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El museo está en la calle 12 de Octubre 463 (Prensa Municipalidad de Avellaneda)

"Cual de incensario roto huye el perfume / así de mi dolor se escapa el verso: / me nutro del dolor que me consume, / de donde vine, ahí voy: al Universo". El señalador ajado marca en la página 172 el comienzo de "Cual de incensario roto…", uno de los poemas más brillantes del prócer cubano José Martí. No parece casual. El libro está apoyado sobre una mesa de luz de algarrobo, austera, pegada a una camita de una plaza sobre la que descansa una bolsa de agua caliente. A unos metros, sobre el escritorio confeccionado para que sea idéntico al que tenía Juan Domingo Perón, brilla el reflejo del sol en un par de anteojos. Son los que usó Leonardo Favio (1938-2012) para leer aquellos versos de Martí y también para escribir y dibujar hasta el último de sus días. En esa habitación, transportada centímetro a centímetro a un edificio de Avellaneda, late como una presencia viva el espíritu del músico y director de cine. Es como si allí todavía viviera Favio: en sus objetos, en sus cartas, en los pequeños objetos kitsch, en las fotos, en los guiones inéditos, en la bata del Mono Gatica, en su biblioteca, en sus célebres pañuelos, y por supuesto, en los versos premonitorios de Martí.

Recientemente inaugurado en el edificio donde funciona la Escuela de Cine municipal de Avellaneda, el Museo Leonardo Favio es un viaje a la cosmogonía de uno de los grandes artistas populares argentinos del siglo XX: su amor a los pobres (su propio origen), su pasión por el peronismo, la conexión espiritual con las creencias musulmanas, sus gustos musicales y todo lo relacionado con su producción cinematográfica.

(Prensa Municipalidad de Avellaneda)

Los hijos del cineasta, Nicolás y María, aportaron los cientos de objetos que tenía Favio en su casa y en su oficina, en el barrio de Adrogué, y que habían estado amontonados en unas 200 cajas y bolsas desde el momento de su muerte, ocurrida el 5 de noviembre de 2012.

La curaduría del lugar, construido especialmente para esta exposición, estuvo a cargo del director del Centro Municipal de Arte de Avellaneda, Germán Termine, quien estudió la obra del director de Juan Moreira y dispuso un espacio donde la presencia del artista fuera permanente en cada rincón.

(Prensa Municipalidad de Avellaneda)(Prensa Municipalidad de Avellaneda)

Fotos en las paredes, libros en las repisas, latas con los fílmicos, los cuadernos con anotaciones mentales y los guiones mecanografiados, las chucherías que juntaba Favio e incluso cajones llenos de VHS con películas, discos y casetes. "Cada cajón que abrís es una sorpresa", ríe como un chico Termine, fascinado como si entrara por primera vez.

Latas de filmes y la célebre bata de Gatica (Prensa Municipalidad de Avellaneda)

El Municipio de Avellaneda comenzó a trabajar en la clasificación y disposición de objetos en noviembre del año pasado e inauguró el museo el 28 de mayo, el día que el artista hubiera cumplido 79 años. Eligió un sector que estaba destinado para la administración de la escuela de cine, dentro de un edificio recuperado, que también se llama Leonardo Favio, y hace décadas había sido una usina eléctrica de Segba, en la calle 12 de Octubre, frontera entre las localidades de Avellaneda Centro y Dock Sud.

Sobre el escritorio, muy cerca de los anteojos, está el mate que usaba Favio y que le habían regalado las Madres de Plaza de Mayo. Cuando se enteró del proyecto de museo, Celia "Chela" Pozernik, la "mano derecha" del director durante todos sus años de carrera, acercó una tacita que el hombre usaba para el azúcar. Justamente en una de las paredes cercanas a este sitio cuelga un cuadro que contiene una tierna correspondencia por telegrama entre Favio y Chela, fechada en 1978, que comienza con un reproche de Leonardo a la mujer, a la que nunca encuentra cuando la llama. "Ruego que me diga sus horarios", le pide el cineasta y su secretaria le responde con ironía, enumerando todas las tareas que hace y que le demandan salir de la oficina durante mucho rato. A los pocos días, Favio le envía otro telegrama, con cuatro palabras que desnudan su ternura: "No se enoje. Besitos".

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"Me gusta todo lo que se hizo ahí. La gente ve la cama de mi papá y se da cuenta de la sencillez con la que vivía, el universo tan vasto y rico que tenía, los casetes de los discursos de Perón y Evita. Lo lindo es que ves entrar a la gente y se emociona, muchos chicos de 20 años que no sabían quién era mi papá y se enloquecen", enumera emocionado Nico Favio, uno de los hijos del artista.

La colección es amplia y tan llena de detalles que, aunque es un espacio pequeño, parece inabarcable. Para Termine, una de las gemas del museo es el guión de la película Papaíto piernas largas, que Favio nunca llegó a filmar y que iba a tener música de Raúl Lavié. También figuran las partituras de sus canciones más célebres, como "Quiero aprender de memoria", "Fuiste mía un verano" o "Ella… ella ya me olvidó".

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"Fui un raterito que huía de pueblo en pueblo, de provincia en provincia, conocí el hambre sin romanticismos literarios. Y cuando fue necesario, robé para comer", declaró alguna vez el autor de El romance del Aniceto y la Francisca. Quizás esa esencia se puede descubrir en la obsesión de coleccionista por objetos kitsch, y que aquí están acumulados en una vitrina: piedras de Luján de Cuyo -su lugar de nacimiento, en Mendoza- , monedas, prendedores, libros en miniatura, muchas y pequeñas calaveras y el libro Botón Tolón, que le regaló la propia Evita en una visita a su pueblo cuando él era un niño, un gesto que definiría su amor por el peronismo hasta el día de su muerte. Para Favio, Perón fue un padre, el sustituto emocional del progenitor verdadero que no lo crió.

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Ese amor por el ex presidente está presente en cada rincón del Museo (Avellaneda está gobernada por un intendente peronista) y se corporiza no sólo en las fotos, en el Botón Tolón, sino también en la carta que le manda Caloi cuando se entera que Favio proyecta Sinfonía de un sentimiento: "Usted sabe que nosotros andamos en esto del dibujo animado con nuestro programa de televisión. Y estamos tan dispuestos a ser soldados de Leonardo como somos (y nos sentimos) soldados de Perón". Al lado de esta carta, no casualmente, se exhibe doblada la bandera argentina que cubrió el féretro de Favio tras su muerte.

Boceto de “Sinfonía de un sentimiento”, dibujado por el propio Favio (Prensa Municipalidad de Avellaneda)

Poco antes de su final, Favio le contó a la directora Lucrecia Martel que las fotos que colgaban en su cuarto, donde está él de adolescente junto a sus amigos de la infancia, lo conectaban con su pasado durante sus insomnios. "Amigos, realmente amigos, fueron los de mi niñez", le dice el artista. Ese espíritu nostálgico también está corporizado en el Museo, con las fotos y los dibujos que hacía él para recrear aquel pasado. También están los discos con sonidos de agua que compraba para escucharlos y pensar en la acequia mendocina de su niñez.

En este espacio los visitantes también pueden descubrir en su biblioteca, trasladada entera hasta Avellaneda, el universo que lo inspiraba. Hay ediciones sobre religión, peronismo, música y ciencia: desde el astrofísico Carl Sagan al poeta y director japonés, Yukio Mishima.

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En el sector que recrea su última piecita cuelgan como estrellas incandescentes los pañuelos que usó Leonardo Favio ("Ni siquiera los lavamos", aclara Termine). Es una constelación que materializa la genialidad. Los gorros y las telas que envolvían la cabeza del genio ahora parecen iluminar el espacio. "Mi viejo era Piazzolla. Y esto de alguna manera nos salvó la vida, transformamos una energía guardada y la pusimos en movimiento", se emociona Nico Favio en la charla con Infobae.

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Si algo sabía Leonardo Favio era llegar al corazón del espectador. Era un artista popular en el sentido más estricto de la palabra. Sobran escenas que lo explican, como aquella en la que Gatica (a quien le gustaba que le dijeran "tigre" y no "mono" y por eso el género de la bata que diseñó Favio) se entrega finalmente a la expresión de su dolor, después de tantos golpes, cuando se le muere el perro.

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"¿Cuándo se termina esa historia? Cuando el espectador la capta en su cabeza y en su corazón, porque si no, tenés un proyector y una pantalla y fotografías que se suceden, pero tu película existe recién a partir de la aparición del espectador. El que termina tu obra es el espectador en su cerebro, en cada uno de sus cerebros", le dijo Favio a Martel.

Al visitar el Museo que lo honra, lo que está claro es que su obra no termina. Continúa en el corazón de los que van quedando vivos.

*Museo Leonardo Favio, 12 de Octubre 463, Avellaneda.

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