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Los imperdibles de Vancouver, una ciudad cosmopolita rodeada de naturaleza

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Vancouver ha sido votada varias veces como una de las diez mejores ciudades para vivir y nadie que la haya visitado dudaría por qué.

Con 700.000 habitantes, Vancouver es una mezcla perfecta entre una urbe moderna y pujante, una ciudad poblada por una sociedad cosmopolita, educada, de alto poder adquisitivo y rodeada de un escenario natural que parece mentira que pueda alzarse a metros de edificios de cristal y de tiendas de tendencia que convocan a las grandes marcas del mundo.

En el fondo de su horizonte resplandecen los picos siempre nevados de las montañas que contrastan con las aguas azules de la bahía, el paso obligado hacia el Inside Passage -la maravillosa maza de fiordos esculpidos por glaciares- y el marco para boscosas islas que los cruceros deben sortear en su paso hacia el Pacífico.

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Vancouver carece de un “centro” único. Son varios los lugares de la ciudad que podrían atribuirse esa condición. Pero no hay dudas que la zona alrededor de Pacific Centre es uno de ellos.

Las calles reflejan la educación de la sociedad: limpias, cuidadas, en donde se nota una evidente inclinación hacia la cultura verde, con sus bicisendas, sus troles eléctricos y su escaso bullicio.

El Waterfront con el Canada Trail, la terminal de cruceros y la marina de veleros que bordean un parque verde, es otra de las atracciones caminables de la ciudad. Porque si algo es Vancouver es eso: una ciudad para caminar.

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El terreno sobre el que la ciudad está construida contribuye a su belleza. Está lleno de subidas y bajadas, con calles serpenteantes, llenas de verde, con casas típicamente americanas en sus barrios suburbanos.

Vancouver tiene la segunda comunidad china de Norteamérica, después de la de San Francisco, con el típico Chinatown enmarcado por el arco tradicional que marca el ingreso a la comunidad en todas las grandes ciudades del mundo. Esa población china comenzó a llegar aquí en el siglo XIX convocada por la construcción del ferrocarril transcanada, que aún hoy sigue siendo un símbolo del país y que tiene en Vancouver un ícono en la Estación Central, muy cerca de Gastown.

Este vívido barrio de la ciudad es famoso por su reloj de vapor y por la variada cantidad de tiendas de recuerdos, galerías de arte, negocios de decoración, todo en un ambiente arquitectónicamente victoriano.

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También hay bares y restaurantes que sirven todo tipo de comidas, desde sándwiches hasta frutos de mar locales. Casi sin darnos cuenta y siguiendo la ruta de los negocios y los bistrós llegamos al barrio vecino de Eastside que es, en realidad, en donde se encuentra la estación de trenes y la nueva explosión de estudios de filmación que le valieron a Vancouver el título de la “Hollywood del Norte”.

La temperatura en verano no supera nunca los 24 grados, aunque en invierno hace frío y llueve mucho, sin mucha caída de nieve. La ciudad hace gala de su naturaleza cosmopolita en sus restaurantes y comidas: prácticamente un mosaico del mundo, con altísima calidad.

La gente es amable, solidaria y parece estar constantemente relajada, lejos de las tensiones que caracterizan a las urbes grandes.

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Se puede tomar una “water taxi” hasta una pequeña península conocida como Granville Island que cuenta con un muy popular mercado de verduras, frutas, carnes, pescados que traen los propios granjeros, carniceros y pescadores. Granola Island es conocida por su costado hippie y por su gastronomía que puede disfrutarse en Terra Breads, Lobster Man o Artisan Sake Maker.

El valor agregado de Vancouver es una íntima conexión con la naturaleza. En frente de la marina del Waterfront en donde decenas de veleros amarran (en algunos casos, la gente vive en ellos como en Sausalito, California) y casi sin advertir el cambio de escenario se alza un bosque denso, de árboles inmensos y añosos, en muchos tramos impenetrable.

Es el Stanley Park que tapa completamente la vista de la ciudad. Una vez en él uno podría creer que la población más cercana está a cientos de kilómetros y no solo a unas cuantas cuadras. El lugar es un paraíso para hikers y para ciclistas porque hay cientos de senderos para explorar y, en algunos claros, se tienen vistas de la bahía –con la ciudad de fondo- completamente increíbles.

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En medio del parque, la Tea House es un excelente restaurante y también, como su nombre lo indica, una exquisita casa de té para tomar algo caliente en medio de un ambiente que solo agrega perfección al momento.

Un poco más adelante y en otro claro del bosque, hay un lugar donde se alzan los famosos tótems que distinguen las tribus originarias del país y al lado, un tienda para comprar recuerdos.

El camino sigue, siempre entre árboles tremendos hasta cruzar una vista panorámica del Lions Gate Bridge, un puente colgante, estilo Golden Gate, y que une Vancouver tanto con North Vancouver como con West Vancouver a través del Burrard Inlet.

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Desde Prospect Point, donde también hay un lugar para parar y comprar recuerdos, se tiene una vista impresionante de todo el “inlet”, del puente y de la zona norte y oeste de la ciudad.

Tan suave y repentinamente como entramos a este bosque increíble salimos de él y volvemos a conectarnos con la urbe moderna, siempre preparada para sorprendernos, con una imagen, con un gesto, con un toque de distinción, con un regalo para la vista y para el alma.

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