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A orillas del Budi, único lago salado de América Latina producto de un terremoto en 1960, habita la comunidad mapuche Llaguepulli. Ochenta familias conforman la congregación ubicada en la IX Región de Chile.

En ese lugar, como en tantos otros, comenzó a florecer el turismo comunitario en los últimos años. Una alternativa diferente que fusiona los paisajes cordilleranos con una usina de la cultura mapuche que se trasmite a los turistas. Comidas autóctonas totalmente naturales y orgánicas, costumbres ancestrales como la confección del telar y la medicina mapuche son algunas de las experiencias que se pueden disfrutar con un paisaje colmado de árboles y aire fresco.

En el seno de las comunidades mapuches el tiempo se resignifica. Los relojes escasean y algunos lugareños miran el sol para calcular con precisión.

En el interior de una ruka hecha de madera y totora, una joven mapuche cuenta detalles de la medicina mapuche. El fuego calienta la casa autóctona de la comunidad y el humo sigue su camino al techo, buscando huecos entre la paja para liberarse. El fuego, cuentan los mapuches, no sólo sirve para calefaccionar el interior de la ruka, también usan el humo para permeabilizar el techo. La casa de paja se levanta en quince días y, para completar la obra, se tira agua desde el techo para corroborar que no haya filtraciones, si el agua no ingresa a la ruka, festejan y se da por terminada.

En Curarrehue, cerca de Pucón y Villarrica, habita la comunidad Trankurra, que también se dedica al turismo mapuche, que comenzó a florecer hace una década como iniciativa estatal para rescatar la cultura mapuche y generar un nuevo recurso para sus habitantes.

En las comunidades el castellano se mezcla con el mapudungun, la lengua original. “Nuestra lengua se ha perdido con los años, la evangelización y la colonización fueron muy duras con nuestro pueblo”, dice Pablo pionero en el desarrollo turístico de Curarrehue.

Pablo habla cinco idiomas: castellano, mapuche, francés, inglés y alemán. En un viaje por Europa, donde se desarrollaba como boxeador federado, vio un lugar similar a su tierra natal que se convirtió en turístico. “Yo tengo todo eso, por qué no…”, se dijo. Volvió y propuso la idea a su familia. El joven de 31 años contó con el apoyo de su madre, pero le costó meses convencer a su padre, el lonko de la comunidad.

“Fue duro torcerle la mano a mi padre, pero lo logramos”, dice con orgullo. Diez años atrás la familia vivía una situación económica muy difícil y con este emprendimiento llegaron a cocinar para 90 personas.

En la mayoría de los lugares que hoy están desarrollados hubo que derribar prejuicios. “Al principio fue difícil, me costaba mucho hablar frente a la gente. Ahora ya me acostumbré y disfruto poder enseñar nuestra cultura. Encontramos gente maravillosa. El intercambio es muy rico”, dice Isabel, que se encarga de explicar cómo funciona la medicina mapuche.

Machis

Isabel tiene un campo lleno de plantas que se usan para medicina. La historia de las machis, las médicas mapuches, es una de las experiencias más impactantes. “Los espíritus eligen a las machis. Comienzan a manifestarse a temprana edad. Generalmente a través de sueños muy intensos”, explica. “Son personas muy sensibles al sufrimiento. Es un proceso largo y complejo”.

En esta comunidad hoy no hay machis. Isabel cuenta que la tradición occidental las estigmatizó, incluso antaño eran tratadas como brujas “y las perseguían”. Si bien no hay ninguna establecida, “hay cuatro personas de la comunidad en el proceso de serlo”.

Ruka

Los olores, el fuego, el piso de tierra, la luz son elementos que hacen de la ruka un lugar especial. Y el turista puede dormir allí.

La mayoría de las actividades de transmisión se realizan en una ruka. Se usa como lugar de encuentro. En el sector de Llaguepulli es de totora. En Curarrehue, ubicada en una zona más andina donde nieva mucho, se construye con troncos. El fuego en el medio de la construcción sirve para cocinar y calefaccionar.

Intercambio cultural

A diferencia del turismo tradicional, en el comunitario la atención es prácticamente personalizada y se ofrecen muchas actividades autóctonas.

La comida se comparte en familia y las conversaciones se tornan tan ricas como los alimentos. Pero, además de la comida y relatos de la cultura, se pueden disfrutar actividades como el telar. Rosa y sus hijas trabajan el witral (telar mapuche), haciendo todo tipo de tejidos. Su hija de apenas nueve años muestra toda la destreza para convertir la lana en atuendos. No sólo tejen, también hilan y buscan los colores con métodos naturales como cebolla, raíces y barro.

También en Curarrehue, puede acompañarse a una mujer que se dedica a trabajar con las colmenas. Pero no sólo para cosechar miel, también en la producción de productos naturales como cremas y aceites.

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