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“Respiramos profundo, brazos arriba, lentamente movemos la cintura, extendemos bien los brazos y con la punta de los dedos vamos hacia abajo muy lentamente”, dice Aldana, mi instructora de yoga. Trato de seguir como puedo los movimientos, tirado en una colchoneta. Estoy muy contracturado y necesito hacer yoga. Estoy muy estresado y no puedo hacer los movimientos del yoga.
Suena mi celular y amago atender.
—Respiramos profundo, estiramos bien los dedos y guardamos el celular –dice Aldana, un poco menos relajada que antes.
—Es que tengo que escribir mi columna política y necesito alguna información que me pasan por…
—Lo que necesitás es relajar un poco –me interrumpe Aldana, cada vez con un tono más enérgico–. Dejá de evadir tus problemas. Mirá que acá si evadís, después no tenés blanqueo.
—Me siento el Dujovne del yoga –admito.
—Mientras no hayas hecho ninguna proclama anti yoga…
—¿Proclama anti yoga? –pregunto–. No entiendo…
—¿No viste que Nicolás Dujovne, antes de ser ministro llamaba a evadir impuestos?
—El perro –dice Aldana.
—¡Epa! Tampoco es para insultar así al ministro…
—No, te estoy diciendo que hagas la postura del perro.
—Me confundís, Aldana –me quejo–. No sé cuándo me estás hablando de yoga y cuándo de política.
—Ya lo dijo el Indio Solari: todo yoga es político –se ríe Aldana–. Ahora lo importante es llegar a la meta.
—¿Hablás de alguna postura de yoga en especial? –pregunto.
—No, hablo de metas políticas y económicas –responde Aldana–. Y la meta en este momento es el 15%.
—¿Existe el 15%? ¿O es algo parecido al segundo semestre?
—Da toda la impresión que el 15% son los padres.
—Pero Dujovne insiste en que vamos a llegar a la meta del 15% –afirmo.
—Sí, y Dujovne también insiste en que evadir y tener plata afuera no es ningún problema –dice Aldana.
—¿Vos decís que el ministro miente, evade y tiene cuentas poco claras?
—No, de ninguna manera –afirma Aldana–. ¡Eso es discriminatorio! Yo digo que es una persona con capacidades contables diferentes.
—¿Y por qué dice que la inflación en 2018 va a ser del 15% si sabe que va a ser bastante más?
—Porque es una víctima de la grieta.
—¿Grieta? –me asombro–. ¿Qué grieta?
—La grieta entre quienes te mentían sobre la inflación que habíamos tenido y quienes te mienten sobre la inflación que vamos a tener –explica Aldana.
—Aldana, te agradezco mucho toda la información que me estás dando para mi columna, pero creo que lo de las clases de yoga no está funcionando.
—Relajate un poco, acostate en la colchoneta, la espalda contra el suelo, los brazos a los costados, cerrá los ojos, pensá en…
—¡El bombardeo en Siria!
—¡No! Cerrá los ojos, pensá en…
—¡La cumbre de las Américas sin Donald Trump, que está bombardeando Siria!
—¡No! –ahora Aldana sí está a los gritos–. ¡Así no se puede hacer yoga! ¡Necesito que te relajes! ¡Re-la-ja-ción! ¿Entendés?
—No puedo –confieso.
—Bueno, entonces ya fue todo –dice Aldana, que apaga los sahumerios, saca la música hindú que estaba sonando, pone un tema de Gilda a todo volumen y empieza a bailar cumbia.
Yo me levanto y salgo corriendo a la productora. Llego y veo que hay dos hombres trabajando en la puerta. Entro y me encuento con Moira, mi secretaria.
—¿Qué están haciendo estos tipos? –le pregunto, de muy malhumor.
—Están cambiando la cerradura –responde Moira.
—¿Cómo? –me ofendo–. ¡Yo no ordené nada!
—Ya lo sé, son órdenes de arriba.
—¿Cómo de arriba? ¿Qué es “arriba”? –pregunto.
Antes de que Moira pueda responderme, entro a mi oficina dando un portazo y encuentro a una mujer a la que no conozco sentada en mi escritorio. A su lado está Carla, mi asesora de imagen.
—¿Usted quién es y qué hace en mi oficina, en mi escritorio? –pregunto a los gritos.
—Tranquilo que desde hoy ésta es mi oficina y mi escritorio –dice la mujer, también con muy malos modales.
Me quedo sin palabras y mi cara de asombro es tal que Carla intercede para explicarme la situación.
—La productora está intervenida –me dice Carla, con tono calmo.
—¿Cómo que intervenida? –grito, enfurecido–. ¡Esto es un disparate! ¡Un atropello!
—Mire señor, si no está de acuerdo, hable con la jueza Servini de Cubría, que fue la que tomó la decisión de intervenir su productora.
—¿Cómo? ¿Y por qué intervino mi productora?
—Dice la jueza que sus columnas políticas son malísimas y que su tarea como periodista es bochornosa –explica la mujer.
—La señora está aquí en representación de la verdadera interventora, la persona a la que nombró a cargo la jueza Servini de Cubría –explica Carla.
—La señora interventora tuvo unos inconvenientes, así que va a llegar un rato más tarde –sigue la mujer–. Mientras tanto, yo estoy viendo si encuentro material importante en su computadora, o entre sus carpetas. Pero confirmo lo que dijo la jueza: acá hay puras pavadas.
—Y dígame, ¿quién es la interventora que nombró la jueza Servini de Cubría para hacerse cargo de mi productora?
—La señora Cecilia Pando –responde la mujer.
—¡Esto es una barbaridad! –grito, indignado–. Primero, Servini de Cubría pone a Barrionuevo al frente del PJ. Después, a Cecilia Pando al frente de mi productora. ¿Qué sigue?
—El próximo paso es poner a Juan José Sebreli al frente de la Asociación del Fútbol Argentino –responde la mujer, sin inmutarse.
—Y vos, Carla, ¡no me digas que estás trabajando junto a esta mujer!
—Disculpá, pero… viste lo difícil que está conseguir laburo y…
—¡Esto es alta traición! – le grito.
Carla me toma del brazo y me lleva a un costado.
—Tranquilo –me dice, en voz baja–. Pensá que el PJ no es gran cosa. En las últimas elecciones el sello del PJ lo llevó Randazzo, y fue el peronista que menos votos sacó. Así que vos podés seguir trabajando tranquilo. La productora es un sello de goma.
—¿Y vos me vas a ayudar?
—¡Por supuesto! –afirma Carla–. ¿Sobre qué querés escribir?
—Los grandes temas: la inflación, las denuncias de evasión, Lula preso, los bombardeos a Siria, el aborto…
—No, ésas son giladas.
—¿Cómo? ¿Qué estás diciendo?
—Lo que escuchás –concluye Carla–. Haceme caso: todo eso es una cortina de humo para tapar las denuncias de Natacha Jaitt.

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