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Desde hace un tiempo, quienes trabajan a diario como profesionales de la comunicación social, conviven con un concepto que ha revolucionado la forma de dar a conocer la realidad. Posverdad es el término. Refiere a la tendencia a relatar los acontecimientos de la vida social, política o económica, en base a aquello que las mayorías prefieren escuchar, y no en base a los datos objetivos. El resultado es una conciencia colectiva que difiere en tanto o cuanto de los hechos concretos o evidencias empíricas.

Puede haber distintas miradas respecto a la estrategia comunicacional del gobierno desde su llegada al poder. Pero lo que ha quedado claro durante el último mes, es que tarde o temprano la dinámica de los mercados termina revelando las debilidades macroeconómicas, y dejando expuestos a los gurúes del big data.

Llama la atención el esfuerzo oficial por negar la formidable crisis financiera y cambiaria en ciernes. Aun luego del anuncio del regreso al Fondo Monetario Internacional (FMI), tras dos semanas furibundas en las que el tipo de cambio se depreció un 13%, y mientras los consultores privados hacen fila para anunciar un rebrote inflacionario y diagnosticar un severo escenario de cara a lo que resta del mandato; el Ministro de Hacienda Nicolás Dujovne volvió a insistir con una meta de inflación del 15% y el Ministro de Finanzas Luis Caputo afirmó que “no hay crisis”.

Para cualquier observador neutral, cuesta encontrar diferencias con aquella época en que la gestión kirchnerista negaba la inflación y la pobreza. Relato, se le llamaba por entonces.

El escenario desatado tras la corrida cambiaria, implica que el trabajo de los estrategas de comunicación será de ahora en más, contarle a la sociedad cómo fue que aquella situación de crecimiento, reducción del déficit e inflación a la baja que refirieron hasta hace apenas semanas, mutó en inestabilidad cambiaria, fragilidad externa, incertidumbre, y la necesidad de cumplir con la lista de condiciones que el FMI trasladará al gobierno.

Cruje el esquema financiero

Si hay un dato conocido desde hace tiempo, es el deterioro de la ecuación fiscal. Los ingresos son menores que los gastos, y el déficit crece de forma progresiva año a año. Ni la gestión anterior ni la actual, quisieron afrontar el alto costo político de un recorte en el gasto, dado el impacto social que el mismo podría generar. Más allá del voluntarismo expresado por los actuales funcionarios, el déficit financiero que a fines de 2015 representaba un 5% del PBI, se ubica hoy en torno al 6,9%.

La discusión pasó a ser entonces la forma de financiar el rojo fiscal. Hasta 2015, con los mercados de crédito internacional vedados y cepo cambiario vigente, la emisión monetaria fue la herramienta elegida.

Al arribar al gobierno, la actual gestión apostó en cambio por el endeudamiento externo. La ilustración que acompaña esta nota, describe en detalle el circuito financiero elegido por el macrismo. Durante los dos primeros años de gestión Cambiemos, el endeudamiento creció en torno a los u$s 130.000 millones. Los dólares que ingresan por esa vía, se convierten internamente a pesos, lo cual tiene dos efectos. En primer lugar, la entrada de capitales se transforma en emisión monetaria indirecta. En 2017, la Base Monetaria creció un 25% en términos nominales. En segundo lugar, la operatoria se traduce en acumulación de reservas para el Banco Central (BCRA). Es lo que permitió a la autoridad monetaria tener más de u$s 50.000 millones de reservas pese a haber liquidado u$s 7.000 millones entre marzo y abril para contener el tipo de cambio.

En la visión monetarista que prima en el seno del gabinete económico y en la conducción del BCRA, la emisión monetaria es la única causa de la inflación. Es por tal motivo, que obligado a la emisión indirecta, el BCRA “esteriliza” el circulante mediante la emisión de letras (Lebac). El stock total alcanza $1,3 billones.

El esquema descripto, es el que se rompió la última semana de abril. La suba de tasas en EE.UU., fue un incentivo para que los tenedores de Lebacs, decidan comenzar a salir. Ello implica una demanda creciente de divisas, lo que presiona en grande sobre el tipo de cambio, y motivó a la autoridad monetaria a subir la tasa de referencia de 27,25% a 40% en solo una semana. Un test determinante, tendrá lugar la semana próxima, cuando vencen Lebacs por $680.000 millones. El 30% de ese total, está en manos de los bancos, limitados por el BCRA para comprar dólares. Pero se estima que hay otro 40% que preferiría salir.

La mayoría de los funcionarios responsabiliza al contexto internacional por el cuello de botella cambiario, y utiliza la misma justificación para la decisión de volver a recurrir al FMI. Los datos muestran por el contrario, una realidad cruda, pero distinta al discurso oficial.

Lo que quedó al descubierto en estos días, es la fragilidad de la economía nacional. Haber desmantelado todas las barreras de contención a la entrada y salida de capitales, y haber eliminado los límites diarios para la compra y venta de divisas, puede ser muy efectivo cuando los dólares especulativos deciden entrar, pero es una decisión dramáticamente costosa cuando deciden salir.

La secuencia termina siendo una profecía auto cumplida. Los inversores ven un cambio en el escenario global y deciden irse. Al salir, se evidencia la fragilidad del esquema financiero. La impotencia de la tasa de interés y de la venta de reservas como dique de contención cambiaria, son una señal elocuente que confirma a los inversores que su decisión es la correcta. La presión por salir, ergo, se profundiza.

Tocando Fondo

El significado del regreso del FMI al centro de la escena nacional, ofrece matices.

La estrategia de comunicación oficial buscó presentar al Fondo como una institución muy diferente a aquella que el inconsciente colectivo asocia inmediatamente con los peores momentos de la historia reciente. La cordialidad de su directora ejecutiva Christine Lagarde durante su visita al país en el mes de marzo, es un elemento que permite soñar al gobierno con que el organismo multilateral de crédito acceda a conceder la asistencia financiera, sin que ello implique renunciar al gradualismo. Fue el mensaje que intentó dar el Ministro Dujovne antes de partir rumbo a Washington.

Con el correr de las horas, se conoció sin embargo, que la línea de crédito a la que accederá Argentina es un “Stand By”. Es el tipo de crédito más tradicional del organismo, destinado a la defensa de las reservas monetarias de los países en crisis de deuda, y cuyo otorgamiento ha estado históricamente supeditado al estricto cumplimiento de un prospecto de política económica.

La última evaluación que publicó el FMI acerca de la economía argentina, resalta la necesidad de un fuerte recorte del gasto público, una revisión del gasto previsional y la alta incidencia del gasto social. Son justamente las partidas que el gobierno se ha negado a ‘tocar’ significativamente desde que asumió.

Si como es de esperar, la receta que solicita el Fondo, insiste en esa dirección, el gobierno habrá encontrado un nuevo atajo discursivo, y esta vez también pragmático: el ajuste que se viene no es responsabilidad propia, sino una imposición que se exige desde el exterior.

1) La primera impresión es que no hay voluntad de hacer cambios de fondo. Primero Macri y luego Dujovne, fueron muy claros. Apostamos al gradualismo, no queremos cambiar la política fiscal, y para eso necesitamos endeudarnos como teníamos planeado. Como el mundo ya no me presta, necesito ir al FMI. Es decir no se ataca el problema de fondo. Por otra parte, hay un error de diagnóstico, porque se le echa la culpa al escenario internacional. Si esto fuera global, y toda la región lo sufre, Chile, Brasil, Colombia, Perú deberían estar negociando paquetes de salvataje del FMI, y por lo que sabemos, ninguno de ellos lo está haciendo.

2) El gradualismo es muy caro y tiene costos. Caro porque hay que endeudarse todos los años para sostenerlo. Y costos porque las políticas que antes alcanzaban para solucionar los problemas, ahora ya son insuficientes. El ajuste fiscal debiera ser mucho más fuerte. Es posible bajar fuerte el gasto y el gobierno tiene como hacerlo. Pero es preciso primero tener un buen diagnóstico y tomar conciencia de la gravedad del problema. Y segundo tener decisión política y coraje para llevarlo adelante. La obra pública significa 2% del PBI y las trasferencias discrecionales a las provincias, otro 1,5%. En conjunto, es el equivalente al déficit fiscal primario. Si se ajustan esas dos partidas, podría eliminarse el déficit.

1) Hasta el momento las decisiones del gobierno, carecen de sustentabilidad. Subir la tasa de interés con la delicada situación patrimonial del Banco Central, es insostenible. El Banco Central no puede endeudarse porque no genera riqueza. Son decisiones que simplemente posterga. En cuanto a la ayuda del Fondo, hay que aclarar que los préstamos del FMI, no son para gastar, sino para defender la moneda. Eso es así por estatuto. Los fondos que se obtengan no son para continuar con la fiesta de gasto, planes sociales y jubilaciones. Los países miembros del Fondo, deben rendir cuentas por la asistencia financiera que autorizan.

2) Para recibir la ayuda del FMI, hay condiciones, las cuales surgen de la carta de intención que nuestro país deberá firmar con el FMI, y que no dependen de Lagarde, sino del board. Seguramente lo que pedirán es un ajuste, lo cual me parece muy bien, pero es lo que Macri nunca quiso hacer. Además es un proceso que recién comienza, y puede llevar meses. Hay considerar también, que quizá muchas de las condiciones deban pasar por el Congreso de la Nación. Yo creo que el anuncio de esta semana es solo una manera de ganar tiempo, dado que en noviembre se realiza la reunión del G20 en nuestro país, y si llegara a suspenderse a raíz de la inestabilidad económica, sería el fin de la Argentina para el mundo occidental.

1) Haber anunciado que se sostiene el mismo rumbo que nos condujo hasta acá, es terrible porque no es sustentable. Es evidente que los condicionamientos que posiblemente solicite el Fondo Monetario, impliquen una profundización de este tipo de políticas. En este contexto es clave la velocidad a la que se dispone hoy de la información y a la que se mueven los capitales de un lugar a otro, lo cual no sucedía en otros episodios de crisis. Hoy las cuentas de la macroeconomía nacional no están tan saboteadas como por ejemplo en el año 2001, pero a la vez el proceso de deterioro puede ser mucho más veloz.

2) En cuanto a lo que debería hacer el gobierno, estimo que lo mejor sería cambiar lo hecho hasta el momento en política económica. Es evidente que ha sido un error apostar al mercado financiero especulativo y el negocio rentístico de corto plazo, y olvidarse de las capacidades tecnológicas productivas del país. Cambiar el rumbo significaría volver a un modelo que incentive el desarrollo económico. Es necesario recuperar en el corto plazo los mecanismos de contención como el crédito y los aportes no reembolsables para las pequeñas y medianas empresas. Y a mediano plazo generar un plan integral de desarrollo económico productivo sustentable, algo que no hizo el gobierno anterior, y que esta gestión tampoco llevó adelante.

1) Al contrario de lo que piensa la mayoría, yo creo que la improvisación es extraordinaria. Es un recurso del que disponen aquellos que conocen mucho de algo, y en circunstancias difíciles pueden sacar un conejo de la galera. El problema en este caso, es que quienes está improvisando gente que no sabe. Probadamente no sabe, porque la mayoría de los funcionarios del área económica, ya fueron parte de gobiernos anteriores. Al gobierno lo veo mal y desorientado. El anuncio de la vuelta al Fondo Monetario parece mucho más emparentado con la estrategia de marketing de Duran Barba que con una medida que verdaderamente contribuya a mejorar la situación. Está claro que las negociaciones con el Fondo no se iniciaron esta semana. Pero aun con la asistencia que se reciba, no es tan sencillo, especialmente por las tensiones sociales de una receta de ajuste.

2) Lo que debe hacer el gobierno, a partir de este momento lo dice el Fondo Monetario. Re encausar la macro economía, para quién y desde quién. Habrá que esperar para saber qué tipo de asistencia llegará, y en base a eso, cuáles serán las condicionalidades. El directorio del FMI deberá decidir si la performance de la gestión económica hasta hoy, amerita una asistencia. Una pregunta inevitable que surgirá en el directorio del FMI, es ¿qué sucedería en caso que Macri no logre la reelección en 2019?.

La vertiginosa crisis financiera que se desató en Argentina desde hace tres semanas, no pasó desapercibida entre los medios especializados, consultores y analistas en el mundo.

La prestigiosa revista Forbes, recomendó sin tapujos a sus lectores que “es el momento de salir de la Argentina”. The Economist en tanto, alertó que “la estabilización de la economía (argentina) está tomando más tiempo de lo que el Gobierno había esperado”, y The Wall Street Journal sentenció que “el país se encuentra una vez más luchando contra una crisis financiera”. Por último The New York Times indicó que “durante la última semana, a la Argentina se le ha recordado que cuando el capital puede fluir libremente, también puede fluir hacia afuera, creando profundas implicaciones económicas.

Más significativo aun, es el análisis que realizan las calificadoras de riesgo, cuya opinión incide de forma directa en el precio que debe pagar Argentina por el acceso a los mercados de crédito. En este sentido, la semana pasada la consultora Fitch bajo la nota de la deuda argentina desde “positiva” hasta “estable”, y sostuvo la categoría “B” para los títulos soberanos nacionales.

Esta semana en tanto, la calificadora Moody’s emitió un duro comunicado en el que expresa que existe un alto riesgo de falta de liquidez para las empresas argentinas, que tanto en 2018 como en 2019 deberán afrontar pagos por un monto significativo de deuda. “La debilidad del peso refleja una creciente percepción de riesgo de los activos argentinos y un desarrollo crediticio negativo para el país” dice uno de los tramos del informe, en el que se resalta que la Argentina es mucho más vulnerable que sus vecinos regionales frente al escenario global, a raíz de la pérdida de confianza en el país.

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