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(Nicolás Aboaf)

Cuando yo nací, en 1963, mis padres eran ateos, judíos y comunistas, casi un arquetipo de aquellos tiempos. De las tres características sólo heredé la segunda. Nunca fui comunista, tal vez porque ellos dejaron de serlo cuando yo era muy pequeño. Siempre me sentí judío. Y respecto de Dios, rápidamente aprendí que las cosas no eran tan sencillas. A mis diez años, por un problema serio de salud que sufrió uno de nosotros, mi mamá le rezó a cuánto Dios se le cruzaba en el camino. En su oficina aún cuelga un hermoso Cristo que le regaló un cliente en aquellos días. Cuando algún ser querido se enferma, yo también miro hacia el cielo y le hablo.

Siempre me causó gracia la relación de los niños con Dios.

–Pa, Dios existe, si el hijo de Dios estuvo en la tierra– me sorprendió uno de mis hijos a los seis años.

–Ah, sí. ¿Y quién es?

–No sé… ¿San Martín?

O sea, no tengo prejuicios hacia Dios. Me genera curiosidad lo que dicen y hacen las personas en su nombre y no se me ocurriría despreciar a alguien porque reza, o se cobija en él.

A lo largo de la vida, todos nos hemos encontrado con personas que consideran a Dios como alguien piadoso y comprensivo, como un refugio amable ante tantas inclemencias que tiene la vida, un recurso de última instancia, un salvavidas al que aferrarse en medio de la tempestad, un lugar donde curar las heridas o donde mitigar tal vez los dolores de la soledad, de la muerte, de la incomprensión. Ojalá existiera tal cosa. Pero, si fuera apenas una fantasía, sería respetable y conmovedora. Un padre todopoderoso y bueno, que nos comprende y nos ayuda. ¿Quién no quisiera tenerlo? ¿Quién podría burlarse de la necesidad de creer en él?

Sin embargo, hay otro Dios que no es piadoso y comprensivo, sino terriblemente cruel. Y que, curiosamente, tiene más propagandistas que el anterior. Mucha gente ha descripto a ese Dios cruel. Tal vez uno de los más talentosos haya sido George Carlin, el fallecido comediante norteamericano: "La religión ha convencido a la gente de que hay un hombre invisible, que vive en el cielo, que ve todo lo que haces, cada minuto de cada día. Y el hombre invisible tiene una lista especial de diez cosas que no quiere que vos hagas. Y si vos haces una de esas diez cosas, él tiene un lugar especial lleno de fuego, humo, y calor, y torturas, y angustia, donde te enviará a vivir, a sufrir, a ahogarte y gritar y llorar para siempre hasta el fin de los tiempos… ¡Pero Él te ama!".

Ese Dios tan cruel, seguramente, se opuso en los comienzos de la democracia a que se pudieran divorciar las parejas cuando dejaban de amarse: les quería imponer que vivieran juntas hasta la muerte. Luego consideró que el SIDA era un justo castigo a los pecadores e intentó impedir que se distribuyeran preservativos para prevenir la muerte de tantos jóvenes. Hace pocos años, ese Dios tan poco comprensivo, consideró que los homosexuales eran enfermos, o depravados, o pecadores y, por lo tanto, el matrimonio igualitario debía ser resistido como un plan del Demonio. Y aún, al menos en nuestro país, obliga a los enfermos y ancianos a vivir cuando ya no deseen hacerlo, porque su vida es una tortura de dolor e imposibilidades. Es un Dios muy convencido de sus verdades. Un Dios fanático.

¿Qué opinarán sobre la despenalización del aborto el Dios bueno y el Dios cruel, el Dios de la piedad y el Dios del infierno?

Dos décadas atrás el genial escritor John Irving publicó un hermoso libro llamado Principes de Maine, Reyes de la Nueva Inglaterra, donde se formuló exactamente esa pregunta, pero aplicada al protagonista de la novela, un médico que realizaba abortos gratuitos.

El dilema de este personaje se puede adaptar así a la situación argentina. Un médico recibe una tarde en un hospital público del conurbano a una mujer de unos treinta años, quien le pide ayuda para abortar. La mujer es humilde, se rompe el alma trabajando y tiene cuatro hijos. El médico sabe que el aborto es ilegal y trata de convencerla para que cambie de opinión. La joven mujer lo escucha pero mantiene su decisión. Finalmente, el médico se encuentra frente a la disyuntiva. Si él no realiza el aborto, la mujer lo hará de todas manera en condiciones que pondría en riesgo su vida. Pero, si lo hace, comete un delito. El médico hizo un juramento hipocrático. Se comprometió a salvar la vida de las personas. Pero la ley lo castigaría si, en este caso, cumpliera con ese juramento.

¿Qué opinará Dios de esa ley que amenaza con el castigo al médico que intenta salvar la vida de esa mujer, aun a costa de arriesgar todo lo que él tiene, su prestigio, su profesión, su lugar en la sociedad? ¿Qué opinará Dios si el médico obedece la ley y no realiza el aborto, empujando a la señora hacia una carnicería? ¿En serio Dios estaría a favor del castigo, de la amenaza, o consideraría que el médico que desafía la ley es, en realidad, un héroe?

En la novela, Irving llama "el trabajo de Dios" a lo que hace ese médico. ("Tienes que ayudarlas porque sabes hacerlo. Piensa en quién las ayudará si tú te niegas. Esta es la trampa en que te encuentras. Como los abortos son ilegales, las mujeres que los necesitan y los desean, no tienen opción. Y tú, que sabes hacerlos, tampoco la tienes").

Un Dios bueno entendería tal vez a esa mujer que no da más, que se muere de angustia ante la perspectiva de tener un quinto hijo que solo ella podrá cuidar, porque nadie necesita explicarle su soledad en esa lucha, y jamás se le ocurriría enviarla a una clínica clandestina y luego a la cárcel. Un Dios cruel, claro, la enviaría allí y, después, al infierno, junto a divorciados, homosexuales, adúlteros y todo aquel que se aparte de sus ocurrencias.

En estos días, en el Congreso, se discute mucho sobre genética, sobre en qué momento empieza la vida humana, sobre jurisprudencia comparada, experiencias personales, moral abstracta y tantas otras cosas. Pero el eje central de la cuestión tiene que ver con el castigo. Aun si se considera que la vida humana se inicia en el momento de la concepción, ¿por qué el castigo salvaría vidas humanas? Cada cual tiene derecho a tener la percepción que quiera sobre el aborto. Pero, castigar a quien lo realiza, ¿los evita? En cambio, eliminar ese castigo, protege a las mujeres, las incluye en el sistema de salud y, de repente, hasta podría ayudarlas a reconsiderar la decisión.

Un Dios defendería el castigo cuando este empuja a mujeres humildes a arriesgar su vida.

Pero seguramente exista un Dios distinto, bueno, compasivo, un refugio tibio ante tantas dificultades que tiene la vida.

Ese Dios, si existe, entendería.

Y si no existe, habría que crearlo.

Claudia Piñeyro explicó este jueves la manera en que los antiabortistas se han apropiado de la palabra "vida". "Nosotras también defendemos la vida", dijo.

También se han apropiado de la palabra Dios.

No es tan seguro que Dios opine lo que ellos dicen que opina.

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