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Ante el actual cuadro de zozobra, el Gobierno hará lo de siempre: echarles la culpa a otros. Recurriendo a su ya fatigado marketing político, responsabilizará de los efectos de sus decisiones al pasado, a la oposición, a la situación mundial, al horóscopo chino o a quien sea, con tal de no hacerse cargo de nada. Luego, Mauricio Macri va a sostener, fingiendo estar compungido, que el camino que va a tomar es doloroso pero inevitable.

Sin embargo, no es difícil percibir que, con la política económica que viene aplicando Macri, todos los caminos llevan al Fondo. El acuerdo con el FMI es el corolario obligado del programa neoliberal del Gobierno. Al igual que la corrida cambiaria en curso.

Queda feo decirlo, pero lo anticipamos una y mil veces, desde el primer día. Las políticas de Macri no son capaces de solucionar ninguna de las dificultades que encontró cuando llegó al gobierno. Al contrario, las agravan al tiempo que generan una multitud de nuevos problemas que antes no teníamos. Miedo a no llegar a fin de mes, a perder el empleo, a quebrar la pyme, a no pagar el crédito.

Hay que tener muy claro que volver a la tutela del FMI es una decisión inadecuada, obtusa y absolutamente ideológica del presidente Macri. El Gobierno no escuchó a nadie y siguió su curso con una dogmática soberbia. Ahora que hasta sus aliados mediáticos y políticos se lo reprochan, podemos volver a analizar cómo llegamos hasta aquí. Es importante hacerlo, porque estamos a tiempo de evitar peores males.

Todo comenzó en diciembre de 2015. A contramano de lo que había prometido, Macri devaluó ferozmente el cambio oficial, primero de 9,5 a 13 pesos y luego a 16 pesos, esto es, un 70 por ciento. Incomprensiblemente, el Gobierno sostenía que la devaluación no se iba a trasladar a los precios. Error garrafal. La inflación del primer año superó el 40 por ciento. Al mismo tiempo, desregularon completamente el mercado financiero y cambiario y pusieron la tasa de interés interna por el cielo, en el orden del 38 por ciento. De inmediato y a las apuradas, les pagaron a los fondos buitres, con un vergonzoso arreglo que incluyó hasta los honorarios de los abogados y los gastos de la propaganda contra el país.

Estos son los dos pilares de la llamada bicicleta financiera: tasa altísima y completa libertad para que entren y salgan los capitales. Así, en lugar de la lluvia de inversiones productivas, lo que llegó fue la especulación financiera en gran escala. Como en los viejos tiempos, Argentina se convirtió en el paraíso de la timba y de la fuga. Y se fue armando un bolo cada vez más grande de Lebacs: el stock superó la base monetaria y el total de las reservas, cerca de 1,2 millón de millones de pesos. Mientras tanto, el Gobierno seguía mintiendo: la tasa de interés se mantenía alta no para bajar la inflación, sino para que toda esa masa de dinero no se volcara al dólar y a la fuga. Convirtieron al país en un rehén de su propia política: si baja la tasa de interés, la plata se va al dólar; si la mantiene, se encarece el crédito interno y se enfría la economía. Pierde o pierde.

La trampa financiera se vio, además, agravada por otra batería de políticas neoliberales igualmente desastrosas: apertura importadora, disminución de salarios y jubilaciones, ajuste fiscal, tarifas en dólares y reducción de los impuestos a los ricos. Nada de esto tiene que ver con la "pesada herencia". Es pura ideología. Pero sus efectos son bien reales: la baja de los ingresos populares redujo fuertemente la demanda interna, mientras que el ingreso indiscriminado de las importaciones quitaba más mercado a los productos nacionales. Pasamos del eslogan "podemos vivir mejor" a su contrario: "Vivían demasiado bien". Por eso, el consumo y la industria nacional, las pymes y las economías regionales no paran de caer, junto con el empleo de calidad. La desindustrialización es otra consecuencia inexorable de las políticas de Macri.

De esta manera, la ecuación del Gobierno solo cierra con más deuda. También aquí hay otro engaño: la deuda se contrae no por el déficit fiscal que se cubre con emisión, sino por la falta de dólares ocasionados por el creciente déficit comercial y por la fuga. En los primeros dos años, se fugaron alrededor de 44 mil millones de dólares y la apertura importadora produjo en 2017 el déficit comercial más alto de la historia por 8.500 millones de dólares, mientras que el déficit en turismo, en los dos años, superó los 18 mil millones de dólares. No hay dólares que alcancen. Así, el Gobierno batió el récord histórico y mundial al emitir 131 mil millones de dólares en moneda extranjera y al hacer crecer la deuda total en más de 105 mil millones de dólares. El explosivo endeudamiento es también una consecuencia ineludible de la política de Macri.

En 2017, para ganar las elecciones, Macri recurrió a algunos anabólicos transitorios. Como no llegaban ni la prometida lluvia de inversiones, ni los brotes verdes, ni el segundo semestre, ni la luz al final del túnel, el Gobierno decidió poner una pausa en el ajuste: repartió más de dos millones de créditos a jubilados y asignación universal por hijo, se aceleraron las obras superficiales, se pospuso el tarifazo y se indexaron los salarios con la cláusula gatillo. Ese alivio contribuyó a que el malestar no fuera tan grande. Pero ni bien pasaron las elecciones, Macri volvió a la carga y apretó el acelerador. La misma noche del escrutinio aumentaron las naftas y empezaron a cobrar el fútbol. A los pocos días, se lanzaron las reformas laboral, tributaria y previsional. Es decir, baja tanto de salarios y jubilaciones como de impuestos a los ricos. Y se prosiguió con el tarifazo que habían pausado momentáneamente. Por supuesto, la evidente estafa hizo que el humor social cambiara. Sobrevinieron cacerolazos, multitudinarias marchas y "afectuosos saludos" al Presidente en recitales y estadios de fútbol. Algunos dirigentes se decidieron a ser opositores. Y en el Congreso las leyes antipopulares no pasaron más o lo hicieron con creciente dificultad.

Muchos se preguntan por qué, como por sorpresa, estamos sumergidos hoy en una corrida cambiaria que parece imparable. ¿Qué cambió? En realidad, muy poco. La política económica de Macri produce una descomunal fragilidad financiera, es decir, pone a nuestro país en un polvorín. El cóctel de apertura total y endeudamiento compulsivo es sumamente inestable. Como en la crisis de deuda de 1982, el efecto tequila de 1995, las burbujas financieras de las puntocom; cualquier chispa puede desencadenar un desastre. La supervivencia del plan pasa a depender enteramente de la voluble voluntad de los especuladores, de que sigan prestando y de que no decidan volar a otras plazas. Si se percibe que ya la deuda es mucha, se van. Si se percibe que no se están aplicando las medidas correctas y a la velocidad adecuada, se van. Si la situación internacional se vuelve incierta, se van. En estos días ocurrieron, aunque moderadamente, las tres cosas. Y se fueron. Para peor, cuando empieza la migración, esta se transforma en una estampida que amplifica el efecto inicial.

La cuestión de fondo es que Macri decidió aplicar una política neoliberal en un mundo que ya no lo es. Es un mal plan, mal aplicado y en un mal momento. No pude salir bien. Desde la crisis financiera de 2008, el mundo está intentando restringir la especulación regulando los movimientos de capitales y limitando los paraísos fiscales. Y desde que llegó Donald Trump, se hizo evidente que cada país quiere cuidar lo suyo: su industria, su empleo, su economía, con un neoproteccionismo. El plan de Macri va a contramano del mundo.

Los desmanejos, las acusaciones de corrupción de los beneficiados, las contradicciones y las internas que se dejaron ver en la corrida cambiaria llevaron a la conclusión de que Macri es incapaz de administrarla y que debe contar con un ministro que unifique el mando. Pero, en lugar de buscar un reemplazo, decidió tercerizar la política económica al dejarla en manos del FMI. Y así, en lugar de mejorar, la cosa se va a poner peor. Las recetas del Fondo siempre fueron las mismas. Se puede decir que cambió: es más duro que antes. Para desembolsar el dinero, va a imponer más apertura, menos salario, más ajuste, más rentabilidad para las finanzas. En fin, todas medidas que, como nuestra historia enseña una y mil veces, solo conducen a una mayor fragilidad financiera.

Macri apuesta a una mayor inversión extranjera y a un boom exportador. Nada de esto ocurrió ni va a ocurrir en este contexto. Es por eso que la única salida del túnel en el que nos metió consiste en dar la vuelta e ir exactamente para el otro lado: cuidar nuestra industria, nuestra ciencia, nuestro empleo, nuestro mercado interno, a nuestra gente. Es precisamente por eso que el acuerdo con el FMI no puede firmarse sin que se discuta en el Congreso. Sería ilegal pero además sería inadmisible que un Presidente, que ganó hace dos años una elección sin haber mencionado esta medida, hipoteque intempestivamente el futuro de varias generaciones de argentinos sin siquiera dignarse a someter la decisión a las instituciones de la democracia.

El autor es diputado nacional (FpV). Fue ministro de Economía de la Nación.

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