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En el primer día del juicio, Adrián Tenca, abogado de Fernando Farré, miró a los 12 jurados y les dijo: “En este juicio se conocerá una historia oculta hasta ahora, una historia traumática que conoció Farré antes del asesinato y que perturbó su conciencia”. Dejó, intencionalmente, una serie de cabos sueltos: un “algo” tan tremendo que -a usted señor, señora en su casa- y a ustedes –señores del jurado- les va a permitir entender por qué un hombre puede enloquecer de golpe y matar a su mujer.

Todos, incluso Fernando Farré -que le dio 66 puñaladas a su esposa y la degolló- tienen derecho a ser defendidos. En este caso, su abogado no puede jugar a probar que Farré no la mató porque eso no está en discusión: quienes estaban ese día con ellos en el country Martindale lo encontraron encima de ella, ensangrentado y con un cuchillo en la mano. La propuesta, entonces, es jugar al suspenso, sembrar dudas, armar un camino de miguitas de pan y ponerle un tono de serie de Netflix a la trama que lleva a un hombre a cometer un femicidio.

Según pudo reconstruir Infobae, en el entorno de Claudia Schaefer creen saber cuál es la “historia oculta y traumática” que la defensa irá develando en capítulos. Y eligen contarlo porque saben que, si tienen razón, pueden mojarle la mecha de su bomba casera. Específicamente, cuentan que la pareja estaba separada de hecho hacía tiempo (cuando ocurrió el femicidio hacía seis meses que Claudia Schaefer dormía en la habitación de su hija). Y que ella -de eso se enteró Farré cuando encontró dos fotos- había comenzado una relación con otro hombre, más joven.

Esta es una de las fotos que Farré habría encontrado en la que su mujer estaba con otro hombre.

La defensa de Farré tiene una razón para apelar a “la historia oculta”: debe tratar de evitar que los 12 jurados lo encuentren culpable y sea condenado a prisión perpetua. Para eso debe sembrar dudas sobre ella -y construir una mala víctima- y lograr que sientan cierta empatía con él.

Esto quiere decir: ojo, señores del jurado, Schaefer no era una mosquita muerta ni una esposa abnegada. Era, en cambio, una mujer que, antes de que saliera el divorcio, ya salía con alguien. Era una “mala madre” que salía de trabajar y se iba a un after office y que dejaba a su hijo autista con su papá. Y entiéndanlo a él, señores del jurado: su mujer lo traicionaba, lo habían echado de su trabajo y de su casa, ya no iba a poder ver seguido a sus hijos y estaba padeciendo una grave depresión. Enloqueció y tomó una mala decisión, pero tuvo sus motivos.

¿A quién tiene que convencer el defensor? No será a un grupo de jueces con perspectiva de género. A quienes tiene que convencer es, en principio, a 12 jurados: 12 personas comunes y corrientes a las que les llegó una citación por carta, como las que llegan cuando uno es llamado a ser autoridad de mesa en una elección. De los que fueron originalmente citados (el requisito es vivir en la jurisdicción, no ser abogado, miembro de las fuerzas de seguridad ni empleados del poder judicial) dos fueron bochados “con causa”. Cuando los abogados les preguntaron: ¿Alguno está a favor del colectivo NiUnaMenos? Las dos personas que dijeron que sí fueron apartadas.

¿Estas fotos? ¿Esta es la prueba de la esposa infiel con la que pretenden que zafe?”, dice alguien del entorno.

Sembrar la duda en el grupo será la clave. Si los 12 votan de manera afirmativa (culpable) Farré será condenado a prisión perpetua. Si 10 jurados lo encuentran culpable y dos no, quedará en manos del juez establecer penas de 8 a 25 años de prisión. Si hay 9 o menos que creen que es culpable y el resto no, deben volver a deliberar hasta que lleguen a 10 y que el juez fije la pena. Pueden volver a deliberar tres veces pero si no llegan a ser 10 los que lo consideren culpable, el juicio tiene que volver a hacerse.

La estrategia, entonces, es apelar a un pensamiento que parece seguir arraigado en algunos. ¿Usted qué sentiría señor, si se entera de que la mujer que todavía es su esposa lo está traicionando? ¿Usted qué piensa de una madre de tres hijos que tenía una relación paralela? La línea argumental es esa: que enterarte de algo así puede hacer que se te “salga la cadena”. La prueba es que, salvo la denuncia que ella le hizo 11 días antes de que la matara, Farré no tenía denuncias previas. Después, la defensa deberá probar que no hubo premeditación: encontrar una razón por la que alguien, casualmente, guarda sus cuchillos en el vestidor.

(Télam)

Si bien en el entorno de Claudia Schaefer esperan que el abogado juegue “la carta de la infidelidad”, distintas fuentes coinciden que no era eso lo que le importaba. “Aunque ahora quieran apelar al marido traicionado, no pasaba por ahí la bronca. ¿Estas fotos -muestra-.¿Esta es la prueba de la esposa infiel con la que pretenden que zafe?”, dice alguien del entorno.

Lo que cuentan, en cambio, es que estaban tramitando el divorcio y que él no quería repartir sus bienes con ella (que, a diferencia de él, no venía de una familia adinerada). Fue en ese contexto que las fotos le sirvieron: “Quería pedir la tenencia de los chicos argumentando que era una mala madre y una esposa infiel para quedarse viviendo en el departamento de Tagle y Libertador, valuado en 750.000 dólares”, contó a Infobae una fuente calificada.

Farré y su esposa tenían una camioneta Audi Q7 y un BMW que, por estar casados, iban a tener que repartir. Pero hubo una secuencia precisa que sucedió antes de que la matara. El 16 de julio de 2015, Farré cobró una indemnización de 5,8 millones de pesos por haber sido despedido de su puesto jerárquico en la empresa de cosmética Coty. Dos semanas después, su mujer lo denunció por haberle puesto una rodilla en la cara para que se quedara quieta. Fue ahí que le dictaron la exclusión del hogar. Y fue ahí que su mujer se enteró de que estaba tratando de ocultar dinero antes del divorcio (había retirado casi 200.000 dólares, había abierto cuentas a nombre de otros e invertido en la bolsa), y solicitó un embargo.

Lo mostró luego la pericia psicológica. Farré “interpretó la denuncia de violencia de la víctima, la exclusión del hogar y el retiro de sus pertenencias como una vejación y una provocación” y lo vivió “como una emboscada y una revancha por parte de su esposa”. Sin embargo, decidió bajar la guardia y mostrarse manso: acordó un régimen para visitar a sus hijos y no tuvo problema en ir con ella hasta el country de Pilar para llevarse sus cosas. Lo que pasó después es esa foto, la que todos conocemos: la de un hombre boca abajo y esposado, con la cara cubierta de sangre y mirando a cámara: un hombre que acaba de eliminar a quien considera, literalmente, un parásito.

Fernando Farré, tras haberle dado 66 puñaladas a su mujer y haberla degollado.

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