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Fotos: Santiago Gallo Bluguermann

"Ole, olé, olé, Radio-heeeeeeead". La métrica era imposible, pero el público argentino no conoce límites al momento de mostrar su devoción. Y menos aún si su artista está en problemas. Tecnópolis vivía un momento de fiesta –después de una hora de show- cuando Radiohead tuvo que frenar su presentación en vivo debido a un inconveniente en el vallado. Se hizo silencio, el cantante Thom Yorke explicó que iban a parar "por un problema en la seguridad" y el calor de la gente no se hizo esperar. Durante diez minutos los cánticos llenaron el vacío, hasta que Yorke ofreció una versión a capella de The Gloaming, el tema interrumpido. Todo un lujo, de esos que se dan cuando nadie lo espera.

Más temprano había pasado el joven Rocco Posca con su interesante propuesta entre el rock vintage y el pop más fresco junto a los Niños del Universo. Otra sorpresa fue Junun, el proyecto paralelo de Jonny Greenwood (guitarrista de Radiohead) que mezcló sonidos de la India con ritmos africanos, mientras la tarde iba cayendo en el predio de Villa Martelli. En plan DJ, el productor y músico Flying Lotus se plantó detrás de una pantalla y abrió la disco justo cuando caía la noche y antes del plato fuerte. El line up, curado por los mismos Radiohead, forma parte del SoundHearts Festival, con el que vienen girando por distintas partes del mundo y que llegó a la Argentina de la mano de Heineken.

Durante más de dos horas y media, el quinteto de Oxford pasó por todos los estados posibles. Qué errados aquellos que se quedaron con la idea noventosa de que Yorke, Jonny y Colin Greenwood, Ed O'Brien y Philip Selway son un grupo de depresivos haciendo música para dejarse morir un domingo a la tarde. Radiohead tocó el sábado por la noche y Tecnópolis vibró con una lista de temas sorprendente y ecléctica.

A las 9 en punto ya sonaba Daydreaming, y la hipnosis estaba en acción: no había manera de despegar la vista y los oídos del escenario. Pasaron Ful Stop, 15 Step, Myxomatosis, mientras brillaban luces de todos los colores. Cuando todo se puso azul, Thom dijo "hola" y sonó Lucky (del popular disco Ok Computer que fue reeditado el año pasado con el nombre OKNOTOK, al que sumaron material inédito y un libro de apuntes del mismo Yorke). El líder, de punta en negro, también pasó tocando maracas, un teclado pequeño, otro más grande, un piano clásico, e incluso haciendo sonidos guturales como si hablara en lenguas. ¿A quién le importaba entender lo que decía? A donde vamos con Radiohead no necesitamos idiomas.

Ver el escenario o ver las pantallas se convirtió en dos ofertas diferentes, ya que estas últimas no mostraban primeros planos de los músicos, sino que proyectaban imágenes del vivo superpuestas, con más colores y estilos, como pequeños videoclips editados en el momento. El juego de luces iba creando el ambiente a medida que se sucedían las melodías, por momentos, serenas y tristes, por momentos, espasmódicas y bailables. Emulando estrellas, una pared de flashes celestes y blancos o un verde paisaje del infierno, el estadio repleto tanto se convertía en una discoteca como en el pogo más grande del mundo.

Ya cerca de la medianoche, los bises también resultaron desestabilizantes. Para la primera vuelta, eligieron Desert Island Disk (de A Moon Shaped Pool, de 2016) cuando ya muchos esperaban los viejos clásicos. Pero había tiempo para todo. Faltaban Climbing Up the Walls, There There, Exit Music, The National Anthem e Idioteque. Luego otro corte y Present Tense, 2 + 2 = 5 y Paranoid Android. Aunque con esta última parecía completa la cuota de nostalgia, la banda volvió con Creep, que no estaba incluida en la lista de temas original. Una versión para el recuerdo con la voz de Yorke intacta y una banda que logra sonar siempre actual.

Fotos: Santiago Gallo Bluguermann

Entre los thank you very much y los good night del final se coló un insert con una dirección. Avenida Corrientes 4070, Almagro, dijo un locutor en una pista grabada, haciendo referencia a la dirección de una de las sedes de la Iglesia Universal en la Ciudad de Buenos Aires. La misma iglesia que popularizó la frase Pare de sufrir. El incentivo habría dado resultado, ya que con su combinación de rock y electrónica, con algunas canciones tristes y otras no tanto, los Radiohead nos libraron de todo mal, al menos por una noche.

Por Marianela Insua Escalante

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