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Fin de semana largo. El paraíso estaba ahí, dispuesto a imprimir imágenes indelebles en nuestra memoria.

El punto de partida es Puerto Canoa, a 55 km de Junín de los Andes, dentro del Parque Nacional Lanín. Somos diez en La Delfina, más capitán y guía.

Apenas salir atravesamos la zona llamada La Angostura, que es el espacio de unos dos kilómetros que une el lago Huechulafquen con el Paimún. Allí nomás está el punto panorámico de la capillita María Auxiliadora del Paimún y sólo se ve el pico de Lanín, escondido detrás de una montaña a la que los primeros pobladores llamaron Piedra Mala, porque llega a tapar totalmente la vista del volcán.

Mientras nos dirigimos hacia el lado izquierdo, Matías Inalef
– guía y lugareño– nos cuenta la historia de don Lemuñir, que tiene 104 años y sigue navegando el lago en su bote de tres metros, y de Felipe Paillalafquen, que con casi 90 años cruza a los turistas a remo cada verano.

Navegamos a los pies del cerro Huemul, que se caracteriza por sus acantilados maravillosos y la cantidad de cipreses que nacen desde las rocas. Allí pasamos por una caída de agua de deshielo, de 20 metros, cuyo caudal depende de la época. En uno de los acantilados se ve lo que llaman el rostro del Huemul o del Paimún, una figura tallada naturalmente en la piedra donde se distingue perfectamente un rostro que, desde el agua hasta la frente, tiene entre 10 y 12 metros de alto.

Seguimos hasta el mirador del Villarrica, donde el capitán de la embarcación detiene el motor unos minutos para que podamos apreciar, a la deriva, las vistas del volcán y su siempre humeante fumarola.

De ahí vamos en dirección al fondo del Paimún. Pasamos por el camping de don Águila –lugareño inmortalizado en los cuentos de Landrisina, cuenta el capitán Ángel Ramos– y atracamos en una playa a la que sólo suele llegar algún pescador solitario, porque no se puede llegar a pie si no es con un trekking muy largo, explican.

Allí la vista del Lanín es extraordinaria, desde la base hasta la cima, y el bosque nativo luce una gama de colores de ensueño, típica del otoño, nos explican.

Nos quedamos unos 15 o 20 minutos a disfrutar del lugar y tomar un refrigerio. Incluso un corajudo navegante se dio un chapuzón, mientras los menos valientes sólo nos mojamos los pies.

Luego, emprender el regreso. Pasamos por una zona del Parque que se llama Área Restringida y es de uso exclusivo científico. Más adelante, el mirador del río Paimún, que es el principal caudal de agua que abastece el lago. Y desde ahí, navegando la zona de Piedra Mala, volvimos a Puerto Canoa.

Un paseo imperdible, disfrutable, único y bien patagónico.

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