Compartir

Dicen que toda buena expedición nace de una reunión de buenos amigos, y tal vez con un mate de por medio. Pues así ocurrió cuando decidimos ir a visitar ese gigante desconocido: el Morrudo. Habíamos escuchado muchas historias y relatos de lugares fantásticos bajo su sombra… pero pocas certezas.

La planificación y el estudio fueron esta vez mayores, no podíamos dejar nada librado al azar. La oficina de montaña de El Bolsón no poseía información del lugar, ya que no se encuentra dentro de los circuitos habituales para quienes visitan este rincón de la Patagonia, no hay sendero en gran parte del recorrido y tampoco ningún refugio de montaña para cobijarnos durante la travesía.

Iniciamos nuestra aventura a la sombra de hermosos ñires y coihues, pero el sendero se pierde a las pocas horas de iniciada la caminata. Así fue que luego de haber caminado varias horas con nuestras mochilas, bajo la sombra de las últimas lengas achaparradas, antes de salir del bosque y dar paso a la inmensidad de la montaña decidimos hacer un descanso, reponer fuerzas y continuar al día siguiente con el mismo entusiasmo.

Una falsa impresión

Ya por la mañana, empezábamos a darnos cuenta de que el clima no nos iba a acompañar, por lo que trataríamos de acercarnos lo mas posible y dejar la cumbre para otro amanecer. Sin embargo, en el día que asomaba como menos atractivo, el Morrudo en muy poco tiempo se encargó de demostrarnos cuan equivocados estábamos. El camino iba a resultar tan interesante como la cumbre, como el camino de la vida misma.

Arroyos cristalinos, lagos y lagunas glaciares de diferentes tonos de turquesa, cascadas escondidas, bosques de lengas multicolores, valles profundos y vistas increíbles nos esperaban.

Mapa en mano, la brújula nos fue acercando al gigante, a la misma velocidad que crecía nuestra ansiedad.

Dormimos al pie del Morrudo, que nos vigilaba expectante. Abrí los ojos a mitad de la noche y un cielo despejado con luna llena me anticipó un día inolvidable.

Desayunamos poco y rápido, nuestras miradas cómplices parecían delatar el día que nos esperaba. Partimos raudos y directo hacia la cumbre, parecía que nada podía distraernos de nuestra meta, por lo que poco después, hicimos cumbre en el Morrudo un hermoso mediodía soleado patagónico.

Y fue en ese momento que el Morrudo nos reveló su sorpresa mayor: la vista de una hermosa laguna y glaciar al pie de la cumbre, escondidos de nuestras miradas durante el trayecto de subida. Ya próximos a la temporada invernal, la laguna aún conservaba vestigios del frío invierno anterior en forma de grandes témpanos helados flotando en silencio en la sórdida quietud de su superficie.

En la inmensidad

Es difícil plasmar en palabras los sentimientos que nos invadían en esos momentos mágicos, quizás no todos los vivimos de la misma manera.

Pero lo que sí puedo asegurar es que evidentemente hay situaciones que escapan de toda lógica y razón, y por algún motivo estamos más vivos que nunca cuando estamos ahí arriba, en la inmensidad de nuestras hermosas montañas patagónicas.

Es por ello que mientras desandábamos el camino para volver al calor de nuestros hogares a reunirnos con nuestras familias, en nuestras cabezas ya se iba gestando en silencio nuestra próxima expedición.

Leer mas

Comentarios

comentarios