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Un Waze para el alma

(Shutterstock)

Dijo Saint-Exupéry que, para viajar más feliz, se debe aprender a viajar más ligero. Hay cosas de las que podríamos prescindir, dejarlas a un costado y saber que el camino sigue. Algunas viejas tecnologías, rutinas sin sentido, adicciones a redes varias y calorías en comidas chatarra merecen su lista. También del mundo de aplicaciones que llevamos en el celular —la nueva mochila de viaje. Aprender a desinstalar varias de ellas y dejarlas en el camino puede transformarse en el arte de aprovechar más los tiempos y estar mejor conectado. Evaluar prescindir de algunas responsabilidades asumidas, compromisos agobiantes o roles autoimpuestos exige otro nivel de análisis.

Sin embargo, hay algo que resulta imprescindible para continuar cualquier viaje y que jamás dejaría a un costado: el Waze.

Uno puede tener que hacer el mismo viaje varias veces al día, y así y todo conectar antes que nada el Waze. Por las dudas. Esta maravillosa app te dice cómo ir, cómo no ir, dónde están los radares, dónde está la policía, dónde está el semáforo, para qué lado, dónde está el piquete, dónde está el bache, cuánto vas a tardar, las rutas alternativas, todo. No hay forma de dejar el Waze en un viaje.

Sin embargo, el Waze tiene un problema: lo dice todo, salvo cuál debe ser el destino. Somos nosotros quienes debemos definir el lugar a alcanzar. Ese lugar existencial al que querés llegar vos con tu alma en las dimensiones que pienses.

Hoy domingo se celebra en la tradición de Israel la fiesta bíblica de Shavuot. Según la tradición es el día en que Dios entregó el Libro Sagrado de la Torá a Moisés sobre el Monte Sinaí. Este día se termina también con la denominada Cuenta del Omer, después de contar día por día desde la fiesta de Pesaj (Pascua), durante siete semanas cada día. Shavuot es el día 50 y la cuenta de los días se frena. De hecho, uno de los nombres del día es Atzeret que significa ‘parar’ o ‘frenar’. Parar de contar los días. Frenar el tiempo, para recalcular el viaje.

Es un punto de parada en el viaje. Un primer tramo del viaje que lleva a los israelitas desde Egipto hasta el Sinaí, relatado en el Libro del Éxodo. Y un nuevo viaje que los llevará desde el Sinaí hacia la Tierra Prometida, que encontramos en el Libro de los Números.

Al leer ambos libros y recorrer ambos viajes, podemos notar una conexión muy similar en los relatos. En los dos aparecen los conflictos, las peleas, las discusiones que erosionan la vida en conjunto de este grupo de almas viajeras en medio del desierto. Tal como escribió Mark Twain: “He descubierto que no hay forma más segura de saber si amas u odias a alguien que hacer un viaje con él”.

Lo extraño es que al leer el segundo libro (Números), en esta segunda parte del viaje los problemas crecen, las discusiones son más feroces, y el quiebre y la frustración es mucho mayor a la de la primer parte del viaje. Al mismo Moisés se lo ve más cansado, más resignado, angustiado y hasta deprimido. Es extraño, ya que, después de haber vivido la experiencia de aquella primera parte en donde lograron salir de Egipto, derrotar al Faraón, cruzar el Mar, y dejar atrás la esclavitud, parecía que podrían lograrlo todo.

Lo que quizá el texto intenta susurrarnos entre líneas sería que es más fácil salir de un lugar que llegar a un nuevo lugar. Que es más fácil encontrar la fuerza para salir de Egipto que alcanzar la madurez de llegar a la Tierra Prometida. Por más que tengamos el Waze, sin diseñar el destino a alcanzar, nunca podremos llegar.

Salir de un lugar exige coraje, valor. Pero tenemos la justificación, el porqué. Sabemos las dificultades, las ataduras y las angustias. Conocemos de frente el problema, podemos describirlo de mil maneras. Estamos convencidos sobre qué prácticas, qué situaciones y a veces incluso qué personas debemos aprender a dejar a un costado del camino.

Pero saber adónde ir exige traer un futuro completamente incierto al presente. Exige imaginación y creatividad. Exige imprimir sueños en una hoja, hacer que el vuelo se haga diseño y asumir que todas aquellas certezas son apenas promesas. El primer viaje exige convicción, fortaleza y decisión. El segundo exige enfrentar miedos, voluntad y fe. Es más fácil salir de un lugar, que llegar a un destino.

Liberarse de tiranías e independizarse de sistemas autocráticos hizo que sociedades enteras se unieran y movilizaran en revoluciones para lograrlo. Sin embargo, lograr que esa nación se encamine hacia una sociedad plena en la aceptación de los derechos humanos básicos, en la igualdad de oportunidades, en el crecimiento sustentable, y la creación de un lugar que contenga, abrigue y proteja a sus ciudadanos, tal como seguramente propusieran los líderes de aquella revolución, es algo que no necesariamente ocurre de manera tan simple e inmediata. ¿Por qué? Porque es mucho más fácil salir de donde estamos que llegar a aquel lugar que soñamos.

En la Argentina estamos acostumbrados a esos ciclos. Voces que claman querer salir de donde estamos, y sueños rotos en el camino. Quizá no se trate de seguir discutiendo viajes pasados, sino de diseñar finalmente el destino que queremos alcanzar. Será cuando miremos a nuestro país como la Tierra Prometida que es, y logremos dejar a un costado del camino las prácticas y avivadas de unos, los personalismos y egos de otros, y la abulia, la aceptación, la resignación y el conformismo de tantos, que podremos escribir entre todos en el Waze nacional nuestro destino.

Ya lo decía Shakespeare en Julio César: “Dueños de sus destinos son los hombres. La culpa, querido Bruto, no está en las estrellas, sino en nuestros vicios”.

Podemos tomarnos meses para diagramar un viaje de vacaciones, pero no nos tomamos un día para diseñar el destino de una vida. Hay días que nos llaman a parar de contar los días y empezar a definir destinos.

La vida suele encararnos a elecciones, en donde tenemos que definir si lo que tenemos enfrente es una oportunidad que no podemos desechar o una tentación que debemos aprender a rechazar. Cuando sabemos adónde queremos llegar, entonces las decisiones de lo cotidiano comienzan a ser parte de un diseño con sentido.

Frenar el tiempo. Y descubrir que el Waze del alma está abierto y a la espera de que escribamos el destino. El viaje será difícil, con altibajos y vallado de decisiones. Cuando aparezca el monte, habrá que recordar de vuelta a Saint-Exupéry: “Si al franquear una montaña en la dirección de una estrella, el viajero se deja absorber demasiado por los problemas de la escalada, se arriesga a olvidar cuál es la estrella que lo guía”.

El autor es rabino de la Comunidad Amijai. Presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.

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