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Más allá de las derivaciones ideológicas a las que ha dado lugar durante el último siglo, el “modelo keynesiano” sigue siendo hoy, la base teórica utilizada por gobiernos y analistas para entender la dinámica de la macroeconomía de un país. Según dicho modelo, el ingreso agregado (Y) de una economía es igual a la suma del gasto de los distintos agentes, que se sintetiza en la demanda agregada (DA). La misma es la suma del gasto en consumo (C) que realizan los individuos, el gasto en inversión (I) de las empresas, el gasto del Estado o gasto público (G) y el gasto del resto del mundo, expresado en la diferencia entre exportaciones (X) e importaciones (M). En síntesis, DA=C+I+G+(X-M). Por simplista que parezca, la ecuación sirve para entender a grandes rasgos los flujos de los principales agregados. Sin ir más lejos, el último informe de la evolución del Producto Bruto Interno (PBI) publicado por el Indec, estructura la medición en base a tal ecuación. Dentro de ese esquema, una aproximación a los datos desde distintos ángulos, permite hacer un contraste con el escenario previo y obtener un panorama de la coyuntura económica en 2018.

Contraste

Una primer mirada implica comparar el peso de cada uno de los componentes del gasto hasta el año 2015, y la evolución de los mismos en los dos primeros años de la actual gestión.

Fortalecer el mercado interno era el principio rector de la administración kirchnerista, en especial durante la última etapa de gobierno. Ello implicó una economía cerrada, y luego de 2011 ensimismada sobre sus propias tensiones cambiarias y financieras. Aún así, en la visión K el motor de la DA fue siempre el consumo.

La llegada del nuevo gobierno, trajo consigo un enfoque diferente. En el seno de la visión macrista, es la inversión privada la que debe motorizar la DA. Es el ímpetu empresario el que ocupa un rol protagónico en la mejora de la productividad, el crecimiento económico y la creación de empleo. La idea que subyace a esta visión, es la conocida “teoría del derrame”, la cual postula que la mejor forma de incrementar el bienestar de todos los actores es mediante la creación de riqueza que produce la acumulación de capital productivo. Al crecer la acumulación de capital crece la oferta de bienes y servicios, crece la matriz productiva, se incrementa la cantidad de puestos de trabajo, y por consecuencia, mejora la remuneración al trabajo. Quienes adhieren a esta visión, indican que la única forma de crecer es fortalecer la inversión. El postulado es sumamente importante en el largo plazo, y pone el foco en la sustentabilidad.

Sin embargo, mientras los beneficios del “derrame” se manifiestan con plenitud, los periodos en los que se registra caída del consumo juegan en contra del dinamismo de la demanda durante la coyuntura.

Un segundo enfoque, basado en la estadística, requiere analizar la evolución de cada componente en particular durante los últimos años, y permite observar el contraste con mayor claridad, con la intención de trazar un posible escenario de cara a la segunda mitad del mandato actual.

La dinámica del consumo es elocuente cuando se la mide en cantidad de ventas minoristas. En este sentido, una de las estadísticas más confiables es la que realiza mes a mes la Cámara Argentina de la Mediana Empresa (CAME). El infograma adjunto muestra la tasa interanual de variación de las ventas minoristas. La misma se mantiene estable hasta fines de 2015, y se registra una fuerte caída en 2016 a causa de la corrección de las tarifas públicas y la corrección del tipo de cambio. Ambas variables impactaron de lleno en los precios, que a lo largo de ese año le ganaron la carrera al salario. La recuperación de las ventas fue muy paulatina, y los signos positivos se observan recién hacia el último trimestre de 2017. Sin embargo la tendencia se revirtió durante los tres primeros meses de este año, y las ventas volvieron a caer con fuerza (-2% en marzo). El consumo no logra despegar. Es el principal motivo por el cual la gente de a pie, no percibe el crecimiento que anuncian las estadísticas.

En cuanto a la inversión, un relevamiento realizado por Orlando Ferreres & Asociados, muestra la inversión en volumen físico en relación al PBI. Los datos revelan una senda virtuosa, con un fuerte incremento del volumen de capital en 2017 y un promedio de 21% (pico de 23% en el último trimestre) que contrasta con el promedio del 19% en los tres años previos. Es el dato que esperanza al gobierno respecto al rumbo elegido.

En cuanto al peso del Estado en la economía, los datos muestran en cambio un panorama no tan alentador. El peso relativo del gasto público consolidado (nación, provincias y municipios) sigue siendo hoy mayor al 40% del PBI. Conocida es la tendencia al incremento del tamaño del Estado registrada en la década K. Pero la reducción aplicada por la actual administración, coloca el tamaño del estado en un lugar similar al que tenía en el año 2014. Nada hace pensar que el gobierno opte por abandonar el gradualismo que lo ha caracterizado desde 2016, y mucho menos si ello implica un fuerte recorte del gasto social. Implica que lograr un nivel de gasto cercano al 30% similar al de hace 15 años, llevará algo más de tiempo.

Por último, el peso del sector externo es el componente de la DA que se ha visto más afectado durante en los últimos dos años. El saldo comercial al cierre de 2017 mostró un rojo de u$s 8.400 millones, que se extendería hasta los u$s 12.000 millones este año en base a los datos del primer trimestre. El atraso cambiario y la falta de competitividad estructural son solo algunas de las razones que hacen de la Argentina un país caro en el mercado global, al mismo tiempo que movilizan la demanda de los habitantes argentinos hacia los bienes y servicios del exterior.

¿Cuál es el motor?

El panorama obliga a preguntarse de cara a los próximos dos años, cuál es el componente que motoriza la demanda.

El consumo no logra sostener una senda de crecimiento, y difícilmente lo logre con salarios que prometen una actualización del 15% anual mientras los precios avanzan a un ritmo del 25%.

El gobierno está convencido de la necesidad de achicar el Estado y camina en esa dirección, lo cual implica que el progresivamente el gasto público, también se retira como elemento dinamizador de la demanda.

Torcer el rumbo en cuanto al elevado déficit comercial, requiere no solo una mejora en el tipo de cambio real, sino un fuerte impulso al sector productor de bienes transables. No luce probable un cambio radical en este sentido.

¿Es entonces la inversión el único elemento que moviliza la DA en la actualidad? En efecto, es el único componente del gasto que muestra signos de reactivación.

Surgen entonces dos interrogantes a los que cuesta responder. En primer lugar, cuánto tiempo demandará observar de forma fehaciente del derrame de la inversión en cuanto a la generación de empleo, la mejora en la productividad y la retribución al trabajo. Segundo, cuáles son las condiciones necesarias para que el aluvión de inversiones extranjeras que el gobierno pregona desde el inicio del mandato, se registre con verdadero ímpetu en la economía real.

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