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(The Washington Post / Adriane Ohanesian)

Nairobi (Kenia) – Se enfrentan a abusos policiales, son rechazados por religiosos conservadores y ven, día a día, una discriminación desenfrenada. Los activistas kuvaitíes de derechos LGBT están desafiando las disposiciones del código penalde la colonia británica que implícitamente proscribe el sexo gay.

En un movimiento que podría generar tácticas de imitación en África y otras regiones, tres grupos keniatas de derechos LGBT solicitaron a un tribunal en Nairobi que elimine esas cláusulas legales y conceda a los miembros keniatas de este colectivo los mismos derechos de privacidad, igualdad y dignidad que cualquier otra persona del país. Si la demanda tiene éxito, Kenia sería el segundo país en África, después de Sudáfrica, en hacerlo.

Las audiencias judiciales en febrero y marzo enfrentaron a duros activistas contra aquellos que creen que el cristianismo, la fe mayoritaria de este lugar, está más en línea con los valores locales inherentes a lo que ellos consideran una importación occidental perniciosa: la homosexualidad.

En su opinión, ser "gay" representa no solo los valores de la mayoría de los keniatas sino de la mayoría de los africanos, y ha financiado sus propias encuestas para proporcionar pruebas, utilizando los resultados de los estudios para argumentar que los tribunales de Kenia deben respetar a la "mayoría moral".

Los grupos de derechos LGBT han argumentado que el caso se trata de derechos humanos básicos.

"Hay momentos en los que el tribunal tiene que ser pionero y enseñar a la sociedad", comentó Paul Muite, un reconocido abogado que representa a la Comisión Nacional de Derechos Humanos de Lesbianas y Gays. "Este es uno de esos momentos", explica.

En su esencia, la disputa se deriva de lo que se conocía en la ley británica como la "ofensa de sodomía", que criminalizaba el "conocimiento carnal de cualquier persona contra el orden de la naturaleza", y esa prohibición ha afectado a personas LGBT en todo el antiguo Imperio Británico durante más de un siglo.

Al igual que la mayoría de las antiguas colonias británicas, Kenia ha conservado partes del código penal de la era victoriana de la corona, incluidas las cláusulas vagamente redactadas contra el sexo gay. La jerga legal fue acuñada en 1860 para la colonia británica en India y modificada en 1899 en Queensland (Australia) para abarcar todo tipo de "prácticas indecentes entre hombres". Luego se reprodujo a través de los siete mares.

(The Washington Post / Adriane Ohanesian)

De hecho, más de la mitad de los casi 80 países en el mundo que criminalizaban a los gays heredaron esas leyes del Imperio Británico. Esas mismas leyes fueron anuladas en el Reino Unido entre 1967 y 1982.

Los jueces del caso de Kenia han aplazado cualquier comentario hasta el 26 de abril, cuando anunciarán una fecha para revelar su juicio. Muite dijo que incluso si los jueces fallan a su favor, se podrían dar dos rondas de apelaciones posteriores, hasta llegar a la Corte Suprema, lo que podría demorar un año o incluso más.

El estado de ánimo en la comunidad LGBT de Kenia es ansioso pero también boyante, sobretodo a los que se les suele señalar los delincuentes: los trabajadores sexuales masculinos. Pocos son enviados a la cárcel por violar la Sección 162 (la ley que prohíbe el sexo homosexual es conocida) pero la policía suele utilizar esa ley como pretexto para acusarlos de acoso o algo peor.

Algunos trabajadores sexuales masculinos confesaron que algunos de sus compañeros sufrieron violaciones en algunas comisarías con el único objetivo de "corregirnos". Y es que la policía obligar a los sospechosos de haber tenido sexo homosexual a someterse a exámenes anales. Pero lo normal es que se use la ley se usa para extorsionarles y sacarles dinero.

Hace poco, en el centro de Nairobi, un oficial de policía recogió su soborno semanal de un grupo de trabajadores sexuales que se congregaron en un lugar llamado "el Sauna".

Los hombres se ganan la vida proponiendo relaciones a otros hombres. El abuso de sustancias abunda. La dueña de ese sitio, que dijo que se llamaba Mama Lucy, da fe de ello. A pesar de los sobornos y ocasionales peleas de borrachos, es un lugar de refugio lleno de música, bebidas, selfies y amplias sonrisas.

Sin embargo, casi todas las caras de los miembros de "el Sauna" tenían cicatrices a raíz de sus encuentros con la policía, con vecinos enojados o con familiares que desaprobaban su sexualidad. La sección 162 es, a menudo, la justificación de actos privados de violencia.

"No estoy cansado de que me peguen", dijo Mombo Ngua, de 29 años, que se apoda Mantully. "La libertad vale la pena, seguro".

La cicatriz de Mantully, que divide su ceja derecha, se originó cuando un vecino lo acusó falsamente de violar a su hijo de 4 años.

"La policía me dio un puñetazo incluso antes de preguntar qué pasó. Tengo suerte de conservar mi ojo", dijo. "Pero ahora estoy acostumbrado a las comisarías de policía, soy como un miembro más de la oficina", dice.

(The Washington Post / Adriane Ohanesian)

Otros que suelen frecuentar "el Sauna" les molesta mucho menos la amenaza de la violencia física pero son incapaces de soportar "la indignidad de la discriminación".

"Esta cosa 'contra el orden de la naturaleza' es ridícula", dijo un trabajador sexual llamado Simon Flavor, ya que había introducido "condones con sabor a Kenia" en el país ("Flavor" es sabor en inglés).

A medida que los trabajadores sexuales dejaban "el Sauna" en busca de "puntos calientes" donde recoger clientes en la calle Tom Mboya, muchos se lamentaban de que el amor entre personas del mismo sexo en Kenia parecía imposible. La vida era un ciclo continuo de extorsión por parte de la policía y chantaje por parte de clientes que los amenazaban con la ley para evitar pagar. Peor aún era el espectro del VIH. Muchos hombres homosexuales en Kenia no se hacen la prueba por miedo a ser procesados.

"Cuando ganemos este caso, habrá tantos hombres que saldrán", dijo Mantully esperanzado. "Y se harán la prueba. No se trata de despenalizar esto o aquello. Se trata de la supervivencia", cuenta.

De alguna manera, Kenia es mucho más tolerante con los derechos LGBT que los países vecinos. Uganda, por ejemplo, ganó notoriedad internacional por una propuesta de ley que impondría la pena de muerte por sexo gay. Tanzania tomó medidas enérgicas el año pasado arrestando a una docena de activistas y defensores LGBT. Las personas que se hacen llamar "refugiados" de ambos países llegan a Nairobi con tal de poder sentirse un poco más libres.

Por otra parte, el vicepresidente de Kenia, William Ruto, ha dicho que "no hay lugar" para los homosexuales en Kenia. Ezekiel Mutua, que dirige el comité cinematográfico de Kenia y decide qué es lo que se permite en televisión y qué no, impulsó una protesta en Facebook contra los homosexuales.

"Ningún contenido gay se transmitirá en nuestras pantallas bajo nuestra supervisión. Puedes hacer todo el ruido en el infierno y regresar. No me importa quién está detrás de estos grupos", escribió Mutua. "Solo tengo una cosa que decir: no se te permitirá destruir a nuestros hijos. Tus referentes extranjeros han arruinado sus países y ahora quieren usar algunos personajes para introducir esa inmundicia aquí en Kenia".

El desdén hacia las personas LGBT es generalizado en Kenia. Mientras los trabajadores sexuales abiertamente homosexuales encuentran todo tipo de amenazas, la mayoría de los keniatas LGBT enfrentan una represión cotidiana en la familia, la iglesia y la sociedad que, en el mejor de los casos, los consideran "confundidos" y, en el peor, "enfermos o irremediables".

Aunque los activistas LGBT de Kenia aceptan un cambio en la ley, lo cierto es que la sociedad no cambiará inmediatamente, aunque eso supondrá un punto de inflexión.

Se han establecido precedentes legales en Kenia contra la discriminación basada en la sexualidad. La Comisión Nacional de Derechos Humanos de Lesbianas y Homosexuales tuvo que luchar en los tribunales por su derecho a nombrarse de esa forma, y su victoria hace dos años fue citada en sentencias de Botswana y Uganda que trataron casos similares. Un tribunal en Botswana está escuchando una petición para eliminar la Sección 162 en el país.

Sin embargo, tal cambio no sucederá si Charles Kanjama, un abogado del Foro de Profesionales Cristianos de Kenia, se sale con la suya. Para él, la despenalización del sexo gay en Kenia sería una nueva forma de "imperialismo cultural".

"Los consideramos enemigos de la familia natural", dijo hace poco en su oficina en el centro de Nairobi. "Afortunadamente en África, nos consolamos con la verdad cristiana, que es que Dios detesta la homosexualidad. Vivir de esa manera es vivir en el error. A ellos les digo: Arrepiéntete, no peques más y serás perdonado".

En cuanto a la violencia experimentada por los keniatas que se identifican como parte del colectivo LGBT, Kanjama sostiene que es "desafortunado" y que no los aprueba.

Regresando a la calle Tom Mboya, la congregación dominical del Cosmopolitan Affirming Church tuvo una interpretación diferente del evangelio y los bancos estaban llenos de hombres homosexuales, algunos eran habituales de "el Sauna".

(The Washington Post / Adriane Ohanesian)

John Karare, un ministro en entrenamiento, los guió en una oración de llamado y respuesta.

"Incluso cuando dicen que los gays no pueden adorar a Dios, ¿quién tiene la última palabra?", dijo. "Jehová tiene la última palabra", respondió.

"Incluso cuando los expulsan de sus iglesias por la fuerza, ¿quién tiene la última palabra?"

"Jehová tiene la última palabra".

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