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Un pequeño paso para las astronautas en órbita requiere de un gran salto en la Tierra

La astronauta Cady Coleman en entrenamiento en el Laboratorio de Flotabilidad Neutral de la NASA, en 2010 NASA

Este año que se conmemora el quincuagésimo aniversario del alunizaje de la misión Apolo 11, la NASA lanzó Artemisa, programa que pretende “regresar a los astronautas a la superficie lunar para 2024, entre ellas la primera mujer y el siguiente hombre”.

Habrá grandes obstáculos para quienes participen en el proyecto, pero la mujer que resulte la primera tendrá retos adicionales sencillamente por el hecho de que todo lo que tiene que ver con el espacio en Estados Unidos carga con el legado de Apolo. Y ese programa fue diseñado por y para hombres.

No deliberadamente para hombres, tal vez, pero a las mujeres no se les permitió ser parte del programa de astronautas sino hasta finales de los años setenta y ninguna voló en condiciones reales hasta 1983, cuando Sally Ride se volvió la primera estadounidense en el espacio. Para entonces, el programa espacial ya había sido construido a partir del cuerpo de los varones.

Si no reconocemos que había un sesgo en los inicios del programa espacial, nos será difícil hacer avances para revertirlo. Una de las cuestiones más interesantes de la NASA es su manera de pensar los fracasos: no son castigados, sino valuados, porque presentan una oportunidad de aprendizaje para salvar vidas o recursos en el futuro. Bobak Ferdowski, ingeniero de sistemas del Laboratorio de Propulsión a Reacción (JPL), alguna vez dijo: “Nuestros mejores errores son aquellos de los que podemos aprender”.

Entonces, ¿qué lecciones nos dejan los errores de la NASA por los cuales las astronautas se quedaron en tierra en la era de Apolo?

La más reciente data de abril, cuando la NASA tenía programada una caminata espacial que, casi por accidente, iban a realizar dos astronautas mujeres. La agencia tuvo que hacer cambios porque solamente había un traje espacial que fuera del tamaño correcto para el uso de las dos mujeres.

Esto no es para condenar a la NASA de 2019, pero es muestra de una cadena causal que empezó con el programa de Apolo y que aún se siente hoy en las selecciones de personal.

La ingeniera de vuelo Christina Koch, a bordo de la Estación Espacial Internacional. En marzo iba a estar en la primera caminata espacial de dos mujeres, pero no pudo participar debido a su traje. NASA vía Associated Press
La ingeniera de vuelo Christina Koch, a bordo de la Estación Espacial Internacional. En marzo iba a estar en la primera caminata espacial de dos mujeres, pero no pudo participar debido a su traje. NASA vía Associated Press

Los trajes, llamados unidad de movilidad extravehicular, fueron diseñados hace más de cuarenta años a partir de los trajes diseñados para las misiones de Apolo, en un momento en el que todos los astronautas estadounidenses eran varones. Solamente cuatro de los dieciocho trajes todavía tienen una clasificación de aptos para volar y esos cuatro están en la Estación Espacial Internacional.

En un inicio, NASA planeaba tener trajes de tamaño extrachico, pequeño, mediano, grande y extragrande. Por razones presupuestales, se abandonaron los planes para los extrachicos, pequeños y extragrandes. Sin embargo, muchos de los astronautas varones no cabían en los trajes grandes, así que sí se fabricaron los extragrandes. Los trajes chicos, no.

Cady Coleman, astronauta que ha volado en dos trasbordadores y ha ido hasta la Estación Espacial Internacional, mide 1,62 metros; es, hasta la fecha, la persona de menor altura en hacer una caminata espacial. Cuando estaba capacitándose para ello, en el Laboratorio de Flotabilidad Neutral de la NASA, tuvo que improvisar para rellenar todo el espacio de sobra dentro de su traje.

Dentro del traje, además, los astronautas usan las prendas de ventilación y de refrigeración líquida. Las prendas son como ropa interior larga cubierta por varios metros de tubos. De ahí se mueve agua para que los astronautas estabilicen su temperatura corporal. Los hombres y las mujeres usan la misma prenda a pesar de que biológicamente tenemos distintos patrones de transpiración.

Los hombres sudan más que las mujeres entre quienes tienen un estado físico comparable; las zonas donde más transpiran los hombres son partes corporales distintas de las de las mujeres. Es decir: hay necesidades distintas para la vestimenta que ayuda a mantener la temperatura del cuerpo de los y las astronautas.

Es algo que ya sabemos en temas como los termostatos y el aire acondicionado en oficinas: en varios casos se ponen a temperaturas más bajas, que son tolerables para los hombres mientras que a las mujeres les parece muy frío.

La astronauta Eileen Marie Collins hace simulacros en cabo Cañaveral, Florida, en 1997. NASA
La astronauta Eileen Marie Collins hace simulacros en cabo Cañaveral, Florida, en 1997. NASA

A las mujeres se les pide hacer concesiones de cosas que parecerían pequeñas solo para que puedan participar. Y cada vez que hacemos eso perpetuamos la situación hacia el futuro.

Vale la pena recordar la década de 1950, cuando parecía que a las mujeres iban a ser incluidas en el programa espacial estadounidense inicial.

En los años cincuenta, antes de que alguien siquiera llegara al espacio, el experto en medicina aeroespacial Randolph Lovelace se preguntó qué tal les iría a las mujeres. Había diseñado las pruebas para astronautas del programa Mercury e incluyó a diecinueve mujeres para que hicieran la primera ronda de exámenes; trece los aprobaron. De hecho, Lovelace descubrió con las “primeras damas astronautas en entrenamiento” que a las mujeres podría irles mejor que a los hombres en el espacio.

Eran más pequeñas, lo que reduciría el peso de la bodega de carga. Mostraban una salud cardiovascular mejor y un menor consumo de oxígeno. Además, toleraban mejor la fuerza centrífuga y tenían mejores resultados que los hombres en las pruebas de manejo del estrés y del aislamiento. (Una de las mujeres de Mercury era madre de ocho hijos; me imagino que revisó estas pruebas y, en comparación con su experiencia, pensó: “¿Y esto cuándo se va a poner difícil?”).

Las candidatas al programa de trasbordadores de la NASA: Rhea Seddon, Kathryn D. Sullivan, Judith A. Resnik, Sally K. Ride, Anna L. Fisher y Shannon W. Lucid, en 1979 NASA
Las candidatas al programa de trasbordadores de la NASA: Rhea Seddon, Kathryn D. Sullivan, Judith A. Resnik, Sally K. Ride, Anna L. Fisher y Shannon W. Lucid, en 1979 NASA

A pesar de ello, se puso fin a las pruebas. Las mujeres, después apodadas las Mercury 13 (las trece de las cápsulas Mercury), fueron ante el congreso estadounidense para intentar revertir la decisión pero, para entonces, Estados Unidos ya estaba en la carrera a la Luna. La idea de enviar a una mujer al espacio fue considerada una distracción, en parte porque la Unión Soviética ya lo había hecho con Valentina Tereshkova, en lo que muchos menospreciaron como tan solo un truco publicitario.

La decisión contra las Mercury 13 significó que, para 1962, ya era una política de la NASA no capacitar a mujeres, como lo dijo un funcionario de la agencia especial en una carta a una joven que dijo estar interesada en ser astronauta. “No tenemos planes por el momento de darles empleos a mujeres en vuelos espaciales por los niveles requeridos de entrenamiento científico y de vuelo, así como las características físicas necesarias”.

La aviadora Jerry Cobb en 1961. Fue parte de las Mercury 13, mujeres que recibieron capacitación de vuelo hasta que se decidió que ya no participarían. NASA
La aviadora Jerry Cobb en 1961. Fue parte de las Mercury 13, mujeres que recibieron capacitación de vuelo hasta que se decidió que ya no participarían. NASA

A los ojos modernos, esa declaración es claramente sesgada.

Durante el proyecto Mercury, a los astronautas no se les exigía tener entrenamiento científico: necesitaban tan solo una licenciatura o un grado equivalente. John Glenn (el primer estadounidense en orbitar la Luna) ni siquiera se graduó de la universidad.

Ahora, respecto al entrenamiento de vuelo: para el proyecto Mercury los astronautas necesitaban ser graduados de un colegio de pilotos, con un mínimo de 1500 horas de vuelo, y tener la calificación de piloto de jet.

Era un requisito lógico porque se trataba de aeronaves experimentales y los pilotos de enfrentamiento ya tenían la experiencia de tomar notas de todo lo que sucede y dar reportes al respecto. Claro que en ese entonces los únicos colegios de pilotos eran militares y no aceptaban a las mujeres reclutas.

Kari Love, experta en robótica y exdiseñadora de trajes espaciales, una vez me dijo: “Podemos mirar atrás y lograr entender por qué nadie del ámbito aeroespacial reparó en las mujeres, pero a estas alturas estamos frente a un riesgo total de que esa omisión se mantenga para la era de vuelos espaciales comerciales”.

La astronauta Sunita Williams sale de un compartimento de la Estación Espacial Internacional en 2012. Williams es parte del equipo de viajes comerciales de la NASA. NASA
La astronauta Sunita Williams sale de un compartimento de la Estación Espacial Internacional en 2012. Williams es parte del equipo de viajes comerciales de la NASA. NASA

Los diseños de la aeronave y la plataforma lunar de las misiones Artemisa, si no se toma conciencia, reproducirán selecciones de diseño de la era Apolo, cuando solo había astronautas varones.

El espacio entre peldaños de las escaleras será pensado para optimizar únicamente la distancia requerida por un varón promedio. La empuñadura del taladro inalámbrico que se usa en el espacio está pensada para la mano de los hombres.

Y luego hay cuestiones que todavía ni siquiera podemos contestar por la falta de datos.

Desde 1961, cuando Yuri Gagarin se volvió el primer hombre en llegar al espacio, más de quinientas personas han hecho ese viaje; 64 han sido mujeres. Se sabe que los astronautas reciben una mayor radiación cuando están en el espacio. Según estudios, en la Tierra la radiación puede afectar a las mujeres diez veces más que a los hombres. ¿Sucede lo mismo en el espacio?

Al repasar los cincuenta años del hito de la misión Apolo y ahora que nos movemos hacia Artemisa, es importante examinar los sesgos iniciales del programa espacial para que los errores sean aquellos de los que se puede aprender. Si queremos que una mujer llegue por primera vez a la Luna debemos asegurarnos de que lo haga con herramientas que se desarrollaron tomándola en cuenta. Eliminar el legado de los sesgos previos es tan solo un pequeño primer paso para que se pueda dar un gran salto.

Mary Robinette Kowal, ganadora del permio Hugo a obras de ciencia ficción y fantasía, es autora de las series The Glamourist Histories, de Ghost Talkers y de las novelas Lady Astronaut. Ha publicado trabajos en las revistas Uncanny, Cosmos y Asimov’s.

Copyright: c. 2019 The New York Times Company

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