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Diciembre de 2005. Un grupo de ciudadanos iraquíes salen de un centro de votación en las primeras elecciones libres después de casi 30 años de dictadura de Saddam Hussein

"¡Lo peor está por venir!", me dijo, desesperado, el doctor Faisal Haba cuando apenas se habían apagado los estallidos de la guerra en Irak. No lo entendí. Había caído Saddam Husein, el dictador que sojuzgó su patria por casi treinta años. Estados Unidos prometía reconstruir el país. Comenzaban a organizarse partidos políticos independientes. Y a pesar del luto por las víctimas de la guerra se respiraba un aire de esperanza en esos primeros días de la invasión de los marines en Bagdad. Nada podría ser peor que la muerte y destrucción provocada por la dictadura y los bombardeos aliados. Se había traspasado el abismo y comenzaba a vislumbrarse un resplandor de esperanza en el horizonte.

El doctor Haba me estaba advirtiendo de una guerra larvada que ya llevaba 1.400 años y que en Occidente pasaba desapercibida. Era la puja entre chiítas y sunitas, las ramas más importantes en las que se dividen los musulmanes -1.600 millones; el 23% de la población del mundo-, para determinar quiénes son los legítimos sucesores del profeta Mahoma. Los sunitas constituyen la gran mayoría, el 80% o más de todos los musulmanes, y los chiítas el resto, concentrados en Irán, el sur de Irak, Líbano, Barhein, así como minorías en casi todos los otros países de Medio Oriente y Asia.

Faisal Haba es el cirujano mayor del hospital Ibn Elfees de Bagdad y miembro de la Real Academia de Medicina de Gran Bretaña que había regresado a Irak para "ser útil" a su pueblo en el momento más oscuro. Lo conocí cuando vino a avisarnos con los ojos húmedos que no había podido hacer nada para revivir a José Couso, nuestro compañero camarógrafo de TeleCinco de España alcanzado por un cañonazo de las tropas aliadas, exactamente hace 15 años.

Luego, a Haba lo vi varias veces en mis viajes a Bagdad y charlamos extensamente. Es un muy buen analista político. Su juventud en el Partido Comunista iraquí (desafiliado prontamente) le dieron una observación fina de su pueblo. Lo peor está por venir, repetía el médico con mirada deprimida y moviendo la cabeza en señal de que no hay remedio.

El médico tenía razón. Unos pocos meses más tarde todo estaba peor. La filial de la red terrorista Al Qaeda comenzó a operar en connivencia con el antiguo aparato de los servicios secretos de Saddam Hussein. La administración de la ocupación estadounidense no lograba hacer pie. Los Humvee de los marines volaban por los aires y los civiles iraquíes caían como moscas. Y esa era apenas la superficie. Por debajo se había desatado una nueva batalla en la guerra de nunca acabar.

Desde la muerte del profeta Mahoma en el 632, sunitas y chiítas se disputan el derecho a imponer su interpretación de los libros sagrados y liderar a los musulmanes. Comparten la mayoría de las creencias y prácticas pero, al mismo tiempo, mantienen grandes diferencias en materia de doctrina, rituales, leyes, teología y organización. La denominación de sunita o suní, proviene de Ahl al-Sunna (gente de la tradición), que siguen las enseñanzas del clero formado alrededor del profeta. Los chiítas o shiítas, se constituyeron como una facción política, el Shiat Ali o el partido de Ali, el yerno de Mahoma que reclamaba su derecho a ser el sucesor del profeta. Ali murió asesinado en el medio de duras batallas en el desierto de la península arábiga. También fueron asesinados sus hijos, Hassan y Hussein, a los que se les negó el derecho a sucederlo. Todo esto apuntaló el concepto chiíta del martirio, los rituales sangrientos, las vestimentas negras y el mesianismo de ciertos clérigos.

Los chiítas tienen muy mala reputación en Occidente. Pero los terroristas de Al Qaeda que derribaron las Torres Gemelas de Nueva York así como los milicianos del Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) y las células dormidas que atacan en todo el mundo, son sunitas. La interpretación violenta del Islam no sabe de divisiones y hay clérigos de una y otra rama que la predican.

Más allá de las bayas que envuelven de negro a las mujeres chiítas de pies a cabeza y algunas formas de manejar el tasbih o másbaha, el rosario musulmán, cuesta a occidentales diferenciar un chiíta de un sunita. No para ellos. Se huelen a la distancia. Se miran los zapatos y ya saben de quién se trata. Es casi imposible "disfrazarse" de sunita o chiíta sin que ellos no se den cuenta que se trata de eso: un occidental travestido.

Algo de esto sufrí a comienzos del 2005 cuando estaba en Bagdad para cubrir la información sobre los primeros comicios libres que iba a tener ese país en toda su historia. Hasta dos años antes, Saddam Hussein ganaba "por más del 100%" –esto fue anunciado de esta manera en forma oficial- y los chiítas estaban proscritos para cualquier cargo a pesar de constituir la mayoría de la población.

El día de la elección, Bagdad amaneció nublada y sacudida por los coches bomba que hacían explotar los kamikazes de Al Qaeda en la Mesopotamia con la intención de que la gente no fuera a los centros de votación. Fueron siete u ocho explosiones terribles pero cerca del mediodía la ciudad estaba en silencio absoluto. La radio decía que la gente estaba saliendo en forma masiva a votar.

El chofer que nos acompañaba entonces, Hasan, un chiíta enorme de casi dos metros de alto y 120 kilos de peso, se levantó del sillón donde permanecía desde temprano y anunció que se iba a votar. Le pedí acompañarlo. Me miró de arriba abajo y me dijo: "No puedo llevarte así vestido". Tenía unos jeans, remera y campera de Columbia en un azul oscuro. Tenía brazos y piernas cubiertas. A lo sumo, podía ponerme un pañuelo palestino en el cuello y no abrir la boca.

El General David Petraeus, comandante de las fuerzas de los Estados Unidos en Irak, durante una conferencia de prensa en Bagdad en 2007. La intervención norteamericana permitió que luego de 30 años se celebraran elecciones en ese país (AP)

A mí me parecía que era una vestimenta adecuada para ir a votar. Para Hasan no era así. Se sacó los zapatos y me pidió que los cambiara por mis botas. También me pasó la campera de cuero dudoso comprada en el mercado de Karrada. Y una camisa blanca que tenía en un bolso y que olía a camello desbocado. Cuando me presenté, volvió a mirarme de arriba abajo con cierto desprecio. ¿No parezco un chiíta?, le pregunté. "No, ni siquiera un sunita", me dijo. Y agregó: "Tal vez, te parezcas a un cristiano". Para su visión del mundo me había descendido a la categoría de una minoría ínfima en la Irak de la posguerra.

Fuimos al centro de votación y los soldados que custodiaban el lugar apenas me vieron me dijeron "los extranjeros no pueden entrar". No se puede engañar a ningún musulmán. Sos chiíta o sunita… y son enemigos.

Esa es la confrontación que desangró a Irak por 15 años y que desde el 2011 lo hace en Siria. Más allá de cómo comenzó a guerra siria por debajo está ese encono de 14 siglos. Bashar Al Assad y todos sus secuaces pertenecen a la secta alawita del Islam chiíta. Los apoyan el régimen de los ayatollahs de Irán y el Hezbollah del Líbano, también chiíta.

Del otro lado está Arabia Saudita, que lleva el liderazgo de los sunitas de todo el mundo y que apoyaron desde un principio a los grupos insurgentes prooccidentales. También, por un tiempo y de manera indirecta, al ISIS (sunitas). Turquía también está envuelta para reprimir a los kurdos que reivindican una parte de su territorio.

Ese es el laberinto en el que se quiere meter ahora Donald Trump con su amenaza de bombardear las posiciones del ejército de Bassar Al Assad como represalia al lanzamiento de gases letales contra la población civil de la zona de la Ghouta siria. En este contexto valdría la pena recordar las palabras del doctor Haba: lo peor está por venir. Y se podría aprender de la lección que me dio el chofer Hasan: no hay disfraz que valga en esta guerra de 14 siglos.

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