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Las eternas dificultades de vivir en Argentina

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Nada puede ser simple en este país. Nada. Salimos de una primarias en las que nadie se quería meter, sólo para entrar en una turbulencia de la que no podemos salir. Se devalúa la moneda, aumentan los precios, se sacan impuestos, se ponen restricciones, fallan las encuestas y también falla la Corte. Los casi dos meses desde las PASO han demostrado que nunca la vamos a tener fácil.
No importa si algunos nos quieren vender que son el proyecto del camino hacia un país normal. Tampoco importa si hay otos que pretenden que creamos que la forma en la que se hacían las cosas antes es mejor -o va a ser mejor- que la de ahora. Ni antes ni después las cosas se pensaron para que los que quieren trabajar (y olvidarse de la política, la economía y la mar en coche) la tengan más fácil.
Con el nuevo comienzo de mes, los afortunados trabajadores asalariados en blanco (y digo afortunados porque saben que igual cobran, no como el desocupado que desespera por su pobreza, el cuentapropista que ve caer la actividad o el empresario al que encima se le plantan los empleados) se enfrentan al nuevo desafío viral de tratar de descifrar el recibo de sueldo.
Es que con las distintas decisiones del gobierno (meros paliativos con los que surfear la inestabilidad hasta el 10 de diciembre) esa obligación por la cual el trabajador debe buscar inconsistencias en su recibo para comunicárselas al empleador no puede ser desempeñada con facilidad.
Si repasamos un poco lo que ha pasado en los últimos meses, la cosa es más o menos así. Provisoriamente el gobierno decidió hacerse cargo del pago de las contribuciones patronales, para que las cobre el trabajador y para aliviar al empleador. Cambió el piso de ganancias y subió el salario mínimo, pero en etapas.
A algunos -los empleados públicos, que pierden menos que Gallardo contra Boca- decidió darles un bono de $5000, pero ante la presión del resto (y a la del dólar, que pasó de alrededor de $45 a cerca de $60) se propuso equilibrar las cosas para el resto de los trabajadores. De ahí surgió la idea de aliviar la situación de los comunes con un bono de igual monto.
Eso sí, como nunca nada puede ser fácil, decidieron que cada rama de actividad iba a negociar la forma de implementarlo (si pagando todo de una o en cuotas), respetando la proporcionalidad ante el ingreso y a cuenta de futuros aumentos. Es decir que no es un bono, sino más bien un adelanto, que te da hoy pero te quita mañana. Un negoción para el trabajador.
Con todas esas medidas, los responsables de la contabilidad en las empresas hacen malabares para mantenerse al día con las resoluciones, parecido a esos adictos a la moda que quieren saber siempre qué es lo que hay que usar según lo que mandan los “influencers”. Con tantos y tan veloces cambios, liquidar sueldos sin meter la pata es más difícil que liquidar a Donald Trump con un cuchillo descartable de plástico mientras almuerza en la Casa Blanca.
En el medio, la puja entre los que dicen que la reforma laboral o la desburocratización del Estado son excusas para flexibilizar la relación de dependencia y liberalizar la economía, en beneficio de los empresarios y en detrimento del trabajador, como si los empresarios fuesen licántropos chupasangre y el proletariado la reserva moral de la nación.
Además, los que temen a la reforma laboral deberían preguntarse respecto a cuántos empleadores estarían dispuestos a echar trabajadores que les saldrían más baratos, siendo que los mantienen con los elevados costos de hoy. Sólo la gente que ha pasado su vida trabajando al abrigo de los responsables de la ineficiencia estatal puede preocuparse por la reforma laboral.
Así, en este país de reglas cambiantes, políticos delirantes, propuestas extemporáneas e improvisaciones de lo más variadas, todo se complejiza y nunca jamás se simplifica. A cada paso hay un nuevo trámite, una nueva secretaría o una nueva disposición que esconden la misma y vieja arbitrariedad con la que el Estado presiona a la gente normal, la que sólo quiere ir a trabajar.
Como marca la tradición criolla, todos buscan complicarle las cosas a otros. Los pilotos de Aerolíneas Argentinas deciden parar y defender sus privilegios, aunque la gente pierda el día de trabajo o el turno con el médico; los grupos piqueteros deciden reclamarle al Estado para que siga esquilmando a los contribuyentes para así financiarles el derecho al ocio contemplativo; el Poder Judicial que no rinde cuentas (pero que recarga las cuentas) juega políticamente “contra el gobierno”, aunque después a eso lo paguemos todos.
Nada nunca es fácil en este país, sin importar las maravillas que nos prometan. Cuando encima todos deciden molestar a los otros, dejan en claro que nunca podrá serlo.

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