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Fotos. Las enmarcadas en las paredes, álbumes con imágenes de músicos, casamiento cincuenta y nueve años atrás, automóviles, familia. Son imágenes que ambientan la charla con el acordeonista Natalio Zuber en su hogar, compartido con Parma María Ruta. Santafecinos, ambos recibieron su reconocimiento como antiguos pobladores.

Nacido “en el campo, una población pequeña en Santa Fe que se llama Las Tunas, ahí nos criamos con mis hermanos María del Carmen y Abelardo”, junto a los padres Alejandro y María Catalina Walker, “hasta que mi padre decidió vender el campo en 1946 porque quería que nos dedicáramos a otra cosa. Yo elegí la música mucho antes, cuando tenía unos seis años”.

Una vez en San Jerónimo Norte, a los 16 llegaron las clases con un profesor. “Así fue mi comienzo. Estudié unos dos años hasta que más o menos me defendía con un conjuntito para actuar en la zona. Más tarde dirigí El Gambino y luego integré la orquesta Donaire. Me tocó el servicio militar y tuve que anular el asunto de la música un año”, relata.

“Cuando volví, fue con mi propia orquesta, hasta que llegó un telegrama pidiendo músico para Bariloche. Estoy acá desde el 12 de diciembre de 1956 contratado por el dueño de la confitería El Palenque. Tenía que empezar el 13 pero como era supersticioso pedí que fuera el 14 y me dieron el primer franco antes de empezar”, recuerda riendo.

Entonces compartía escenario con Tony Barba (saxo), Tito Chávez (batería) y Walter Saione (piano). “Éramos los efectivos, después fueron agregándose algunos músicos. Ahí estuve más o menos tres años, también en lo de Rivas en la Onelli, en la confitería Slalom, arriba de Casa Valles, dos meses en el Hotel Catedral. Esas son algunas de las actuaciones que solía hacer”, expresa.

Recuerdos

“Hubo tiempos de vacas flacas y entonces con mi hermano Abelardo íbamos a tocar a Pilcaniyeu, Comallo o El Bolsón. Él falleció hace dos años, fue taxista famoso acá”.

Nacido el 20 de mayo de 1930, Natalio dice sentirse “solitario. Voy al centro y no encuentro conocidos. De mi camada, fallecieron casi todos; hace poquito, Rodolfo García, un bandoneonista que llegó a los 98 años.

“Qué historia…”, dice pensativo. “Antes más o menos teníamos trabajo. Ahora hay músicos, como Rubén Hidalgo, a los que contratan de casualidad. Ya no hay músicos estables en las confiterías. Yo estoy hace quince años en la esquina de la Familia Weiss los lunes, miércoles y viernes de 21 a 22:30. Me gustaría tocar con otros músicos, pero con 87 años no estoy para quedarme hasta las 4 de la mañana”.

Hay “un cambio total del público turista, ahora hay muchos grupos y jóvenes. Los boliches empezaron en el 65 o los 70 en la avenida San Martín, se llamaba El Gringo y estaba de moda Miriam Makeba con el Pata Pata. Ahí empezó la reproducción de música grabada y fue perdiéndose el trabajo de músicos en vivo. Así fue cambiando, imaginate ahora…”, desliza.


Fuente: Espectáculos – Río Negro

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