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Ha muerto Andrés Percivale.

No fuimos amigos en el sentido profundo de la palabra, pero sí algo no menos importante: colegas, periodistas de calle y de sangre.
Pero además, y por eso siento de modo muy especial su muerte, éramos los últimos sobrevivientes de una pequeña, arriesgada y riesgosa comunidad: la de los poquísimos argentinos que estuvimos en el infierno de Saigón en 1968, uno de los peores años de esa guerra que nunca debió haber sucedido…

Comunidad tan pequeña que le sumamos, por cuestiones de raíces, un hombre muy joven, el reportero gráfico free lance Ennio Iacobucci, y otro muy veterano, el catalán Javier Martínez de Padilla, del diario La Vanguardia, Barcelona.
Completo el grupo: Enrique Walker, de GENTE, y el camarógrafo de Andrés, cuyo nombre he olvidado… (y pido perdón por ello).
Él, con Mónica (Cahen D´Anvers), eran las estrellas de una tevé en que las noticias también empezaron a marcar una huella estelar.

Mónica Cahen D’Anvers y Andrés Percivale

La minúscula comunidad de Saigón paraba (parábamos) en el hotel Continental, refugio e improvisada redacción de cronistas, camarógrafos y fotrógrafos de no menos de quince países.
En cuanto a Andrés y Jarito Walker, recuerdo (hoy con doble emoción) el 29 de mayo de ese año: mi llegada a la guerra… Y también mi cumpleaños número 29, que Andrés propuso celebrar con un lujo en esas latitudes: un brindis de excelente champagne francés…

En esos días, cada uno pasó lo suyo, sufrió lo suyo, salvó el pellejo por poco, y ninguno olvidó la negra sombra de la muerte, asesinato en el barrio chino (Cholón) del brillante cronista Ignacio Ezcurra, del diario La Nación. Preguntándonos más de una vez, ¿por qué él y no nosotros?
Retornamos vivos. Pero años después, Walker murió asesinado por la última dictadura militar, Iacobucci se ahorcó en un mísero hotel de la estación terminal de Roma, y el camarógrafo de Andrés murió en Venezuela mientras filmaba (creo) una represa.
De pronto, azar y|o destino determinaron que Andrés y yo fuéramos los últimos argentinos sobrevivientes de aquella aventura…

Andrés Percivale, cubriendo la guerra de Vietnam

En adelante, y por años, como escribió y cantó María Elena Walsh, sólo nos reunió la buena de Dios: uno que otro encuentro en el centro de Buenos Aires, algunas palabras y, extraño o no tanto, ninguna mención de aquellos días en que vivimos en peligro.

Yo seguí en la fragua de la calle.
Andrés, en cambio, dio un giro de 180 grados en vida y tarea: discípulo de la maestra de yoga y meditación Indra Devi, nacida en Riga, Letonia, y muerta a sus casi 103 años, no sólo encontró una paz interior que acaso buscaba como contraste de tantos años de estrés, de noticias urgentes, y del verdugo del tiempo: esa luz roja implacable que anuncia “Estamos en el aire”.
Sí. No sólo alumno de Indra. También discípulo y seguidor confeso de esa otra manera de comprender la vida, y dueño de su propia escuela de tal disciplina…

Andrés fue un hombre culto, refinado e inteligente: dones que signaron su vida, completados por su indiscutible pinta, y más tarde a guiar hacia el camino espiritual a otros angustiados por los azotes del mundo…

Y bien. O mal. Andrés Percivale ya no está en esta tierra y entre nosotros. Según sus creencias, en un lugar mejor. Y de aquella minúscula comunidad de la guerra, hoy soy el último y el único argentino vivo.

Llevaba largos años sin verlo ni saber de él, salvo por una que otra entrevista periodística en la que discurría sobre los posibles mecanismos de la paz y la felicidad.
Por cierto, me entristece despedirlo. Pero con la luz de haber compartido, hace tantos años y en las antípodas, la más extrema de las situaciones límite.

Adiós, Andrés. Y gracias por aquel brindis con champagne… Cuando nos acercábamos al toque de queda y a los fuegos de la noche, y nos preguntábamos si ya había sido fundida la bala que nos mataría.

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