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Ozzy y su histórico guitarista, Zakk Wylde: gran show en Obras.

Piénsenlo a este nivel: existen las verdades, las pequeñas verdades, hechas de mentiras y de fragmentos de mentiras, de subjetividades ajenas o pactos o conveniencias y privilegios y existe LA VERDAD, algo que es intocable. Hoy, en la Argentina, mucha gente está desesperada por un poco de esta verdad, por sentir una transmisión de lo real, de lo genuino, sentir al espíritu de lo crudo y de lo intacto, una idea que es empírica al nivel más inmediato, que se entiende desde la carne y empodera.

El heavy metal siempre fue el vehículo para esto: parte de mi generación y de las generaciones anteriores encontraron en el heavy un símbolo de su liberación, liberación de sus padres, de la Iglesia, de la policía y del control del Estado y de los dogmas burgueses, de su propia clase social, una fantasía láser de poder. Solo el punk rock como movimiento se aproxima, el resto del rock en general es un fracaso antropológico; le falló al hombre, lo abandonó, lo dejó tirado, lo traicionó seducido por corporaciones, por sus intereses mezquinos. no le dio aquello que necesita, este evangelio en reversa, un riff que no le mienta, que le diga directamente al oído LA VERDAD.

Solo el punk rock como movimiento se aproxima, el resto del rock en general es un fracaso antropológico

Anoche, Ozzy Osbourne agotó el patio trasero de Obras con una entrada a casi cien dólares en un momento en donde las parejas que consideraban tener hijas e hijos consideran ahora no tenerlos, donde la línea del horizonte del futuro argentino es una cosa cada vez más borrosa, un crédito UVA es una deuda incontrolable y una horca a tu futuro. Quizás sea escapismo gastar esos casi cien dólares, quizás sea lealtad metalera, o la necesidad de absorber esa libertad.

Había gente grande, mucha, de más de 40, pero frente a Ozzy era todo un pozo de post-adolescentes, el heavy metal nunca fue un culto de juventud; siempre entendió, como cosa primitivista, animista que es, que nunca debía faltarle el respeto a sus ancestros y ofrendarles. Ozzy es un hombre de 69 años, la voz de Black Sabbath, generalmente considerado el padre del heavy metal pero no su exponente ideal -¡Judas Priest!-, esta gira es en teoría su despedida, ya había dicho que dejaría de tocar en 1992 con la gira de su disco No More Tears, luego volvió. Personalmente, no creo que vuelva otra vez. Ya está, déjenlo en paz.

La edad le suma, ciertamente le suma: la luz blanca que le encajan de frente bajo la gran cruz blanca del escenario contrasta con su maquillaje y su sonrisa perversa y su humor y su pelo bizarramente largo y lozano y sin canas y es una especie de viejo inmortal de mil años con una peluca, bajo redes de rayos láser en el aire frío, muchos rayos láser que se ven bellísimos.

Ozzy y su gran cruz infernal: interpretó clásicos de toda su carrera en un Obras agotado.

O sea, Ozzy puede ser una figura familiar, un abuelito chistoso, o un tipo que a los 69 puede revalidar todo lo que hizo como un inventor de lo amenazante. Todavía la tiene, esa cualidad algo perturbadora, después de toda la droga que consumió en su vida y de todos sus momentos maradonianos, la música todavía lo tiene. Ozzy es un hombre que se para en un escenario y al que hay que creerle, no se puede experimentar sin interponer la fe ante la razón. Siempre cantó de cosas terribles para el status quo, en forma de caricatura, pero los símbolos estaban ahí y todavía lo están para quien vaya a buscarlos: ser un hombre lobo, un ocultista, un drogadicto, un suicida, un médium que ve y oye espíritus, un demente irredento o un hombre que vuelve a casa y pide la redención. ¿Qué más empoderador que esta fantasía, que ofrecer las posibilidades de lo terrible? Encima con cruces, desde Sabbath hasta hoy, siempre con cruces, la del calvario de Cristo, un símbolo tomado por asalto, que en Ozzy no es otra cosa que la cruz de Ozzy mismo.

Ozzy es un hombre que se para en un escenario y al que hay que creerle

La banda es agresiva, empuja, me gusta, Zakk Wylde es un gran guitarrista, un héroe de la guitarra, está junto a Ozzy hace más de 30 años, es el músico más leal que tuvo en su vida, sentado en las tablaturas de cosas enormes como Randy Rhoads o Jake E. Lee, un músico que no tiene sentido sin algo enorme a su alrededor, para el que quizás el mundo ya no tenga lugar. Tommy Clufetos es un buen baterista, no es Randy Castillo o Tommy Aldridge, los mejores que tuvo Ozzy, pero lo que hace está bien, tiene personalidad, su solo fue de muy buen gusto. Adam, el hijo de Rick Wakeman, es un excelente tecladista, todas las líneas que toca están hechas de buen gusto, desde los sintetizadores que marcan el comienzo de "Bark at the Moon", la primera canción del show o el dramatismo agónico de "Mister Crowley", que fue la segunda y la voz de Ozzy, con ese chillido, ese llanto, que es el mismo que tiene hace 50 años.

Ya no se mueve como antes pero todavía aplaude, hace sus danzas, sus dancitas con la espalda arqueada, ¡dice su "I LOVE YOU AAAALL!" abriendo los brazos en forma mesiánica, canta la letra exactamente como la tiene que cantar y rockea en el escenario cuando no canta, quizás por amor a la música, por respeto: ni siquiera Ozzy mismo está más allá de su propio significado.

Soy un heavy, amo al heavy y entre heavys no me siento solo porque el heavy metal como idea nunca me defraudó: es la última línea de defensa ética del rock. El sistema lo empujó a la frontera. La tragedia de Cromañón en diciembre de 2004 creó una tormenta en el negocio del rock que las corporaciones y el Estado aprovecharon para aplastar la cultura rebelde del underground.

Soy un heavy, amo al heavy y entre heavys no me siento solo porque el heavy metal como idea nunca me defraudó

Géneros como el indie, inofensivos, que no le disputaron ni un centímetro de noción de poder al kirchnerismo y mucho menos al macrismo, se convirtieron en los nuevos favoritos porque no decían nada, porque se naturalizó en la cultura rock que no decirle nada a nadie estaba bien y así perdieron su oportunidad histórica. El metal y otros géneros desafiantes se encontraron a sí mismos fuera de los límites de la prensa o de la radio comercial o de la General Paz.

No importó. El heavy así se hizo fuerte, con chicas y chicos enamorados de esta experiencia de lo vital, que se cuidan entre ellos y comprenden la lealtad mientras hacen shows clandestinos en salas de ensayo o casas o alquilan bares y clubes y los llenan de sentido. Y el heavy también sabe dividir su propio movimiento: está el verdadero metal, que es verdadero porque no explota a sus bandas con negocios sucios y presuntamente ilegales, cobrando peajes por tocar, el que repudia el presente de ídolos gastados que toman café con políticos de ultraderecha, el heavy comprendido como una ética indivisible. El metal, en Argentina, está fuerte no porque toque Ozzy, no porque venga Ozzy, sino porque todo lo que Ozzy representa y generó, al menos para mí, no viene a ningún vacío.

Ozzy cierra su show con "Crazy Train", con "Mama, I'm Coming Home", con "Paranoid", que es el "Blitzkrieg Bop" de Ramones pero del metal, no hace discursos, no se pone a lagrimear, se despide y dice cosas agradecidas. El hombre inmortal de mil años con cara de cráneo y pelo improbable hace una reverencia y se va.

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