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La historia enseña que los imperios suelen caer de la mano de sus peores herederos. Aquellos que no saben sortear las crisis, los conflictos y los desafíos de la época, junto a los adversarios empoderados, no hacen más que colaborar con la estrepitosa caída.

El Partido Justicialista, si bien lejos está de ser un imperio, supo ser una aceitada maquinaria electoral, uno de los partidos políticos con mayor capacidad de movilización y más afiliados de Latinoamérica, lo que lo convertía en una "lista" virtualmente imbatible en cualquier comicio.
Sin embargo, el otrora poderoso aparato partidario, desde hace tiempo sobrevive –al menos en lo que respecta a su institucionalidad formal- desgastado por el manejo de sus peores herederos.

En este marco, sin dudas la semana que concluyó será recordada como una de las más tensas vividas durante los últimos años en la histórica sede de Matheu 130 a manos de quien, quizás y como algunas voces afirman a puertas cerradas, es la verdadera presidenta del Partido Justicialista: la jueza federal con competencia electoral María Romilda Servini de Cubría.

La intervención, según lo que justificó la propia jueza en los considerandos del fallo, tiene que ver con la crisis interna desatada por las sucesivas derrotas electorales y la participación de los miembros del partido en otros espacios electorales. A priori pareciera ser una intervención basada en un criterio de análisis político, cuestionada como tal por algunos dirigentes del Partido Justicialista como fuera de la competencia legal de la justicia electoral.

Está más que claro que la crisis del Partido Justicialista tiene diversas aristas. Tantas que es difícil saber cuáles de ellas beneficia más al gobierno nacional. Es posible que la mala imagen pública, de cara a los electores, sea una de las más serviles a los intereses de Cambiemos.

La Universidad de San Andrés publicó hace algunas semanas su clásica "Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública". Entre todos los interesantes datos que se publicaron está la opinión sobre los partidos políticos. El 62% de los encuestados señalan una opinión negativa respecto al Partido Justicialista. En esa misma línea, el Frente Renovador y Unidad Ciudadana, dos autoindetificadas expresiones de un peronismo más "diverso", también reflejan sendas opiniones negativas: en el caso del primero (FR) 56% y en el segundo (UC) 73%. Este es el dato que electoralmente debería preocuparle a quienes pretenden sostener sin cambios, en épocas caracterizadas por las tradicionales identidades partidarias en crisis, a una desgastada institución representativa como lo es el Partido Justicialista.

Una estrategia funcional al gobierno

La estrategia de comunicar "unidad", por parte de un partido desmembrado no hace más que beneficiar al gobierno. El uso de la palabra "unidad", per se, tiene dos efectos nocivos que impactan directamente en la opinión pública: el desinterés y el espanto.

El primer efecto es el desinterés que, si bien podría interpretarse como inocuo, lo cierto es que conlleva la pérdida de tiempo y el desaprovechamiento de oportunidades para lograr atraer a aquellos electores que no se inclinan espontáneamente por el peronismo.

En este contexto, la "unidad del Partido" no es una consigna que movilice votos. Es simplemente una tarea a resolver puertas adentro. Cada vez que los dirigentes justicialistas intentan instalar en la agenda pública la necesidad de la unidad, el único que se ve beneficiado es Mauricio Macri.
En otras palabras, a nadie le interesa las escaramuzas internas de un partido político. Los conflictos propios no son factores estimulantes para que los electores voten.

Pero comunicar la unidad tiene otro efecto nocivo: el espanto. Para quienes sienten latente el temor de que el retorno de un gobierno peronista es posible, escuchar la palabra "unidad" no hace más que cristalizar sus apoyos al gobierno de Macri. En este sentido, cada vez que un dirigente peronista pronuncia la palabra "unidad" el gobierno cristaliza un voto anti peronista.

En este marco, la intervención del principal partido político de la oposición al gobierno nacional, es en términos políticos, un beneficio para Casa Rosada, sobre todo en un contexto en donde los partidos no logran revitalizar el desgastado vínculo con la sociedad.

Paradójicamente la oposición parece convertirse, muy a menudo, en uno de los principales aliados de un oficialismo que, sin dudas, sabe aprovechar muy bien estas situaciones.

Las internas del peronismo no hacen más que distraer la atención de la discusión política de otros temas que resultarían incómodos para el gobierno. Cambiemos lo tiene muy claro, y por eso también hace lo suyo para poner en discusión una agenda que evite la discusión económica, como lo atestigua el para muchos sorpesivo impulso parlamentario de la discusión sobre la despenalización del aborto. La oposición viene siendo hasta ahora funcional a esta estrategia de distracción.

Si hay algo que está claro entonces es que la discusión "hacia adentro" del Partido Justicialista es un debate de espaldas a la sociedad, quien progresivamente vota cada vez más a personas y menos a partidos.

Y ello, a pocos meses de que comiencen a discutirse formalmente las candidaturas dando inicio al proceso electoral, constituye una gran ventaja para el oficialismo.

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