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Literatura para tu pantalla: cuando los libros desembarcan en el mundo audiovisual

Literatura para tu pantalla

La pantalla como destino. Alguien podría escribir la historia del libro humanizado que sube los escalones de una escalera empinada y finalmente llega a la cima: la exhibición en el cine —o en el Smart TV: la serie televisiva es el género de la época— bajo el masivo e hidalgo formato audiovisual. La literatura, que fue escrita para ser leída, evoluciona, muta hacia otro dispositivo, y es vista, con personajes y escenarios, ya no por un lector, sino por un espectador. Quizás esa historia sea esta. 

Nueva ola literaria en las pantallas

Empecemos por el final. Por este 2019. Las novedades son varias. La primera: Entre hombres, que tendrá cuatro episodios de 60 minutos en la nueva miniserie que estrena HBO bajo la dirección de Pablo Fendrik, está basada en la novela homónima del argentino Germán Maggiori publicada en 2001. El elenco, ya confirmado, cuenta con figuras como “El Puma” Goity, Nicolás Furtado, Diego Velázquez, Diego Cremonesi y Claudio Rissi. Ya desde las páginas, esta historia ambientada en 1996 entre la desidia política y la violencia cotidiana genera imágenes potentes en la cabeza del lector. La serie televisiva tendrá la difícil tarea de ponerlo en esa tensión en escenas.

Ahora, en diálogo con Infobae Cultura, el escritor nacido en Lomas de Zamora en 1971, dice: “Creo que lo que garantiza HBO es un estándar muy alto en términos de calidad de realización y eso para mí tuvo mucho peso a la hora de aceptar la propuesta de adaptación de la novela al formato de miniserie con ellos. En lo personal, lo vivo como una suerte de reconocimiento final a un texto que, a pesar de todos los avatares que sufrió en sus casi veinte años desde su publicación original, logró sobrevivir y mantenerse vigente. Ojalá el estreno de la serie, sirva para potenciar la circulación de la novela y llegar a nuevos lectores”.

Nicolás Furtado, protagonista de la adaptación de “Entre hombres” de Germán Maggiori bajo la dirección de Pablo Fendrik para HBO
Nicolás Furtado, protagonista de la adaptación de “Entre hombres” de Germán Maggiori bajo la dirección de Pablo Fendrik para HBO

Segunda novedad: Las aventuras de la China Iron, novela de Gabriela Cabezón Cámara publicada en 2017, será adaptada a la pantalla grande. Los derechos fueron cedidos para que el director Alejandro Fadel y la productora La Unión de los Ríos se encargaran de llevarla al cine. ¿De qué historia estamos hablando? En la novela, la China Iron tiene catorce años, está casada con el gaucho Martín Fierro y ya dio a luz dos hijos. De pronto, se vislumbra el final de la esclavitud machista y ella, la China Iron, se escapa escribiendo su propia historia, ya no como spin off de su marido.

“No puedo decirte mucho porque la película todavía no se filmó”, dice Cabezón Cámara vía chat en un diálogo a distancia con Infobae Cultura. Está en Edimburgo, Escocia, presentando justamente esta novela, que acaba de editarse allí. “En principio me da mucho entusiasmo que Las aventuras de la China Iron sea un insumo para una película de Alejandro Fadel y La unión de los ríos: cuando escribí la novela quise escribir también un paisaje, el de la pampa, y ese paisaje tiene suelo pero sobre todo cielo, es un paisaje hecho de luz y me imagino que eso en manos de Alejandro va a ser una maravilla. La amplificación masiva me parece una hermosura, por supuesto”.

Tercera novedad: Distancia de Rescate, la nouvelle de Samanta Schweblin, llegó a Netflix. Cinco años después de su publicación, este anuncio. Será una película. La va a dirigir Claudia Llosa y la producirá el oscarizado Mark Johnson. ¿Los protagonistas? María Valverde y Dolores Fonzi. “La historia, así como la producción en sí, es un maravilloso testimonio del poder de las mujeres”, dijo en su momento la actriz argentina. El título de la novela da cuenta del hilo invisible que nos une a los hijos: la atención permanente de que no les pase nada. Es una historia oscura que, desde la literatura, te toma del cuello como pocas novelas lo logran hacer en la actualidad. La pregunta por el dispositivo no es ingenua: ¿podrá el lenguaje audiovisual tener la misma fuerza narrativa? Llosa y Schweblin, que hicieron el guión juntas, aseguran que sí.

María Valverde y Dolores Fonzi, protagonistas de “Distancia de Rescate” de Samanta Schweblin en la versión de Nétflix a cargo de la directora Claudia Llosa (Crédito: Oscar Faura/Netflix)
María Valverde y Dolores Fonzi, protagonistas de “Distancia de Rescate” de Samanta Schweblin en la versión de Nétflix a cargo de la directora Claudia Llosa (Crédito: Oscar Faura/Netflix)

Primeros besos entre el cine y la literatura 

¿Por dónde empezar? Sería difícil precisar un punto inaugural pero quizás la zona originaria esté en 1913, más de un siglo atrás, con la proyección de Juan Moreira, un film dirigido por Mario Gallo con Enrique Muiño como protagonista. La literatura había narrado a este gaucho entre noviembre de 1879 y enero de 1880, tiempo en el que se fue publicando esta novela gauchesca de folletín en el diario La Patria Argentina. Su autor: Eduardo Gutiérrez. Un año después del film, en 1914 y ya como versión largometraje, Amalia de José Mármol llegó a la pantalla grande de la mano de Enrique García Velloso. Otra película de la época es Nobleza Gaucha, de Humberto Cairo, Eduardo Martínez de la Pera y Ernesto Gunche, año 1915, inspirada en el Martín Fierro de José Hernández. Todas estas, en silencio: cine mudo.

Se podría decir, entonces, que las primeras películas del cine argentino se apoyan en la literatura, la mejor base narrativa para, después, sobre las imágenes, proyectar historias. Quien lo entendió muy bien fue Leopoldo Torre Nilsson. Su primera película es de 1950, la dirigió junto a su padre: El crimen de Oribe, basada en el cuento El perjurio de la nieve de Adolfo Bioy Casares. Lo comprendió de forma tan cabal que hizo muchísimos films basadas en libros: Días de odio (1954), en el cuento Emma Zunz de Jorge Luis Borges; Graciela (1956), en Nada de Carmen Laforet; La caída (1959) y Fin de fiesta (1960) se basan en las novelas de Beatriz Guido —su escritora favorita a la hora de adaptar literatura; de hecho ella se encargó de hacer muchos de sus guiones—; Martín Fierro (1968) de Hernández; Los siete locos (1973), en la novela de Roberto Arlt. Estos son apenas unos ejemplos.

También ocurre el proceso inverso: libros que han sido adaptados a las pantallas en muchísimas ocasiones. El caso de Juan Moreira es muy ilustrativo: cinco veces. La homónima de Gallo y El último centauro: la epopeya del gaucho Juan Moreira (1923) de Enrique Queirolo son dos películas en blanco y negro y mudas. Luego, en 1936, Juan Moreira dirigida por Nelo Cosimi, y en 1948 por Luis José Moglia Barth. La quinta y última, la más conocida, la más emblemática, la dirigió Leonardo Favio y se estrenó en 1973. Es considerada un clásico y el papel protagónico, interpretado por Rodolfo Bebán, uno de los más recordados del cine argentino. 

Martín Fierro también es una obra muy adaptada: además de las dos ya mencionadas, hay una de 1923 dirigida por Rafael de los Llanos, una telenovela de 1967 emitida en Canal 7 con dirección de David Stivel y protagonizada por Federico Luppi, una película de 1974 dirigida por Enrique Dawi, una de 1989 coproducido entre Argentina, Colombia y Cuba con dirección de Fernando Láverde y la última, en 2007, animada, fue dirigida por Norman Ruiz y Liliana Romero y guionada por Horacio Grinberg y Roberto Fontanarrosa. En esta línea, la película basada en la novela de Gabriela Cabezón Cámara no es un simple ladrillo a la pila iniciada por Hernández. Se trata, por el contrario, de un verdadero aporte: más que un lado B, es una reinvención de la historia.

Siguiendo el tema de la gauchesca, tal vez el gran ideario narrativo nacional, es inevitable mencionar a La guerra gaucha, una película de 1942 que se convirtió en mucho más que un boom y mucho más que un clásico. Dirigida por Lucas Demare y protagonizada por Enrique Muiño —el Juan Moreira de 1913—, Francisco Petrone, Ángel Magaña y Amelia Bence, es una adaptación del libro homónimo que Leopoldo Lugones publicó en 1905. En el guión trabajaron Homero Manzi y Ulyses Petit de Murat

Pequeñas fascinaciones

¿Y con autores? Manuel Puig, que se formó en cine y escribió varios guiones cinematográficos, tuvo varias obras adaptadas. Boquitas pintadas llegó al cine de la mano de Leopoldo Torre Nilsson en 1974; El beso de la mujer araña la adaptó él mismo y se estrenó en 1985 bajo la dirección de Héctor Babenco; tres años después de su publicación, Pubis angelical llegó al cine en 1982 al mando de Raúl de la Torre con banda sonora de Charly García

Beatriz Guido y Leopoldo Torre Nilsson
Beatriz Guido y Leopoldo Torre Nilsson

Con Borges pasa algo similar pero disperso: sus textos suelen aparecer como ideas más que como adaptaciones. Los dos mejores ejemplos son Memento (2000) y El origen (2010), ambas de Christopher Nolan. Lo borgeano se cuela con cierta independencia. Eso da pie a excentricidades como la película del francés Maxime Martinot que estrenó el año pasado Tres cuentos de Borges donde, efectivamente, se trasladan a la pantalla El otro, El disco y El libro de arena. Aunque también están Hombre de la esquina rosada (1962) de René Múgica, Guerreros y cautivas (1990) de Edgardo Cozarinsky, El sur (1992) de Carlos Saura, la mencionada Días de odio de Torre Nilsson y La estrategia de la araña (1970) de Bernardo Bertolucci basada en el cuento El tema del traidor y del héroe que siguen, con mínimas variaciones, la historia original.

Con Cortázar también ocurre una fascinación. Hay por lo menos diez películas. Su amigo Manuel Antín hizo tres: La cifra impar, basada en Cartas a Mamá; Circe, adaptación de Circe en Bestiario, e Intimidad de los parques, adaptación de dos cuentos de Final del Juego, El ídolo de las cícladas y Continuidad de los parques. Después, por nombrar algunas, están Blow-up (1967) del italiano Michelangelo Antonioni basada en el cuento Las Babas del diablo, Weekend (1967) del francés Jean-Luc Godard sobre el cuento La autopista del sur y Juego Subterráneo (2005) del brasileño Roberto Gervitz sobre el cuento Manuscrito hallado en un bolsillo.

Otro adorado por los cineastas es Bioy Casares. Siete películas se realizaron sobre sus libros: la mencionada de Torre Nilsson de 1950 y otra de 1957, La guerra del cerdo. También El sueño de los héroes (1997) de Sergio Renán, Dormir al sol (2012) de Alejandro Chomski y Los que aman, odian (2017) de Alejandro Maci. Además, la novela La invención de Morel fue llevada al cine dos veces: el 1961 por el francés Alain Resnais y en 1974 por el italiano Emidio Greco.

Para cerrar con este apartado, porque la lista es larga, están dos de los escritores más leídos de la actualidad: Claudia Piñeiro y Eduardo Sacheri. De la primera, Marcelo Piñeyro hizo la película de Las viudas de los jueves en 2009, Miguel Cohan la de Betibú en 2014, Edgardo González Amer la de Tuya en 2015 y Nicolás Gil Lavedra la de Las grietas de Jara en 2018. De Sacheri, La pregunta de sus ojos (2005) que Juan José Campanella llevó al cine como El secreto de sus ojos obteniendo el Oscar a la mejor película extranjera en 2009. Además, Papeles en el viento (2005) de Juan Taratuto y La odisea de los giles (2019) de Sebastián Borensztein, basada en La noche de la usina.

Clásicos modernos ex literarios

Lo importante es la experiencia. La lectura —transformar las palabras que entran por la vista en un universo imaginario— es algo único, sin dudas. Pero abrir grandes los ojos y observar esa inteligente sucesión de escenas que muestran las películas y las series también tiene su intensa singularidad. 

En este sentido, hubo muchos casos en que la literatura pasó al formato audiovisual y se volvió un clásico filmado, dejando de lado aquel producto literario original. Como si fueran dos cosas distintas, ni una mejor que la otra, simplemente distintas. Un caso reciente es Zama, la novela de Antonio Di Benedetto de 1956 que Lucrecia Martel llevó al cine en 2017 con descomunal éxito, pero también con un millar de críticas, logrando eso que generan los buenos materiales: exaltación. 

De esos caso hay varios, y vale la pena mencionarlos: Plata quemada, la novela de Ricardo Piglia de 1997 que tres años después Marcelo Piñeyro la llevó a la pantalla grande; Una noche con Sabrina Love, la novela de Pedro Mairal que filmó Alejandro Agresti en el 2000.

El caso de la oscarizada El secreto de sus ojos aplica perfectamente, pero más todavía Los crímenes de Oxford, película estrenada en 2008, dirigida por Álex de la Iglesia con las actuaciones de John Hurt y Elijah Wood, basada en la novela de Guillermo Martínez Crímenes imperceptibles. Se podría incluir en este plano Flores robadas en los jardines de Quilmes, novela de Jorge Asís de 1980, película de Antonio Ottone de 1985; el mismo director que llevó al cine al año siguiente Los amores de Laurita, la novela de Ana María Shua.

Qué se gana y qué se pierde

El pasaje de un lenguaje a otro, el cambio de dispositivos, genera rispideces. No es un traspaso “limpio” en que la historia funciona de la misma manera. Por supuesto, cada destino tiene sus especificidades. Entonces, ¿qué se gana y qué se pierde? 

“Creo que la ficción audiovisual televisiva no es un mundo extraño del que los escritores tengamos que preservarnos”, asegura Germán Maggiori, y continúa: “Cuando la industria cambió y se jerarquizó, digamos a partir de series como Los Soprano o The Wire, el formato serie adquirió una dimensión artística equiparable en cierta medida a la que tuvo el cine en el siglo pasado, pero en al aspecto narrativo las series le deben más a la novela que al cine. Hay una cuestión de extensión, de largo aliento, de la historia y una presentación del formato, dividido en capítulos, cuya construcción está, creo, más cerca de la novela que del cine, de ahí también se explica la avidez de las productoras por buscar textos que adaptar”. 

“Entonces, volviendo a la pregunta, yo no creo que haya ni merma ni ganancia de lo literario en el pasaje de una novela al formato de una serie sino que más bien se trataría de una prolongación natural de su territorio. El asunto es, me parece, cuán eficaz termina siendo el pasaje, o cuánto de la eficacia narrativa y estética del texto original termina en el producto final; y en ese punto hay muchos factores que inciden a lo largo de la cadena de procesos que conlleva una realización de este tipo, y que involucra a todos los que participan del proyecto, guionistas, director, actores, productores. etcétera”, concluye.

Por su parte, Gabriela Cabezón Cámara sostiene que, cuando un libro llega a la pantalla, “pierde palabra, pasa a otra lengua y gana imagen, sonido, cuerpos pero creo que sobre todo lo que pasa es que lo que una novela tomada por el cine pasa a ser otra cosa, la obra de otra persona, quien dirige la película, y todo su equipo”. En ese sentido, lo interesante de este desmesurado puente entre cine y literatura es ver cómo la imaginación produce nuevas lecturas y novedosas resignificaciones de aquellas historias originales dejando algo en claro: al moldear esa materia santa que es el arte, todo es posible.

 

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