Centro de Informes

Miguel Angel Estrella: “Atahualpa Yupanqui les decía a mis viejos que yo había nacido para hacer música”

Video: Miguel Ángel Estrella, el excepcional pianista que estuvo 22 meses secuestrado y fue torturado durante la dictadura

Caía la tarde otoñal, cuando desde algún pasaje de Flores una pieza de Johann Sebastian Bach sonaba en un piano. Era perfecta. A mitad de cuadra, una puerta se abrió. De ella nacía una escalera que llevó hacia el lugar del que provenía la melodía: eran las manos del maestro Estrella las que despuntaban las teclas del piano de cola.

Del otro lado, lateral al piano en la otra esquina de la sala, un cuadro con la foto gastada de Eva Duarte fue testigo de la entrevista. Ella es la elegida que atestigua cada evento que acontece en ese piso, el espacio en el que desde hace décadas el maestro crea, compone, repasa, arregla… Donde vive la vida de músico, pero también donde cada tanto regresa a sus recuerdos colgados en una pared.

Al final de la entrevista, Estrella mostrará sin mezquindad los rostros de las personas que más amó en su vida y de quienes tanto le enseñaron: su mujer, sus padres y su gran maestra Nadia Boulanger (la misma que enseñó a Astor Piazzolla).

Mate en la mano, el maestro abre la charla con el triste recuerdo de los años negros de su vida que cada tanto lo harán perder la mirada: el secuestro y las torturas.

“A mi me secuestraron en Uruguay y era uno de los candidatos a entrar a la ESMA porque a otro compañeros los trajeron”, cuenta y anticipa lo que sigue cuando traga saliva.

“A mí me salvó ser conocido y que inmediatamente que desaparecí empezaron a crearse filiales para liberarme… En Europa, en Estados Unidos, en América Latina… Y la reina Isabel II de Inglaterra, que me conocía como pianista, mandó un teclado, este que tengo ahí —lo señala con la cabeza— , pero ella hizo gestiones para mandarme un piano de cola, a la cárcel, diciendo ‘¡Un pianista así no puede vivir sin un piano!’, y le contestaron que no, que las celdas eran muy estrechas, que ni loco podía entrar un piano de cola… ¡Claro, les molestaba! ¡Como era la Reina de Inglaterra…!”.

¿Qué pasó durante su secuestro?

—Estábamos todos desnudos, hombres y mujeres; y mi relación con el mundo eran mis oídos. Entonces, cuando a las chicas las violaban, mi condición de músico me llevaba a que cuando las oía gritar diciendo ¡Basta, basta de violarme! ¡Basta, basta! y yo me conmovía, escuchaba y decía: “Ella es contralto, un barítono, varios barítonos…” Conté, por esas voces, que éramos veinticinco, pero a los pocos días éramos 18, después 13 y después quedamos nada más que cuatro, que eran los que vivían conmigo. En total habíamos una treintena secuestrados… Tenía al lado, pero no lo veía ni lo conocía tampoco personalmente, a Jaime Dri. Estábamos colgados los dos y yo rezaba a los gritos cuando me torturaban y, de pronto, una voz muy cercana a mi, al lado prácticamente de otro colgado era Jaime; supe que era él. Yo sólo lo conocía de nombre porque era de las filas del cristianismo de izquierda. “¡Soy Jaime Dri, diputado nacional! ¡No me pueden hacer esto!”. Estábamos en Uruguay. A él se lo llevaron a Asunción, porque militaba mucho en Paraguay, y querían que marcara gente, cosa que no hizo, pero lo llevaron. ¡Nunca me olvidé de ese Jaime Dri! Y después nos conocimos en un Encuentro Latinoamericano, en México. Él me seguía bastante por lo que yo hacía.

¿Quiénes fueron sus torturadores?

—Conté dos varones y dos mujeres. A mí me tocó una mujer que se encarnizó con mi sexo, me ponía electricidad, ¡pero era una brutalidad de mujer! Y había una voz, que era la que interrogaba. Después supe que era el Coronel (José Nino) Gavazzo, ese tipo… A los cuatro días se sabía que había comités por mí liberación en todos lados y la aparición de un emisario de la Reina de Inglaterra, gente así de la aristocracia que me defendían como pianista… Entonces un día el tipo éste me dice: “¡Hijo de puta! ¡Hace seis días que te estamos dando y no das ningún dato ni un nombre, nada, nada! ¡No te podemos matar!…” No, primero me dijo: “¡Te vamos a hacer lo que le hicimos al zurdo Víctor Jara, en Chile! ¡Te vamos a cortar las manos y después te vamos a matar!” Yo rezaba los gritos y le hablaba al barbudo de arriba. Decía: “¡Padre, mis manos no! ¡Mis manos son mi vida!”— su mirada se pierde—. Me acuerdo las palabras textuales, pero yo aguantaba, no le daba datos de nada. Nunca me tentó. Fue una bendición eso, digamos. Conocí otros compañeros que contaron todo lo que hacían, dieron nombres, no lo reprocho porque eran situaciones límites. Pasados ocho, nueve días me dice: “¿Seguís sin hablar, hijo de puta?”… Bueno, recuerdos del pasado, pero yo estoy intocado, es decir, la tortura, todo eso, y la prisión posterior que duró 22 meses, poco más de 2 años, pero también sentía que iba a vivir.

—¿Llegó a sentir que lo iban a matar? 

—Yo creo que alguien me ayudaba, capaz que mi mujer, que murió joven, y también mi fe cristiana. Creo que me daba fuerzas eso… Los psiquiatras que dirigían ese penal militar volvieron locos a muchos compañeros y a mí me tocó mucho hacer guardias de enfermos, compañeros que perdieron la razón por la tortura y toda esa máquina de destruir… Y me cambiaban de celda con mucha frecuencia, dos meses con un trosko, un mes con un anarquista, un mes con un comunista… Así.

La vida de Miguel Ángel Estrella

Miguel Ángel Estrella nació el 4 de julio de 1940 en la ciudad de Tucumán y fue criado en Vinará, provincia de Santiago del Estero. De niño despertó su pasión por la música y por el peronismo. Es un enamorado de Eva Duarte, mujer a la que conoció siendo un niño y a la que no pasa un día sin mirar.

“Yo estaba en tercer grado y ella iba a inaugurar un hogar escuela y fui advertido que un petiso como yo estaba también muy hechizado por Evita, ¡nos decían ‘los dos evitos‘! Ella pasó radiante en un auto descapotado con una sonrisa de esas terribles que tenía y a nosotros se nos ponía la piel de gallina. En un momento se para el auto en el local que ya iba a inaugurar que era un hogar escuela y nos dicen por micrófono: ‘¡Niños, vuelvan a sus casas, el acto ha terminado!… ¡Para nosotros comenzaba!'”, recuerda con una sonrisa pícara.

Video: El amor de Miguel Ángel Estrella por Evita

El niño obnubilado siguió a la mujer cuya voz aún tiene grabada e imita cuando recuerda el diálogo con ella. Junto a su ocasional compañero de aventuras, la siguieron y terminaron pasando un rato con quien había llegado para inaugurar un amplio hogar para niños.

“Cuando yo le agarré le agarré de la falda, me dijo: ‘¡Me voy a matar trabajando para que cada uno de ustedes puede elegir su destino!’
Después habló sobre los oligarcas, de los vendepatrias, todo eso… Yo me acuerdo, es decir cuando lo leo a Perón encuentro cosas que ella decía”.

Ese recuerdo, indudablemente, lo marcó para siempre

—¡De eso no te olvidás nunca más! Después había una mesa con cosas muy ricas y miró a las mujeres que custodiaban la mesa y les dijo: “¡Chicas, están todas muy gorditas! ¡Vayan chicos! ¡Arrasen!” ¡Y la limpiamos!

Miguel Ángel se hizo peronista, aún cuando su familia era de pensamiento contrario. Más tarde contará que cuando llegó el momento de estudiar piano, su padre se negaba a que accediera a una beca del Estado y que sentía vergüenza por la ideología política de su hijo.

Esos recuerdos le roban sonrisas y una vez más vuelve a su infancia.

Video: Los recuerdos de su infancia

La primera infancia la pasamos en un caserío quechua, en Santiago del Estero, de donde era ella. Ella nació en este lugar y hablaba un poco el quecha, pero su mundo era la poesía y nos educaba recitando”, dice Miguel Ángel al recordar a su madre.

Pero ella no fue la única mujer que lo marcó: “Después hay otro personaje femenino que era mi abuela Pepa, que era una suerte de santa… ¡brava! Entonces nos hacía rezar todos los días un rosario, todos los días ahí en ese caserío. A ella la tenían como santa, es decir, todo el mundo cuando tenía hijos quería que ella fuera la madrina, era una mujer imponente mi abuela.

Y fue su abuela quien cuando Miguel Ángel tenía 5 años anticipó que el niño que trepaba árboles y en lo más alto se ponía a cantar, iba a ser músico. “‘Ya veo que vos vas a ser músico’, me dijo mi abuela y le pregunté por qué. ‘Porque ni bien podés te trepás arriba de los árboles y empezás a cantar a voz en cuello. Sabés que eso te acerca a Dios porque la música es mucho más fuerte que la palabra. Va directamente a Él, no pasa por nadie más, va a Él. ¡Cuando vos cantás le estás cantando…!’ ¡Pero mirá lo que ella vio cuando yo tenía 5 años!”.

Su relación con Atahualpa Yupanqui

“Fue un hombre muy importante en mi vida, yo lo considero uno de mis maestros en la vida y además la pasión que tenía por Bach”, resume Estrella sobre la relación que lo unió a Yupanqui a quien cariñosamente le decía Tata.

“Atahualpa iba mucho a casa porque era muy amigo de mis viejos y con mis hermanos le decíamos Tata y las chicas, las novias que teníamos, adoptaron a ese personaje fabuloso por las cosas que contaba y su manera de tocar también la guitarra. Fuimos amigos toda la vida, hasta que se murió”, recuerda.

Gracias a Atahualpa, Estrella conoció a una pianista con la que comenzó a aprender de sonidos, armonías y poco a poco descubrió la habilidad de sus oídos.

“Una de sus amantes (de Yupanqui) vivió en casa mucho tiempo y era pianista, y la veía tocar en casa y cuando se levantaba yo podía reproducir lo que había oído y Atahualpa les decía a mis viejos: ‘¡Este chico nació para esto!’, para ser músico. Entonces eran tiempos florecientes para la música en Tucumán y además yo estudiaba en un colegio donde se podía hablar de (Augusto) Sandino, por ejemplo”, reflexiona.

Para entonces, en Tucumán se creó una orquesta, que era considerada la mejor orquesta de América Latina, y eso había generado “una fiebre musical en la ciudad”, revela.

“Entonces mi viejo me lleva al primer concierto sinfónico de mi vida, yo tenía 11 años, y la dirigía Carlos Chilario, un italo-argentino, maravilloso director, y a mí me caían las lágrimas de escuchar esa música. Un día mi vieja haciendo compras en el centro de Tucumán lo ve pasar en bicicleta a Chilario y le dice. ‘¡Maestro! Yo tengo un chico que parece que tiene muchas condiciones para la música y toca el piano también’. ‘Ay, éstas mamás que creen que tienen Mozart en la casa! ¡Usted debe ser la número 60!’, le responde a mi vieja. ‘A mí me gustaría que usted me dé una idea con él’, dice ella y él responde: ‘Bueno llévemelo a la escuela de música’. Y me llevó.

En la escuela, el niño de 11 años hizo lo suyo: tocó Para Elisa, de Beethoven en el piano, pero no sorprendió al músico. Admitió que estaba bien, sin embargo juntos descubrieron el gran don de Estrella.

“Me dice ‘Quédate ahí en ese piano y él se sentó en otro piano’ y tocó una nota y me dice que la reproduzca y después otra… Y yo tenía oído absoluto sin saberlo. Dice: ‘Buena oreja, eh’. Después empezó hacer armonías y terminamos improvisando. La llama mi vieja y le dice: ‘Mire este chico nació para ser músico'”.

Por consejo del hombre, Estrella debía buscar un maestro que estuviera a la altura de su don y lo aconsejado era llegar a Buenos Aires, pero a esa joven edad sus padres no lo mandarían solo a la ciudad. La propuesta fue que terminara el bachiller mientras la familia juntaba dinero para costear sus estudios, lo que equivaldría a una beca familiar. El compromiso era que a los 18 años viajara por sus sueños.

“Llegó ese momento, yo tenía 18 años, mi vieja vino para Buenos Aires a buscarme maestro y encontró al maestro ideal, esa cosa de madre. Oyó hablar de un joven compositor que tocaba muy bien el piano, Adolfo Mindlin, que fue mi primer maestro acá. Trabajé con él dos años después vino la colimba, no me podía salvar de la colimba, pero ahí también armé un conjunto folklórico en el que yo era el pianista”, sonríe.

Por recomendación de ese maestro conoce a Celia, una mujer por la que sintió gran admiración. Junto a ella estudiaba los secretos del pentagrama y se volcó casi de lleno a Bach, a quien toca cada una de sus mañanas.

Los recuerdos de su familia

Miguel Angel creció en medio de poemas, temprano sintió curiosidad por la música y el folclore, y cuando descubrió los sonidos del piano no tuvo vuelta atrás. Supo, y fue apoyado por su familia, que la música era su destino.

¿Cómo eran sus padres?

—Mi papá era un poeta, era un hombre árabe profundamente sensual y enamoradizo, todas las mujeres le gustaban; y mi vieja era una mujer pasional, pero de otro modo, tenía una cierta coquetería y la sensualidad de fondo, pero no vivía para las modas, su mundo era la poesía, por eso se enamoró de mi viejo, le gustaba tener un poeta todos los días y recitar también las cosas que escribía mi viejo, pero su mundo era Rubén Darío, un romántico, y Asunción Silva. En realidad era una actriz frustrada, pero en el caserío ese que yo te hablaba hace rato, llegó a crear un grupo de teatro con los indígenas, una cosa fantástica. Creó la primera biblioteca de ese caserío que sigue vivo hoy, es la casa de Música Esperanza, que yo heredé, esa casa enorme, sencilla pero grande que fue la casa donde nació mi vieja, donde mi abuela parió a los 15 hijos que parió.

¿Qué otras personas influyeron en su vida?

—Hay 3 personas de las cuales 2 son mujeres que me plasmaron dos lecturas diferentes de la música. Una fue Celia y otra Nadia Boulanger que fue mi maestra en Francia, fue una extraordinaria mujer.

Boulanger fue la misma compositora que leyó las partituras de Astor Piazzolla en Francia y le dijo que la composición técnica era perfecta, pero que allí no encontraba a Astor. Así de sincera era. Y así, el propio Piazzolla descubrió sus sonidos internos.

Estrella es peronista de raíz, lee los escritos que dejaron Evita y Juan Domingo Perón, y expresa abiertamente su pensamiento con el gobierno de Mauricio Macri y del PRO.

En año electoral ¿que desea que suceda en Argentina?

—Que venga algo serio, algo serio. La Argentina tiene políticos, artistas lúcidos ¡no sé por qué caímos en esto! Porque Macri siempre fue una cosa tan ligada al dinero y a la corrupción, y a las ínfulas de llegar a ser presidente de la Argentina, era una cosa totalmente inmerecida, según analizó yo, y creo que hay una mayoría muy grande en la Argentina que piensa lo mismo. Porque esto no es hacer política es hacer negocios, es decir ellos hablan tanto a la conducción cristinista, ellos son muy diestros y vinieron para hacer lo que están haciendo, es decir ¡la negrada, por favor no! O sea, no creo que sea casual que a la semana de asumir en la Secretaría de Cultura deciden que la Villa 31 no es más de una ONG ni del pianista que yo soy. No tienen escrúpulos, digamos. Cuando yo le escribí a (Horacio Rodríguez) Larreta ni siquiera me contestó, es decir no existe el otro… Yo soy un cristiano de izquierda y claro el peronismo me enamoró mucho, vi a Evita por las cosas que hacía por los niños y cómo yo interpretaba el coraje de esa mujer, de dónde ella venía y llegar a la cumbre, a llegar a ser una de las mujeres más amadas por los argentinos.

“Yo soy un cristiano de izquierda y claro el peronismo me enamoró mucho”

Apesadumbrado por el presente del país que tanto ama, Estrella cuenta que su pasión por la ideología es parte de su ser: “Esa identidad fue muy de chico ese amor por ella me llevó naturalmente al peronismo y a mi viejo le da vergüenza tener un hijo peronista, pero se la tenía que bancar y en una época muy difícil la que ellos vivieron conmigo”.

Al terminar la entrevista, Estrella muestra sus recuerdos y vuelve al piano. Se sienta y otra vez Bach, parece que sale solo de sus manos, volvió a sonar.

Oirlo a tres pasos de distancia y verlo tan de cerca emociona porque inevitablemente regresan sus palabras del inicio. “Me amenazaron con cortarme las manos”… Y esas manos sobre las teclas gastadas de ese piano son lo más parecido a un milagro.

Seguí leyendo: Amelita Baltar y los 50 años de Balada para un loco: “Decían que era un tema ‘oligarca’y por eso nos chiflaron en el estreno”

Liliana Herrero: “Cantar es parte de una memoria personal y colectiva”

Seguinos y Contactanos

Tus comentarios son fudamentales, intentamos permanentemente mejorar tu experiencia en el sitio.