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En el primer día del juicio, Adrián Tenca, abogado de Fernando Farré, miró a los 12 jurados y les dijo: “En este juicio se conocerá una historia oculta hasta ahora, una historia traumática que conoció Farré antes del asesinato y que perturbó su conciencia”. Dejó, intencionalmente, una serie de cabos sueltos: un “algo” tan tremendo que -a usted señor, señora en su casa- y a ustedes –señores del jurado- les va a permitir entender por qué un hombre puede enloquecer, de golpe, y matar a su mujer.

Todos, está claro, tienen derecho a una defensa. Incluso Farré, que primero degolló a su mujer y, cuando ella se desplomó, le clavó más de 70 veces un cuchillo. En este caso, su abogado no puede jugar a probar que su cliente no la asesinó porque eso no está en discusión: quienes estaban ese día con ellos en el country Martindale lo encontraron encima de ella en un reguero de sangre que cubría parte del piso y de las paredes. La propuesta, entonces, es jugar al suspenso, sembrar dudas, armar un camino de miguitas de pan, y ponerle un tono de serie de Netflix a la trama que lo llevó a cometer el femicidio.

Según pudo reconstruir Infobae, en el entorno de Claudia Schaefer creen saber cuál es la “historia oculta y traumática” que la defensa irá develando en capítulos. Y eligen contarlo porque saben que, si tienen razón, pueden mojarle la mecha de su bomba casera. Específicamente, cuentan que la pareja estaba separada de hecho hacía tiempo (cuando ocurrió el femicidio hacía seis meses que Claudia Schaefer dormía en la habitación de su hija). Y que ella -de eso se enteró Farré cuando encontró dos fotos- había comenzado una relación con un compañero de trabajo.

Esta es una de las fotos que Farré habría encontrado en la que su mujer estaba con otro hombre.

La defensa de Farré tiene una razón para apelar a “la historia oculta”: debe tratar de evitar que los 12 jurados lo encuentren culpable y sea condenado a prisión perpetua. Para eso, una posibilidad es instalar dudas sobre ella -y construir el estereotipo de una “mala víctima”- y lograr, a la vez, que los jurados sientan algún tipo de empatía con él.

Esto quiere decir: ojo, señores del jurado, que Schaefer no era una mosquita muerta ni una esposa abnegada. Era, en cambio, una mujer que salía con alguien antes de estar formalmente divorciada. ¿Era una buena madre si salía de trabajar y se iba a un after office? ¿Era una buena madre si, cuando lo hacía, dejaba a un hijo que tiene autismo al cuidado de su papá? ¿Usted qué sentiría señor, si se entera de que su mujer le es infiel y encima quiere quedarse con su dinero? La línea argumental podría ser esa: que enterarte de algo así puede hacer que se te “salga la cadena”.

Y entiéndanlo a él, señores del jurado: su mujer lo traicionaba, lo habían echado de su trabajo y de su casa, ya no iba a poder vivir con sus hijos, una denuncia acababa de manchar su buen nombre y estaba padeciendo una grave depresión. Enloqueció y tomó una mala decisión, señores, pero tuvo sus motivos.

¿A quién tiene que convencer el defensor? No será a un grupo de jueces con perspectiva de género. Tiene que convencer, en principio, a 12 jurados: 12 personas comunes y corrientes a las que les llegó una citación por carta, como las que llegan cuando uno es llamado a ser autoridad de mesa en una elección. De los que fueron originalmente citados (el requisito es vivir en la jurisdicción, no ser abogado, miembro de las fuerzas de seguridad ni empleado del poder judicial), dos fueron “bochados con causa”. Cuando los abogados les preguntaron: “¿Alguno está a favor del colectivo NiUnaMenos?”, hubo dos personas que dijeron que sí y ambas fueron apartadas.

¿Estas fotos? ¿Esta es la prueba de la esposa infiel con la que pretenden que zafe?”, dice alguien del entorno.

Instalar la duda en el grupo será la clave. Si los 12 votan de manera afirmativa (culpable) Farré será condenado a prisión perpetua. Pero sólo convenciendo a dos de ellos, las cosas cambian: si 10 jurados lo encuentran culpable y 2 no, quedará en manos del juez establecer una pena que puede variar entre los 8 y los 25 años de prisión. Instalando la duda en uno más, la cancha se termina de embarrar. Si hay 9 (o menos) que creen que es culpable y el resto no, los jurados deben volver a deliberar hasta que lleguen a 10 que lo consideren culpable. Si no se ponen de acuerdo, deberán volver a deliberar (pueden hacerlo tres veces). Si siguen sin ser 10 los que lo consideran culpable, el juicio tiene que volver a hacerse.

Por supuesto que un caso de este tipo el contenido de cada palabra cuenta. El abogado de Farré, de hecho, habló de “asesinato” y no de “femicidio”. La carta ahí, es mostrar que la violencia de género es algo que se cocina durante años y que Farré, salvo la denuncia que ella le hizo 11 días antes de que la matara, no tenía denuncias previas. Después, la defensa deberá probar que no hubo premeditación: encontrar una razón creíble que explique por qué Farré guardaba cuchillos en el vestidor.

(Télam)

Si bien en el entorno de Claudia Schaefer esperan que el abogado juegue “la carta de la infidelidad”, distintas fuentes coinciden en que no era eso lo que le importaba. “Aunque ahora quieran apelar al marido traicionado, no pasaba por ahí la bronca. ¿Estas fotos? -las muestra alguien muy cercano a la víctima-. “¿Esta es la prueba de la esposa infiel con la que pretenden explicar por qué enloqueció y la mató?”, dicen. 

Lo que cuentan, en cambio, es que estaban tramitando el divorcio y que él no quería repartir sus bienes con ella (que, a diferencia de él, no venía de una familia adinerada). Fue en ese contexto que las fotos le sirvieron: “Quería pedir la tenencia de los chicos con ese argumento: que era una mala madre y una esposa infiel. Pero no por los chicos, sino para quedarse viviendo en el departamento de Tagle y Libertador, valuado en 750.000 dólares”, contó a Infobae una fuente calificada.

Farré y su esposa tenían una camioneta Audi Q7 y un BMW que, por estar casados, iban a tener que repartir. Pero hubo una secuencia precisa que sucedió antes de que la matara. El 16 de julio de 2015, Farré cobró una indemnización de 5,8 millones de pesos por haber sido despedido de su puesto jerárquico en la empresa de cosmética Coty. Dos semanas después, su mujer lo denunció por haberle puesto una rodilla en la cara para que se quedara quieta. Fue ahí que le dictaron la exclusión del hogar.

Y fue en esos días que ella -que de a poco había salido del aislamiento y estaba empezando a tener más relación con su hermana y con su mamá- se enteró de que Farré estaba tratando de ocultar dinero antes del divorcio: había retirado casi 200.000 dólares y abierto cuentas a nombre de otros. Por eso, solicitó un embargo. Lo mostró luego la pericia psicológica. Farré “interpretó la denuncia de violencia de la víctima, la exclusión del hogar y el retiro de sus pertenencias como una vejación y una provocación” y lo vivió “como una emboscada y una revancha por parte de su esposa”. ¿Ella, que antes de conocerlo a él era una “medio pelo”, pretendía ahora quedarse con su dinero?

Sin embargo, decidió bajar la guardia y mostrarse manso. Acordó un régimen para visitar a sus hijos y accedió, sin peros, a ir con ella hasta el country de Pilar para que retirara sus cosas. Lo que pasó después es esa foto, la que todos conocemos: la de un hombre boca abajo y esposado, con la cara cubierta de sangre y mirando a cámara. Un hombre que acaba de eliminar a quien considera, literalmente, un parásito.

Fernando Farré, tras haberle dado 66 puñaladas a su mujer y haberla degollado.
Fuente: Nacionales – Infobae RA

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