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Sandro falleció el 4 de enero del 2010 (NA)

El 11 de abril de 2008 el doctor Armando Perichón, titular
del Instituto Nacional Central Coordinador de Ablación e
Implante (Incucai), reveló que Roberto Sánchez se encontraba
en la lista de espera para un trasplante cardiovascular.
Una combinación de incredulidad y angustia se apoderó
de una multitud que no se terminaba de acostumbrar a la
gravedad de la situación: cada día recibía un nuevo golpe.
Las fans insistieron con el atajo litúrgico: rezaban.
Olga Garaventa enfrentó la situación: "En nombre de
mi esposo quisiera decir que su estado de salud es estable,
pero que estamos más cerca de considerar el doble trasplante.
El trasplante es imprescindible para mejorar y prolongar
su vida. Su capacidad aeróbica es del ocho por ciento. No
es mi intención dramatizar y no queremos hacer sufrir a los
que lo quieren. Les pido a los jóvenes que dejen de fumar
ya y a la sociedad que tome conciencia y refexione sobre la
importancia de la donación de órganos".

La entonces ministra de Salud, Graciela Ocaña, echó
a Perichón por haber difundido sin autorización la noticia. Sandro se había quejado por la indiscreción y trató por todos
los medios de calmar a la gente. "Estoy bien, venimos
de festejar el primer aniversario de casados con Olga. La
pasamos fenómeno. Hicimos una raviolada con amigos, en
casa, por supuesto: acá, rodeado de tanques de oxígeno, me
siento seguro. No estoy tan grave, pero esto avanza. Lo del
trasplante fue una decisión mía. Sé que es peligroso, pero
prefiero no perderme la vida. Quedar tirado en una cama
con un tanque es lo mismo que estar muerto."

Las cadenas de oraciones eran como un mantra que
envolvía la casa de Banfield. La oferta cotidiana de órganos
se volvió una rutina truculenta: se había naturalizado que
cualquiera hablara —en los medios, en las verdulerías— de
trasplantes como si se discutiera de fútbol. ¿Qué es lo más
conveniente? ¿Hay riesgo de muerte? Sandro necesitaba
dos pulmones y un corazón, compatibles a su organismo, de
grupo sanguíneo B negativo. En esa instancia, el fanatismo
podía llegar a tener un costado temerario: había mujeres que
declaraban estar dispuestas a quitarse la vida para salvar la
de su ídolo. La martirización por una estrella de la música
es un buen argumento para un cuento, pero la legislación es
estricta y no permite esa clase de desvaríos. Sandro absorbió
así una preocupación extra: "Recuerdo que en los Estados
Unidos cuando murió Rodolfo Valentino, algunas de sus
fanáticas se suicidaron. Quiero pedirles a mis nenas que se
queden tranquilas. Estoy bien, esperando mi turno. Estoy en
el puesto 27 de una lista de 35". Sabía que la divulgación de
la noticia podía producir una suerte de psicosis colectiva: el
manejo y la reacción de su público, la percepción del singular
temperamento de sus fans, era un conocimiento adquirido
en casi medio siglo de carrera. Por eso el disgusto con las
declaraciones de Perichón. "Muchos de mis compañeros de la lista de espera van a pensar que como soy Sandro voy a recibir el trasplante primero. Pero los turnos se colocan según el grado de evolución de la enfermedad. Entonces tengo que pensar en esa gente que sufre lo mismo que yo. Y para eso era importante tener total silencio sobre mi nombre."

En los blogs dedicados exclusivamente al ídolo se cruzaba
información que pasaba de la desesperación al optimismo
sin sustento real. Un tono ciclotímico se instaló en
ese tierno cambalache que propone el club de fan virtual,
siempre ubicado entre el periodismo y el panegírico. Los
grandes medios también estaban alertas. Otra vez, la ausencia
de noticias generaba rumores. Apenas se sabía que estaba
estable… pero ¿se puede estar estable con una enfermedad
progresiva irreversible y terminal?

"En la dulce espera", contestó, entre risueño y lacónico,
cuando le preguntaron cómo estaba. Fue durante una nota
con el programa Vivamos la vida, de Radio Mitre, en enero
de 2009. "Le pido a Dios que me mande algo, un pechito de
rana al menos, un corazón de pollo, algo." Después, serio,
comentó: "Soy una persona muy arrogante, como todos los
que fuman. Esta enfermedad me la merezco, me la busqué".
Arrancaba el último año de su vida con otra muestra de
ese humor inquebrantable que en su clásica dualidad Bruno
Díaz/Batman puede ser visto como el respaldo anímico que el pibe de barrio le hacía a la estrella en crisis. Debió ser duro para un hombre como Sandro, cuya simbología siempre remitió a "un mundo de sensaciones" vitales —el
erotismo, la pasión, la adrenalina— verse disminuido físicamente, desterrado de los escenarios, de internación en
internación, hasta llegar al dramático 2009. El calvario reemplazó a 1993 como el peor año de su vida. Su residencia
pasó de ser el búnker de Banfield a convertirse en hospital.
En su comicidad terminal dejaba entrever la melancolía del
que se siente resignado pero que por una ética de vida sabe
que va a resistir. Tal vez tenía adherido a la piel el comienzo
de "Como la cigarra", con el que solía abrir los conciertos
de sus últimos espectáculos: el "tantas veces me mataron"
portaba un subtexto de eternidad.

Portada de “El fuego eterno”, de Mariano del Mazo

Adentrarse en las vicisitudes que determinaron la etapa
final ayuda a comprender hasta qué punto su existencia
estuvo signada por sucesos dignos de una ficción. El drama
y la pasión alternan como sólo él podía hacerlo en sus canciones más desgarradoras. La salud es un tema ligado a la
trayectoria de los héroes de la cultura popular argentina de
la segunda mitad del siglo XX. Enfermedades, adicciones
y tragedias sobrevuelan las vidas agitadas de, entre otros,
Maradona, Charly García, Leonardo Favio. Momentos en
que ídolos indestructibles demuestran una vulnerabilidad
que en vez de derrotarlos los humaniza y los afianza en
el corazón de su gente. Los medios han convertido estas
situaciones en espectáculos de atracción masiva. El morbo
más desvergonzado se funde en el amor más genuino. Al
mismo tiempo, estas figuras son emergentes de la sociedad.
Sus muertes y resurrecciones también son las nuestras.
La diferencia es que Sandro siempre subrayó su condición
de alter ego. "Soy un ser común con posibilidades
anormales", le explicaba a Rodolfo Braceli en 1980. Quince
años después retomaba la misma idea: "Mi posibilidad de
vivenciar cosas es anormal dentro del contexto de la gente.
¿O no es así? Vos estás parado en el escenario y allí hay tres
mil mujeres gritando. Una cosa anormal. Un tipo tiene que
laburar cuatro meses por ahí para que una mina le dé bola.
Y hay que ver si se la da. Y estas son mis condiciones anormales. Pero tengo que aprender a manejarme con eso como si fuera una normalidad. Lo anormal para mí es normal".

La omnipresencia de Roberto Sánchez nunca dejó de
ser familiar, como lo demostraba su fisonomía crepuscular:
excedido de peso, canoso, con las huellas del paso del tiempo
en su cuerpo, como cualquier hijo de vecino y con el orgullo
de esas huellas. Lo extraordinario es que aún en esa supuesta
decadencia estética Sandro se las arregló para seguir siendo
el símbolo sexual. Quizás porque los maridos de esas mujeres
que lo iban a ver cada vez se le parecían más.

El 16 de febrero ingresó por primera vez en el año en el
Instituto del Diagnóstico y Tratamiento porteño. Olga Garaventa habló con los medios y pidió en forma desesperada
por el trasplante. Pocos días después fue dado de alta. Pero
no por mucho tiempo. En medio de este vía crucis médico,
y probablemente como forma de llevar a tranquilidad a
sus fans, Sandro se comunicó telefónicamente con algunos
programas televisivos y radiales. Fueron charlas breves que
lo mostraron consciente de su delicado estado de salud y
atento a temas de actualidad. A principios de marzo salió
al aire en Bendita TV, el programa de Beto Casella. Reveló
que al estar cuatro años sin tocar en vivo se encontraba viviendo de sus ahorros. Por esos días había sido asesinado el
decorador personal de Susana Giménez. La diva enfrentó
los micrófonos y lanzó algunas declaraciones que causaron
una polémica nacional. La frase más recordada fue: "El que
mata tiene que morir". La destemplada apología de la pena
de muerte fue apoyada por Sandro. "A cualquier persona
que se golpea el dedo con un martillo lo primero que se le
ocurre es una puteada. A Susana le pegaron con un martillo
y entiendo perfectamente lo que ha dicho", dijo, con una
metáfora que no iba al hueso del tema.

El 16 de marzo ingresó nuevamente en el Instituto del
Diagnóstico. Tenía las piernas hinchadas, síntoma de un
edema causado por el cóctel de pastillas que tomaba diariamente para atenuar los efectos de la EPOC (Enfermedad
Pulmonar Obstructiva Crónica). A diferencia de la de febrero,
esta vez no hubo alta. No hubo resurrección pública,
esa costumbre que Sandro cultivó desde mediados de los
90. Incluso antes de sufrir esta internación definitiva, que
duró ocho meses y terminó con su muerte, su vulnerabilidad
era total. La vida de Sandro pendía de un hilo. Estaba
en tiempo de descuento. Tomaba a. Contaba con un ocho por ciento de su capacidad
aeróbica, un porcentaje insignificante. Tenía sesenta y tres
años, y sesenta y cuatro era el límite para que se efectuara
un trasplante de tal complejidad. A fines de marzo su salud
empeoró por una infección en las vías urinarias e incluso
hubo algunos rumores de muerte. A partir de ahí comenzó
a gestarse un plan que incluía el viaje al Hospital Italiano
de Mendoza, donde el prestigioso cardiocirujano Claudio
Burgos y su equipo de más de cincuenta profesionales, especialistas en trasplantes, se harían cargo de la intervención
una vez encontrado el donante.

Sandro en una de sus últimas apariciones públicas, en la puerta de su casa de Banfield(NA)

Era consciente del riesgo pero prefería una solución drástica,
con serio peligro de muerte, a seguir viviendo una agonía
interminable. No estaba en "situación de emergencia", todavía no contaba con asistencia mecánica para respirar. Sin embargo, en abril, Olga Garaventa viajó a Mendoza para reservar una vivienda. Se suponía que el traslado se iba a dar en esos días y que la recuperación se llevaría a cabo en San Luis o San Juan.

Esos pocos días se transformaron en unos cuantos meses.
En mayo se agravó y finalmente ingresó en la lista de
emergencia del Incucai. Se habían agudizado sus insuficiencias
respiratorias. Por un lado, la espera parecía eterna; por otro, el
tiempo se escurría vertiginosamente. La noticia fue manejada
en un tono hermético: el año anterior la filtración de su nombre en la lista general había provocado la renuncia del titular del organismo. El clamor popular por una solución urgente llevó al cardiocirujano Burgos a aclarar que era probable que el hipotético donante todavía estuviese caminando por la calle.

La realidad daría otro cachetazo. A fines de mayo se
conoció la noticia de que había sido excluido de la lista de
espera del Incucai: una infección urinaria vinculada al colon
descartaba la posibilidad de un trasplante inminente. Un
cuadro de este tipo disminuía la capacidad de resistencia
del sistema inmunológico.

En los primeros días de julio efectuó otra de sus comunicaciones telefónicas. Participó de A todo Sandro, un entrañable programa radial conducido por fans, dedicado exclusivamente al repaso de su obra. Contó su problemática con un nivel de detalles propio de un médico: "Se me complicó el tema del trasplante debido a una infección urinaria a través del colon. El colon perforó la vejiga, se hizo una fístula y hay que operarla".

Contra todos los pronósticos, se mostró optimista: "La
semana que viene me operan del colon y una vez que esté
perfectamente bien repuesto, entonces ahí otra vez volvemos
a entrar al Incucai y a esperar el donante".

Su conducta durante la convalecencia fue estoica. Jamás
se victimizó y aceptó las dificultades con la hidalguía de
un Quijote. Resultaba un poco extraño escucharlo hablar
profusamente de su intimidad justo a él, que se preocupó
obsesivamente por mantener claros los límites entre lo público y lo privado. Pocos días después de estas palabras, el
15 de julio por la mañana, se llevó a cabo la operación, al
mando del doctor Pedro Ferraina, aunque también estuvieron
presentes su médico de cabecera, Juan Mazzei, y su
cardiólogo, Sergio Perrone. Durante estos meses tanto ellos
como Claudio Burgos se transformaron en figuras requeridas
por los medios de comunicación casi como si fueran
jugadores de fútbol.

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