Centro de Informes

Los sicarios del Congreso no encontraron al Estado

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

“El Estado es estar” reza el slogan con el que el gobierno nacional intenta comunicar los logros keynesianos de su labor desarrollista en obra pública. “Estado es aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio, reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima” diría Max Weber, un tanto más sabio que los comunicadores de Marcos Peña.
Desde este espacio ya hemos señalado en más de una ocasión que lo que caracteriza al Estado es la capacidad de ejercer la fuerza de manera legítima. Ahora no es el momento de detenerse a analizar esa afirmación en profundidad, pero lo que nos hace recordarla tiene que ver con el episodio registrado ayer en inmediaciones del Congreso Nacional, en el que atentaron contra la vida de un diputado y su acompañante.
Los peritos se encargarán de determinar a quién iba dirigido el ataque, pero las imágenes del video de seguridad que se conocieron a las pocas horas del suceso dejan más o menos en claro que las balas buscaban acabar con la vida de Miguel Yaldón, asesor del diputado Héctor Olivares, y triunfaron en el intento.
Lo que también se puede ver en ese video es que los atacantes permanecen en la escena del crimen por un minuto y medio. Quizás pueda parecer poco tiempo, pero siempre hay que poner las cosas en contexto: diez balas fueron disparadas en pleno centro porteño y a pocos metros del Congreso de la Nación, el espacio en el que se hacen las leyes y donde se concentra gran parte de la actividad política del país (con casi 330 legisladores).
Después, uno de los atacantes abandona el lugar a pie y el otro (luego se conocería que eran dos) se lleva el auto. Entre confusiones y pistas erradas, descubren que el vehículo estaba estacionado en un garaje a solo cuatro cuadras del lugar de los hechos. Un par de horas perdidas porque a nadie se le ocurrió seguir una trayectoria de cinco minutos con las más de 3000 cámaras que tiene la ciudad.
Imaginemos por un momento que se tratara de un ataque terrorista, sin importar la motivación. En poco menos de diez minutos, en una ciudad saturada de cámaras, capital del estado y sede del gobierno, tres sujetos desaparecen como por arte de magia (o sin vueltas, por falta de preparación).
Todo eso pasó en un par de horas, en las que se habló de violencia política setentista, se especuló con la acción legislativa de Olivares o se postularon complejas motivaciones oscuras de los servicios de inteligencia.
El piquetero Luis D’Elía, por ejemplo, arriesgó una extraña teoría, según la cual esto había ocurrido para opacar la presentación del libro de Cristina Kirchner. Insólito pensar que ese libelo pueda valer una vida. Además, y parafraseando el dicho, piensa el conspirador que todos son de su condición.
Victoria Donda tuiteó sobre la violencia política en espacios en los que debería reinar la democracia. Las respuestas son irreproducibles, pero todas haciendo referencia a la defensa encarnizada que la diputada y sus compañeros han esbozado respecto a las actividades de sus padres y quienes -como ellos- tomaron las armas.
Finalmente, todo parece resumirse en internas de poder, negociados oscuros y pases de factura que poco tienen que ver con la actividad política y partidaria del diputado Olivares, el gobierno y la oposición.
Mucho se habló del ambicioso plan de identificación biométrica que quieren implementar en la ciudad de Buenos Aires y la forma en la que se puede violar la privacidad de las personas. La mala gestión de la tecnología que ya está instalada es una muestra clara de que el hilo se corta por lo más delgado: nadie monitoreó adecuadamente las cámaras (una excusa que oculta que tampoco había policías cerca).
La libertad con la que se movieron los sicarios, el hecho de que permanezcan prófugos y el desconcierto con el que se movieron las fuerzas de seguridad -que desataron todas esas opiniones y teorías sobre el episodio- demuestran que el Estado no cumplió con las expectativas de Weber ni con las del publicista: el Estado no estaba, ni para mirar, ni para obligar.

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