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Las guerras en Siria y Yemen, y la expulsión de la comunidad Rohinyá en Myanmar han provocado cientos de miles de muertos y mutilados y el desplazamiento de millones dentro y hacia otros países creando una grave crisis humanitaria. La participación de las principales potencias ha sido una barrera para encontrar una solución que ponga fin a la pérdida de vidas humanas y permita la reconstrucción de esos países.
Los conflictos de Siria y Yemen están en su octavo año. Los países que se sientan en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas con derecho a veto han tenido una injerencia directa para apoyar a uno u otro bando con la excusa de evitar la hegemonía del otro en la región. El conflicto étnico en Myanmar tuvo también una respuesta vaga porque no involucra a los Estados Unidos o Rusia y sus aliados. China constituye el principal sostén del gobierno de Myanmar y su interés es contener el conflicto como un problema interno con el propósito de evitar la intrusión de otros Estados fuera de la región.
Las guerras en Siria y Yemen nacieron con los reclamos populares para desplazar a los regímenes perennes de ambos países. El presidente Bashar al Assad respondió con una fuerte represión para terminar con las demandas democráticas generando las condiciones para la resistencia de grupos que esperaban una oportunidad para alzarse contra su gobierno. La guerra ha causado más de 400 mil muertos, el desplazamiento de la mitad de la población y más de un millón han buscado refugio en Líbano, Jordania y Turquía. La guerra dio origen a las Fuerzas Libres de Siria y las Fuerzas Democráticas de Siria. Rusia, Irán y Hezbollah en el Líbano se convirtieron en los apoyos del gobierno de Assad mientras que Turquía utilizó la oportunidad para combatir a los grupos kurdos apoyados por los Estados Unidos. Como si la guerra no fuera suficiente, la aparición de EI aprovechándose de las divisiones tribales agregó un factor desestabilizante que aceleró la intervención de las potencias occidentales. Los Estados Unidos apoyan a las fuerzas rebeldes en Siria por su colaboración en la batalla contra EI. Rusia, Turquía e Irán han mantenido reuniones para acordar la paz desplazando a los Estados Unidos, que basa su política regional en el apoyo a Arabia Saudita e Israel.
La confrontación en Yemen tiene también origen en los esfuerzos para desplazar al mandatario Ali Abdullah Saleh después de 33 años en el poder. La debilidad del nuevo presidente Mansour Hadi, quien asumió en febrero de 2012, fue aprovechada por el movimiento Houthi con el respaldo de Irán y ocupó la capital Sanaa en 2015. Arabia Saudita con el apoyo abierto de los Estados Unidos viene participando en favor del presidente Hadi profundizando la guerra civil y el desplazamiento de cientos de miles de personas y el riesgo de hambruna en un país paupérrimo de 26 millones de habitantes. El Congreso de los Estados Unidos rechazó este mes la moción del senador Bernie Sanders de retirar las fuerzas norteamericanas en una guerra no autorizada por la creciente influencia de Irán y en apoyo a Arabia Saudita, que se ha convertido en el aliado privilegiado.
Todos los intentos de intervención del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para contener los conflictos y encontrar una solución a la crisis humanitaria han fracasado. Las potencias que participan directamente o a través de sus proxis se han encargado de bloquear cualquier resolución. Esta realidad habla de un mundo donde se acentuó la multipolaridad en detrimento del multilateralismo, y el Consejo de Seguridad es un reflejo de esta situación: las potencias están interesadas solo en proteger sus intereses y defender sus posiciones hegemónicas. En esta etapa, líderes como Trump, Putin y Xi dejan poca esperanza para lograr una mayor participación y diálogo en la solución de los problemas globales.

*Embajador.

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