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No hay mucho que hacer para ganarse la vida en Condorhuasi, a 3889 metros sobre el nivel del mar, en la puna salteña, donde casi nadie se quedó a vivir. Cuando era joven, Justino Morales se fue a trabajar al puerto de Mar del Plata, pero finalmente decidió volver con Martina, su esposa, para cuidar su casa y su campo. El dinero que trajo de la ciudad le sirvió para comprar ovejas y empezó con la cría. Siempre le alcanzó para comer y tener leche, pero le exige un gran esfuerzo, porque no le da los ingresos suficientes para tener un corral, y los animales se le escapan.

Por eso cuando su hija Clemencia, que trabaja de ayudante de cocina a 66 kilómetros de Condorhuasi, pensó que el Proyecto Agroecológico Quinoa era ideal para su familia. Fue un cambio en la vida de Justino, que necesitó recuperar los conocimientos agrícolas ancestrales y aceptar el asesoramiento de un estudiante avanzado de agronomía para que lograr rendimientos aceptables de este cultivo, como para poder mantener a su familia.

Eramine Sudamericana es una empresa francesa que explora desde el 2011 diferentes salares, o lagos de sal, ricos en litio, el mineral altamente cotizado para la fabricación de pilas, aceros, esmaltes y celulares, y también en la medicina, a través del carbonato de litio. Instalada en plena puna salteña, empezó a desarrollar un proyecto de Responsabilidad Social Empresaria (RSE) con habitantes de la zona, bajo la supervisión de la consultora en proyectos productivos y sociales Viviana Santinon, y en el marco de un convenio con la Universidad Nacional de Salta.

Hasta ahora hay cuatro predios que cultivaron y están cosechando quinoa con semilla orgánica y certificada, que la empresa trajo especialmente de Bolivia, donde el cultivo está más desarrollado: en Santa Rosa de los Pastos Grandes, en Salar de Pocitos, en Pampa Ciénaga (donde está la planta principal de Eramine), además de Condorhuasi. En total, 3.5 has de tierra en este primer año de producción.

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Los productores están monitoreados por dos estudiantes avanzados de la UNSA, Enzo Alvarez Moreno y Fernanda López, que trabajan mancomunadamente con los productores para perfeccionar la técnica, orgánica y manual, para poder lograr altos rendimientos.

Si en la primera cosecha logran 600 kilos, el esfuerzo habrá tenido sentido. Es que el kilo de quinoa normal, el que exige siete lavados para sacarle la saponina, se vende entre 60 y 80 pesos. En cambio, por esta que lleva la marca Quewar -el volcán que domina la puna- esperan conseguir compradores dispuestos a pagar entre 250 o 300 pesos el kilo.

En diálogo con Infobae, el gerente francés Christophe Tillier, anticipó que el proyecto dura  tres años, “es un tiempo exigente, pero buscamos que al concluir, los mismos productores se apropien de la iniciativa y la continúen por su propia cuenta“. Y concluyó: “es probable que nosotros después iniciaremos nuevos grupos, pero lo que pretendemos es darles las herramientas para que después caminen solos, y estoy seguro que lo lograrán”.

(*) Agradecimiento especial al director de cine Pablo Racioppi, que filmó y editó el material fílmico de esta nota.

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