga, Huracán Chabás. La definición era como las de las Libertadores de los 60 y los 70, había que ganar dos partidos para ser campeón. En la primera se les bajó la persiana: cayeron 0-3. El técnico era su concuñado, Mario Eldo Bonavera, que –dos opciones– o había mirado muy mal el fixture, o directamente no confiaba en su plantel: para la fecha de la segunda final ya había programado acompañar a su hija al viaje de egresados, así que no podría estar. Con él afuera, Sampaoli fue el entrenador. “Así que el lunes me levanté –cuenta en El Zurdo, la revancha del ninguneado– y me pedí cuatro días en el trabajo para convencer a todos de que no era tanta la diferencia. No sé… Silvestre, por ejemplo, no quería jugar más”.

Conseguida la licencia, Sampaoli se apareció en los trabajos de cada uno de sus compañeros, les habló, los internó: los colonizó. Huracán Chabás era el lustrabotas, el débil, algo que había que invisibilizar. Alumni (con Silvestre) ganó por 2-1 y en la tercera final puede verse –otra vez en el documental– la jugada definitiva, la letal. Sampaoli desborda por la derecha, tira el centro, hay un despeje, un rebote, la agarra de nuevo, tira otro, hay un maremoto, montonera: gol. Alumni gana 1-0. Alumni sale campeón.

El resto de la historia hay que imaginarla como una manga que se empieza a desinflar. En 1993, a Alumni lo dirigió Andrés Rebottaro, campeón del Metro 74 con Newell’s. Sampaoli jugaba cada vez menos y mientras tanto entrenaba a la Reserva del club. En el primer año y dos meses de gestión ya asomó el flequillo del colonizador: dirigió 84 partidos, ganó 80. Ese mismo año sufrió la lesión que lo impulsaría a no jugar nunca más. Sampaoli tenía 33 y acaso había entendido que eso no era una lesión: era un portal hacia una segunda vida.

Retorno al amateurismo. El nuevo técnico de la selección argentina se probó en la década del 80 en las Inferiores de Newell’s. “Como jugador tuve miedo escénico –cuenta, también, en la biografía No escucho y sigo–. Cuando fui a Newell’s tenía miedo a fracasar y eso hizo que fracasara. Eso, de entrenador, yo sabía que no me podía pasar”.

Fue a la vuelta de esa prueba que debutó en Aprendices, en la Liga de Casilda. En varias conferencias y entrevistas ha dicho que lo que hay que lograr con cada jugador es que retorne al amateurismo, porque “nunca fueron mejores” que entonces. “Jugaba en su barrio, se divertía, no tenía representante ni plata y jugaba hasta el momento en que lo llamaba la mamá para ir comer”, piensa el entrenador. Eso es lo que intentará con Messi, Dybala, Di María y el resto de los convocados para enfrentar a Brasil.

Acuerdo con el Sevilla. El presidente de la AFA, Claudio Tapia, y el vice Daniel Angelici llegaron ayer a un acuerdo con el titular del Sevilla, Jorge Castro, para la desvinculación de Jorge Sampaoli, quien será presentado el jueves próximo como flamante entrenador del seleccionado.

Los dirigentes argentinos se reunieron en el estadio Sánchez-Pizjuán de la ciudad andaluza con Castro y otros directivos del club y rápidamente llegaron a un acuerdo.

En un comunicado, difundido casi al mismo tiempo por el club español y por la AFA, sostienen que “no se ha discutido en ningún momento la cantidad fijada como cláusula de rescisión del contrato del técnico”. Castro, al salir de la reunión, dijo que “por supuesto” seguía vigente la decisión del club de recibir un millón y medio de euros por la rescisión.

(*) Esta nota fue publicada en el Diario PERFIL.

Comentarios

comentarios