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A las 16:30 entré con mi hijo a la estación de trenes de Bariloche, con toda la ansiedad de lo por descubrir.

La locomotora comenzaba sus movimientos para enganchar el vagón automovilero, que ya había subido el último vehículo.

Mientras, una multitud de todas las edades –con bolsos, mochilas y valijas, guitarras y alguno incluso en bicicleta– pululaba por el andén a la espera de la formación.

Cuando la columna de humo y el sonido de la campana anunciaron su arribo, me sentí niña de nuevo. Tenía seis años y llegaba con mi mamá a General Roca en el “Zapalero”.

“Soy el camarero de este vagón”, nos informó Mauro mientras nos ayudaba a subir los bolsos. “Este es su camarote. Cuando quieran me avisan y vengo a preparar las camas”, agregó.

Nos sentamos a esperar la partida, mientras se oía el revuelo de pasajeros, familiares y curiosos.

Otra campanada y el traqueteo anticiparon la partida. La ventanilla se volvió una sucesión de postales de inigualable belleza, con la cordillera como marco.

Unos minutos después un golpe a la puerta nos sorprendió. Nos informaban los menúes del comedor y horarios para la cena.

Enseguida salimos, curiosos, a recorrer el tren. Detrás del coche camarote estaba el comedor. Un matrimonio mayor tomaba té con tostadas y mermelada de frutos rojos mientras planificaban qué harían en Viedma hasta la vuelta, cinco días después.

El vagón siguiente parecía sacado de una película norteamericana: una seguidilla de habitáculos con bancos donde dos jóvenes guitarreros deleitaban a los pasajeros con sus canciones.

El siguiente, más ordenado, se conformaba de filas de butacas donde primaban el mate y la conversación.

Viaje de ensueño, sin dudas para repetir y recomendar.

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