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Mis clientes siempre piensan que su “caos” es el peor de todos y les intriga saber si he visto alguna vez algo peor que sus espacios. Es como que, en cierto punto, lo consideran tan especial que lo catalogan como único. Como digo siempre en estos casos, no importa cómo está hoy ese espacio, sino cómo va a estar luego de que lo pongamos en orden. Pero para hablar de orden, primero tenemos que hablar de desorden y todo lo que esto nos transmite. Algunos de mis clientes describen un dolor constante en la boca del estómago debido al desorden que existe en sus casas. En la misma línea, para otros el desorden se traduce en una enfermedad, en agobio, en ahogo o en la imposibilidad general de sentirse bien.

Lo cierto es que el desorden produce estrés. Un hecho insignificante como no poder abrir con facilidad un cajón o perder constantemente nuestras pertenencias puede ser muy estresante. Y si estos hechos se van repitiendo en el día a día, los niveles de ansiedad y nerviosismo van a ser aun mayores. Otros efectos de la desorganización son: confusión, falta de enfoque, caos e inestabilidad. A muchas personas les produce culpa ser tan desordenadas, ya que viven con una sensación de no poder estar tranquilas ni en su propia casa. Se trata de un círculo vicioso: el tiempo que efectivamente esas personas pasan en su casa lo ocupan ordenando, y por eso menos ganas tienen de volver allí. Y además, muchas veces ni siquiera pueden recibir amigos o invitados, producto de la vergüenza por su propio desorden.

Tengo clientes que me cuentan cómo se pelean con otros integrantes de su familia al no poder encontrar sus cosas, o culpan a los otros, ya que es una manera de proyectar su propia culpa. Es necesario concientizarnos antes, ya que lo importante es no llegar al punto en que nuestra casa “se salió de control”, porque es el momento en que nos empieza a incomodar. El momento en que pensamos que tenemos tantos pendientes para arreglar u ordenar que nos llevaría años ocuparnos ¡y no podemos hacerlo! Es una sensación de desesperación equivalente a una pesadilla en la cual estamos corriendo y escapando del desorden, pero en realidad no nos estamos moviendo, sino que estamos paralizados y no actuamos.

¿Te sentís identificado con aquellas personas que siempre dejan para más adelante los pendientes, pero saben que tienen que hacerlos? Como adultos, la procrastinación es en general un signo de algún tipo de conflicto interno. Sabemos que tenemos cosas pendientes que resolver, sabemos cuáles son, pero por alguna razón las postergamos o directamente nunca las hacemos. Te puede estar sucediendo lo siguiente: te sentís abrumado. En general, sucede cuando uno se encuentra “tapado” de cosas y al límite del desborde.

Sobreestimás el tiempo que te va a llevar todo lo que hay que hacer. Siempre pensás que las tareas te van a llevar demasiado tiempo, tal vez todo tu tiempo.

Preferís estar haciendo otra cosa. Cualquier cosa es mejor que estar ocupándose de los pendientes.

No querés asumir la responsabilidad por tus propios asuntos. Ser responsable es un signo de madurez emocional.

Le temés al éxito. Si completás todos tus pendientes, ¿qué pasará después?

Ser desorganizados nos quita mucha energía. Una pila de papeles sin ordenar, ropa tirada en el piso, una mesa rota, una computadora que ocupa lugar y no funciona… Estamos dejando escapar energía y provocando un desgaste constante en nuestra casa. Hay que aprovechar ese punto de saturación que nos obliga al cambio. Te invito a reciclar ese gasto y a transformarlo en energía sanadora: reutilizarla arreglando y ordenando las cosas nos va a llevar a vivir mucho más felices.

En primer lugar, te invito a ir solucionando lo que pospusiste, para que en ningún lugar de la casa se acumulen objetos relacionados con cuestiones por resolver: un cuadro sin colgar, una cortina sin colocar, un artefacto roto sin reparar. Claro que se requiere de tiempo para solucionar toda esta lista de pendientes y no es posible resolverlos en un día, pero la idea es empezar estableciendo plazos y concretarlos.

Es fundamental también ser conscientes y entender un aspecto básico del proceso de consumo, que vale la pena recordar. El proceso del desorden no comienza en nuestra casa sino mucho antes: comienza en la vidriera, sigue en la góndola o el perchero del negocio y culmina cuando llegamos a la caja para pagar aquello que elegimos y lo incluimos en nuestro hogar. No compremos toneladas de cosas que no necesitamos. Pongamos un límite a las compras. ¿Cuál es ese límite? Restringirnos a lo que realmente necesitamos.

¿Estás dispuesto a pagar el resultado de la desorganización? La mayoría de las veces, el desorden comienza a notarse cuando tenemos demasiadas cosas. Mirá a tu alrededor, ¿de verdad necesitás tener todas esas cosas? El primer paso y el más importante es hacerte esta pregunta. Porque posiblemente esa sea la razón por la cual no puedas mantener tu casa ordenada.

Los espacios de guardado son finitos y se agotan. Si seguimos comprando o acumulando y no sacamos nada de lo que ya tenemos, el espacio –la cocina, el placard, ¡la cartera!– en algún momento va a colapsar. Imaginate estar cargando un vaso de vidrio con agua y que rebase, nos damos cuenta de que el vaso está rebasando, ¡pero no hacemos nada! La solución, siempre, es frenar ese proceso que se ha descontrolado.

*Autora de Terapia del Orden, Ediciones B (fragmento).

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Marietta Vitale



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